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Exaltación de la derrota

Orlando Horacio Yans Por Orlando Horacio Yans | 12 de Mayo de 2018

Existe un concepto por fuera de la política que impacta sobre ella de manera directa: el desarrollo tecnológico. Cada nuevo conocimiento modifica nuestras vidas y la política, a los tumbos, acompaña legislando a veces sobre ellas. Tarde, mal, peor… y sin comprender del todo de  qué va la cosa. Lo nuevo, en ese sentido, arrasa con lo viejo. Lo arroja al olvido o al rincón de las antigüedades.

Sabemos que, a pesar de las fuerzas que se oponen al avance, el desarrollo prevalece. Siempre. Y mientras el sentido común modifique visiones con la velocidad de la ciencia, las actitudes también se modificarán frente a la familia, a la sexualidad, a las amistades… La política no escapa de ello.

Siempre fue y será de esa manera. La diferencia radica en la velocidad. Algunas mutaciones pueden demorarse más que otras, reformularse, insistir, hasta que al final, se imponen. Cada conquista se debe a que la sociedad acompaña los cambios porque mejoran su vida cotidiana. La política, en ese sentido, corre desde atrás porque no comprende.

Vale un ejemplo. Podemos tomar una de estas tensiones, con final cantado: el conflicto Taxi–Uber que se desarrolla en la Capital. Una batalla que se da entre lo concreto y ya establecido (taxi) y lo intangible, lo que habita en una aplicación telefónica (Uber).

Encuentro una analogía política en la pelea Uber–taxi.  Veremos.

Tenemos partidos anquilosados, tercos, inmovilizados por intereses internos y egos mal domados. También existe un ensayo de espacio moderno y contextualizado que pretende ser la vanguardia del cambio. Partidos con experiencia en gestión de resultados pavorosos (crecimiento exponencial de la pobreza, desidia histórica, desinterés social…) versus espacios con pretensión de acción dinámica y objetivos integradores, un ojo en la disposición partidaria, el otro en la gestión.

El taxi, en este caso, sería lo palpable. Basta salir a la calle, levantar la mano a su paso, subir, andar y pagar en el destino ¿Está sucio? ¿El chofer nos paseará por la ciudad? No importa. No hay opción. Uber, en cambio, no se ve. Se trata de una aplicación telefónica que mañana será reemplazada por otra que brinde mejor servicio. En un botoncito figurado en una pantalla de celular viene el precio, la foto del chofer y el auto. ¿No nos gusta? Nos quejamos y el chofer será sancionado. El taxi, en cambio, es la cautiva necesidad del otro, el único camino posible. Uber, de esa forma, sería una rápida y económica salida al sometimiento, una alternativa más, en todo caso, para que el sujeto decida qué le conviene.

¿No tributa? Un desafío para los legisladores. ¿No da mano de obra? Falso. Los choferes lo desmienten. El taxi –como entidad histórica/cultural– resiste inútilmente, se opone, grita, agrede  y amenaza como lo hace algunos viejos partidos de poder acostumbrados a no higienizar a sus dirigentes. Pues claro, se trata de una defensa corporativa de intereses particulares. Tampoco desean competencia. La propensión al dominio no concede aperturas.

Los viejos dirigentes desean listas electorales largas, ilegibles y cerradas, además de fiscalizaciones dudosas para que impresentables candidatos flameen en la victoria. Los nuevos espacios políticos desean representar la eficiencia,  el cambio, su reemplazo futuro por otro con mejor alcance y dinamismo. Su evolución. Ni mejores ni peores. Unos defienden lo establecido porque le conviene mientras que el otro cuestiona y aplica una política disruptiva. Veremos qué jugo sale de lo nuevo. Conocemos la sustancia tóxica de lo antiguo.  

Así como un taxi debería reconsiderar y modernizar su servicio para competir, el desafío de los partidos tradicionales sería amoldarse a los tiempos de sobreinformación. Para acompañar los cambios tendrán que cambiar también sus dirigentes y su manera de pensar lo público, su forma de planificar elecciones con inteligencia y método, pero también atreverse a la autocrítica y al paso al costado. Abandonar los egos. Comprender que la gestión no debe ser la subrogación del aburrimiento personal. No basta gritar “Guerra a la pobreza” si cada día se suman más pobres. No alcanza con sobreactuar indignación ideológica ni girar loco en su propio ombligo. Mirar extramuros es imprescindible para ubicar los cambios.

La política está en crisis ¿Los responsables de esa crisis? Los mismos políticos. La respuesta se halla dentro de los partidos que la provocaron y en sus dirigentes que manifiestan una pobreza conceptual alarmante. Quienes hoy se rasgan las vestiduras por las injusticias fueron ayer injustos. Quienes se indignan hoy por la pobreza, la marginalidad y el delito, ayer, tan solo ayer, parieron a esa horrible criatura. No hay inocentes en esta historia.

Otra vez existe la tensión entre el futuro y el pasado, y de esa batalla saldrá un transitorio ganador que cada dos años deberá revalidar títulos. La circunstancia de comprender y analizar con nuevas claves y mentalidad abierta llevarán a las fuerzas opositoras y oficialistas a otro triunfo o a la exaltación de una derrota cantada.

Veremos más adelante con qué material se llenará el casillero de la victoria.     

El autor es escritor de novelas, exdiputado provincial, tallerista de literatura y actual asesor del ministro de Justicia y Seguridad de CABA

 

 

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