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¿Es más placentero el sexo con amor?

"No podemos tener sexo satisfactoriamente sin deseo, pero sí sin amor", por la sexóloga y escritora francesa, Valérie Tasso.

El enamoramiento es posiblemente el mejor estupefaciente para el sexo. Decimos “estupefaciente” por la estrecha relación que guarda esta palabra con términos como “estúpido” o “estupendo”. Y es que alguien enamorado tiene algo de benditamente estúpido, al ver todo lo que tiene que ver con el otro como indefectiblemente estupendo. En esas condiciones, digamos cognitivas, no es de extrañar que solamos considerar el estar enamorado como una situación que nos coloca un peldaño por encima en la obtención del gozo que se deriva de una interrelación sexual.

Enamorada, una persona se convierte en más atrevida, más empática, menos pudorosa y más contemplativa; más gratificada por el goce del otro y también más entregada y focalizada en la interacción sexual. Todas estas condiciones favorecen, sin duda, la satisfacción en el encuentro erótico. Y tan “estupendo” es ese encuentro íntimo cuando se está enamorado, que hace que (especialmente algunas mujeres), hagamos eso tan “estúpido” de enamorarnos solo porque queremos repetirlo. Y eso, como todas las estupideces, merece una reflexión.

Deseo y amor han ido inseparablemente asociados en las mujeres

Sucede que esas características que aporta el enamoramiento cuando tenemos sexo, también nos las proporciona el deseo. Y si bien el enamoramiento puede entenderse como un paroxismo del deseo (algo así como el deseo llevado a su más alta cumbre), éste no necesita del complemento vitamínico del enamoramiento para activarse y desplegarse como un huracán.

Si el amor viene, el deseo se lo toma sin hielo; si no, puede funcionar con el mismo arrojo, con la misma valentía. Eso hace que no podamos tener sexo satisfactoriamente sin sentir deseo, pero que sí lo podamos tener sin amor.

Sin embargo, hasta hace no mucho, eso no estaba nada claro, al asociarse indefectiblemente en la mujer el deseo y el amor. Parecía que una mujer, sin sentir amor, no podía gozar de una interacción sexual satisfactoria; sí, quizá podía tener sexo sin amor, “pero no será lo mismo”. O sí. Objetivamente, la inmensa mayoría de las mujeres sabemos, porque lo hemos experimentado, que se pueden tener extraordinarios encuentros sexuales desde el afecto hacia el otro que produce el deseo, sin tener que pensar que será el padre de nuestros niños. El neologismo francés “hacer el amor” puede perfectamente hacerse sin amor… ¿Por qué, entonces, esa insistencia en asociar siempre el mejor sexo al amor?

Las mujeres siempre estamos dispuestas

Las mujeres, las hembras de nuestra especie, tenemos una particularidad que solo compartimos en el reino animal con algunos otros primates superiores. No tenemos “estro”, no entramos en época de celo, y por lo tanto no se nos desata en determinados momentos puntuales y previsibles una incontrolable avidez por aparearnos.

Nuestro momento de mayor fertilidad no nos advierte ni a nosotras mismas de esa situación ni desencadena, por tanto, ninguna sintomatología emocional o un deseo particular. Nosotras siempre estamos dispuestas; tenemos una predisposición a tiempo completo para poner en práctica erótica nuestra condición de seres sexuados.

Nuestro deseo se puede activar en cualquier momento del día o de la noche, del verano o del invierno. ¿Puede imaginarse alguien lo que esa condición biológica de las mujeres debía y debe suponer para el marco normativo que ordena nuestra sociedad y que veía en la activación del deseo femenino todos los males de este mundo? El horror, el apocalipsis, la perpetua intrusión del diablo.

No podemos tener sexo satisfactoriamente sin deseo, pero sí sin amor".

Y ahí viene mi tesis. Culturalmente, hemos creado a la mujer un “celo” artificial: su enamoramiento. Lo que legitimaba a la mujer a interactuar sexualmente –y es algo que nosotras hemos aceptado– era la premisa de sentir amor. Fuera de ese marco de legitimación, estaban las golfas, las putas o las histéricas.

Y es que, mientras que una mujer puede tener sexo todos los días de su existencia y con quien quiera, lo que no puede hacer es enamorarse a voluntad todos los días de dicha existencia. Los “periodos”, las “condiciones”, la “norma” para “desengañar” su deseo y limitar su predisposición esaban así establecidos, siempre después de que sintiera el amor.

Y no un amor cualquiera, no vaya a ser que nos salga enamoradiza, no, un amor de por vida, que implique el compromiso existencial e indisoluble del matrimonio en su concepción más arcaica, pero que ha triunfado durante toda la existencia de eso que venimos en llamar Occidente.

Un amor “matrimonial” al que entregarle su primera vez; sometido a ritos tan deliciosamente perversos como la “luna de miel”, la “noche de bodas” o el “viaje de novios”. Estas prácticas rituales “autorizaban” a la mujer para copular con objetivos muy claros: blindar y bloquear en el tiempo el cuerpo deseante de la mujer y privatizar esa autorización en la figura del esposo.

Culturalmente, hemos creado a la mujer un "celo" artificial: su enamoramiento.

La “luna de miel” obligaba originariamente a los casados a permanecer juntos durante 28 días (una luna), bebiendo lo que se consideraba un afrodisíaco (la hidromiel), con el fin de asegurar que algunas de las repetidas cópulas coincidieran con el momento de fertilidad de la mujer.

Por su parte, el “viaje de novios” no pretendía otra cosa que desplazar a la mujer de las tentaciones del entorno habitual para aumentar así su dependencia funcional del esposo. Y la “noche de bodas” garantizaba que el primer “tiro” lo diera el legítimo marido.

Rituales para pensar que el sexo con amor es mucho mejor

Estas “prácticas políticas del amor y el sexo” nos pueden parecer hoy extrañas, arcaicas y hasta ridículas en su función solo porque ahora nos vamos de viaje de novios a las Seychelles en lugar de a Alcorcón (o el pueblo de al lado); o porque llegamos al matrimonio (cuando llegamos) con una larga experiencia en el sexo; o porque ya ni siquiera recordamos quién fue nuestro primer amante... Pero si en algo nos siguen influyendo es en pensar que, especialmente para nosotras, el sexo con amor siempre es mucho mejor, mucho más pleno.

A lo que podríamos responder, igual que hiciera Woody Allen, diciendo que, posiblemente, “el sexo sin amor sea una experiencia vacía, pero que como experiencia vacía es la mejor”. O, si queremos ser más lacónicas en la respuesta, opinar que sí… o que no, que para quedarnos estupefactas, siempre habrá tiempo entre sexo y sexo.

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