• nubes dispersas
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Antón Pirulero

Diego Bustos Por Diego Bustos | 13 de Agosto de 2019

De política no entiendo nada, en realidad entiendo demasiado. No me gusta, la política es un submundo en el que parece que pasan cosas, a partir de eso se generan estrategias, recovecos, idas y vueltas que no pertenecen al mismo mundo en el que fui criado, en el cual me he desarrollado, y si bien podría decirse que me siento cómodo, no es ese el término correcto, en la calle codo a codo, la comodidad es una jactancia a la que no aspiran los que cumplen horario.

La política no me gusta, como tampoco me gusta entrar a un cabaret. Los que respiran, viven, comen, duermen de la política se exasperan cuando me escuchan decir eso, a mí o a cualquier otro, e inmediatamente vomitan argumentos acusatorios respecto al grado de compromiso social, de interés por el otro, y plantean un cúmulo de aspiraciones altruistas que dejan sin argumentos a quienes no somos parte de ese mundo en el que la democracia se presenta como un sitial único, inmejorable, inigualable, aspiracional e inalcanzable, todo eso al mismo tiempo.

En realidad, argumentos para rebatir todo eso hay, pero a quienes nos jugamos a este jueguito de la política, nos resulta más económico dejar ese intento de evangelización permanente y seguir procurando lograr esos sueños que nos sacan de la cama cada mañana, sueños que distan de jorobar a otros con ese versito de saber para dónde va la cosa.

Este fin de semana Argentina volvió a las urnas, volvió a elegir obligadamente a quienes queremos que nos representen en lugares que en teoría se acumulan muestras de representatividad de todo un mundo inabarcable, claro que -para el submunidito ese de poder- siempre va a ser más conveniente que sea un doctor a un barrendero el que tenga semejante responsabilidad. Vamos a las urnas y todo ese mundo de gente tan afecto a la política, esa que tiene unos compromisos y unos conocimientos de lo que pasa y de cómo se maneja todo eso en pos del bien de la comunidad, salió a desarrollar todo ese proceso maravilloso e incomprensible de convencer al otro de que es mejor su idea que la de los demás.

Saben tanto todas esas gentes de lo que es común, de los que pasa en la comunidad, que contratan a un montón de gentes que de política seguro no saben nada (o saben muchísimo), para que “les mida” lo que pasa, lo que piensa la gente, y como si eso fuera poco, les piden que a partir de esas mediciones les digan qué hay que decir (mentir) para ganar las elecciones. Porque, amigos, la política es hermosa, las convicciones son honrosas, la gobernabilidad es una responsabilidad, pero antes, y para poder desarrollar todo eso, hay que ganar las elecciones. Punto y a parte.

No saben nada, ni de vos, ni de mí, ni de ellos mismos. Juegan un juego horrible. Es horrible porque juegan con personas, las encasillan, las suman, las restan y pretenden modificarlas para su propio beneficio.

Andamos todos con nuestras vidas, hablamos con un vecino, consultamos a algún pariente, le pedimos una mano a un amigo, conversamos con nuestros hijos, cruzamos comentarios superfluos con los comerciantes, y así transcurrimos la vida los que no entendemos de política. Y saben qué, sabíamos todos que Marci perdía por paliza; y que la misma paliza le pegaba Martínez al resto de los políticos de Pergamino. El día a día, el submundito, la distancia, todo les llegó en forma de urna, fue un urnazo en la cabeza de unos y de otros.

Una cara triste a las 7 AM por estar yendo a trabajar a un trabajo que no garantiza nada más que la subsistencia, en el mejor de los casos; un chico en la escuela mirando por la ventana e indagando en las nubes porqué carajo está ahí sentado aprendiendo que no puede aprender porque los docentes no tienen ganas, porque otros alumnos están ahí por obligación, y etc, etc, etc. Un emprendedor que no arranca porque no hay número que le cierre; un científico que no puede encontrar la pregunta justa porque se está preguntándose cómo va a hacer para llegar a fin de mes; un empresario que mira a cuántos va a tener que rajar para poder seguir con su estándar de vida; una ama de casa que ya se extinguió; unos jóvenes que no tienen ni siquiera una izquierda digna en la que recostarse; un país que desconoce que desde que se convirtió en federal no es más que un unitarismo. Un ciudadano y hasta un habitante que entiende que las minorías no son mayorías por más que la política y sus herramientas quieran hacer creer lo contrario. Menos los políticos, todos sabían que cuando no hay plata, no hay fiesta. Todos menos los políticos sabían que las mentiras un día se descubren. Todos menos los políticos sabían que para acordar rumbos, es necesario antes que estemos de acuerdo.

Simple, sencillo, claro, tres palabras que la política todavía no quiere entender, porque no conviene.

El autor es Periodista. Coconductor del programa "Kairós" de RADIO MÁS (FM 106.7)

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