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Cazar para comer: el último escalón de la crisis

En una zona rural de Rafael Castillo cada vez más familias en condiciones de extrema pobreza le hacen frente a la crisis cazando los animales salvajes que encuentran en su entorno.

Acompañados de perros y armados con gomeras un grupo de chicos corre detrás de un cuis en medio de los pastizales de un campo abandonado. Están excitados. Gritan, se organizan. Es una verdadera cacería. La persecución no es fácil, pero finalmente lo atrapan, lo matan y los guardan en una bolsa. No los mueve el divertimento. Lo que los mueve es un drama. El drama del hambre.

Una escena que se registra todos los días en una zona rural de Rafael Castillo, donde cada vez más familias en condiciones de extrema pobreza le hacen frente a la crisis cazando los animales salvajes que encuentran en su entorno.

Mientras los padres tratan de conseguir changas para obtener algún dinero o van a revolver los basurales de la zona en busca de desperdicios que todavía puedan transformar en alimento, los chicos se encargan de salir de caza en medio de campos atravesados por arroyos y lagunas contaminados.

Cada uno porta una gomera que ellos mismos fabrican y los secunda una jauría de perros que cumple una función decisiva: son quienes con su olfato detectan a los cuises que se esconden entre los matorrales.

Una vez descubierto el animal, la cacería continúa con disparos de gomera hasta dar en el blanco o directamente atrapándolo con las manos. Las presas predilectas son los cuises, pero no son las únicas. También pueden ser palomas, gallinetas, patos, ranas y hasta anguilas que encuentran en los arroyos.

Rosa es una de las tantas madres cuyos hijos salen a cazar todos los días para poder sobrevivir. Ella sabe lo que es la necesidad extrema. Lo vive a diario en carne propia. Tiene a dos de sus hijos con desnutrición. Es tanta su impotencia que muchas veces se encierra en su habitación para desahogarse de la única manera que puede: llorando.

Por eso cuando sus hijos le traen dos cuises, una paloma y una gallineta que cazaron, respira aliviada. Hoy tendrán un plato de comida. Ella también consiguió lo suyo. De un basural de la zona trajo algunas verduras y una salsa de tomate que, según se lee en el envase, venció hace más de un año. Pero no le importa. “Muchas veces comimos cosas vencidas y nunca nos pasó nada”, explica.

Un rato después, entre todo eso que ella encontró y los animales que trajeron sus hijos, harán un guiso para cenar. Por un día habrán gambeteado al hambre, ese fantasma que los persigue desde hace años y que tantas veces los terminó cazando.

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