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Acosadores Acosados

Orlando Horacio Yans Por Orlando Horacio Yans | 10 de Abril de 2018

Un popular programa de TV y su tradicional conductora. Los invitados: una mujer con ciertas habilidades, un periodista deportivo, una movilera capaz de ensuciar nombres por un rato de fama, un viejo representante de jugadores y la pobre madre de un soldado caído en Malvinas. Hasta ahí todo en orden. El problema surgió cuando un tema tomó velocidad: Red de pedofilia en la pensión de un club de fútbol. Y no es para menos. 

Este combo bastó para revolucionar la mesa y después al mundo mediático; tanto que logró escandalizar a una sociedad de por sí escandalosa, que pronto tomó partido, por lo menos en las redes sociales, y apoyó las acusaciones. Cayeron en la volteada periodistas de renombre, políticos con cobertura papal, conductores afamados... y ahí paró ¡Menos mal! Muchos corazones se detuvieron expectantes, aterrorizados, quizá. De ahí en más, chistes. Comentarios del tipo “Yo lo sabía”. Sonrisas impiadosas. Debates familiares.  La credibilidad, no de quien denuncia, sino de la denuncia misma. El problema real, palpable, trágico –los abusos a menores– pasó a segundo plano. En primera línea de fuego quedaron ciertos personajes que a menudo acusan a otros. Esta vez les tocó a ellos, a los “puros”, a los poseedores de esa verdad sin repulgues. A veces sucede, y aquello que asomó a la luz en ese programa de almuerzos corroboró sospechas, algunas quizá infundadas, pero verosímiles.

¿Es la verosimilitud una arista de la verdad? No se sabe bien qué es la verdad, pero siempre debería desconfiarse de quien dice tenerla. Quizá no sea cierto lo que esta persona denunció en la mesa, pero a parte importante de la población le resultó creíble. Tal vez se haya notado demasiado la costura de defensa posterior y el descolorido remiendo de camaradería mediática. Y la sociedad, harta de la impunidad y cansada de que nunca pase nada, tomó esa versión y la decretó verdadera sin analizarla demasiado.

¿Importa acaso la verdad? No, no parece importar mucho porque nadie la tiene. Y si no hay una sola verdad, lo que queda es la interpretación de esa verdad, sus lados, sus abordajes, sus colores… Aunque cuidado, que el mundo de la interpretación suele ser peligroso y algunos impolutos han de ser tragados por un pozo negro, sin fondo, hasta ser devorado por la transitoria sentencia de la opinión pública.

Existen varias salidas de ese agujero. El olvido es uno. La defensa corporativa es otra vía de escape. También puede transformarse a un puñado de acusados en “todos” los acusados. Ahí se ingresa a una paradoja: decir todos es igual que decir nadie. Por lo tanto, acusar a todos constituiría una injusticia. Todos no. Pero convengamos que la falacia del todos le sirve a algunos para esconderse tras el honor de otros. Se llama defensa corporativa. Hoy a mí, mañana a vos, parece gritar la consigna ¡Famosos del mundo uniros! Y el mundo agitado de quienes construyen programas televisivos con certezas pautadas, salen con urgencia a pedir pruebas: ¡Pruebas!

Gastar cuarenta y ocho horas de vivo televisivo para defender lo que se supone era una acusación sin pruebas de una persona sin credibilidad –hasta entonces–  fue, por lo menos, desmedido. Y sospechoso, además. Y una prueba de que algo turbio esconde la trama. Los discursos claramente coordinados de los medios son también pueden constituir una prueba. Sin mencionar las repeticiones de discursos defensivos, casi calcadas, de canal a canal, de programa a programa. Agitaban banderas como si los hubiera atacado una flota del imperio ¿Tanto esfuerzo por desacreditar comentarios de una persona sin relevancia que se sienta a una mesa sin más pruebas que un manuscrito desordenado? ¿Tanto horror desató en esos famosos inocentes, padres de familia y esposos ejemplares un comentario falaz y mal intencionado de una ex Gran Hermano español?

Quizá los hoy damnificados se defiendan de otra cosa ¿De la mala intensión que ellos históricamente propiciaron? ¿De la mórbida desnudez del método de acusar al prójimo sin razón ni pruebas, basado acaso en un rumor, la conveniencia o el dinero? Hoy, quienes medicaron tantas veces oprobios, no les queda más que probar su propia medicina que sabe a basura. Tal vez fueron acusados tan injustamente y sin pruebas como ellos acusaron –tan injustamente y sin pruebas– a tantos otros inocentes...

Pero para tranquilidad de los acusados recuerdo que estamos en Argentina, un país cuyas noticias devoran causas judiciales y noticias siguientes mientras la sociedad goza, disfruta, acusa, aplaude y olvida.

Todo pasa, decía el anillo de Don Julio. Todo pasa y corruptos, mentirosos, mediocres, chantas y pedófilos quedan. Algunos los veremos en la tele creyendo que son lo que nunca han sido.               

El autor es escritor de novelas, exdiputado provincial, tallerista de literatura y actual asesor del ministro de Justicia y Seguridad de CABA

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