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La oposición y sus responsabilidades

José Nun Por José Nun | 9 de Octubre de 2020

Es costumbre que cuando se reúne un conjunto de personas para protestar surja el grito: “Si esto no es el pueblo, ¿el pueblo dónde está?”. Una respuesta obvia – pero insatisfactoria – sería: en sus casas o trabajando. Pasa que hay que distinguir entre el pueblo como principio político y como realidad concreta. Y ese grito alude sin saberlo a lo primero.

Como principio político “el pueblo” no preexiste a su invocación. Se trata de una construcción conceptual tan inobservable de modo directo como la de “gobierno” o la de “justicia”.

En tanto realidad concreta, en cambio, en las sociedades modernas nos hallamos ante un agregado social múltiple y heterogéneo que resulta imposible reducir a unidad y que para evitar confusiones es preferible denominar “multitud”. O sea que sólo en comunidades pequeñas puede pensarse en reunir periódicamente al “pueblo” para que tome decisiones políticas.

¿Por qué esta introducción? Para explicar la causa de que la idea de soberanía popular haya nacido asociada a la idea de representación, de manera que la unidad ficcional de una voluntad general pueda encarnarse en la unidad concreta de sus representantes.

De ahí la importancia del papel de intermediarios que juegan los partidos políticos en las democracias representativas. En buenos principios, son ellos los que aúnan a los ciudadanos en torno a sus propuestas y luego nombran a quienes deben hacerlas cumplir.

Por eso, uno de los grandes problemas argentinos es la debilidad de nuestros partidos políticos, afectados tanto por las discontinuidades históricas y las persecuciones como por el personalismo de sus dirigentes, que han tendido a sacrificar la homogeneidad ideológica en aras del número.

Con lo que llego a la grave situación que atraviesa actualmente el país. El espacio político está dominado por dos coaliciones variopintas, de las cuales la mayoritaria es notoriamente la más fragmentada. Esto se explica en parte porque desde hace años las elecciones se definen sobre todo por rechazo: al menemismo, en 2003; al cristinismo, en 2015; y al macrismo, en 2019.

Entretanto, la crisis económica y social alcanza niveles insospechados, que la pandemia ha agudizado brutalmente. Por eso, hoy una de las preguntas más repetidas es “¿qué se puede hacer para salir de esta situación, salvo resignarse o irse del país?”. En verdad, poco y nada resulta esperable de un gobierno pleno de contradicciones, empezando por las dudas que despierta saber quién lo conduce y hacia dónde. Pero ¿y la oposición?

Hasta aquí, en términos generales su tarea se ha concentrado en desnudar los gruesos errores de quienes mandan y en denunciar su ineptitud y los excesos que cometen. Es una función muy necesaria pero está lejos de ser suficiente en un país que marcha a la deriva. Se me dirá que no faltan planteos más generales, como el reclamo de un gran acuerdo nacional o la periódica postulación de planes de futuro.

Acerca de lo primero, creo que sería saludable darse cuenta de que regímenes de cuño autocrático como el actual no son amigos de celebrar pactos, salvo aquéllos que tengan la apariencia de tales pero resulten manipulables a discreción. Sobre lo segundo, suelen ser programas de una media docena de puntos extremadamente vagos y sólo más precisos allí donde expresan los intereses de sectores que abogan por el liberalismo económico mientras procuran no enemistarse demasiado con el gobierno.

O sea que tampoco la oposición escapa a la decadencia argentina y no únicamente está dividida sino que opera como si ignorase que la mayoría de los ciudadanos no llega a fin de mes ni dispone de elementos que le permitan entender cabalmente lo que pasa. Desde luego, esta crítica serviría de poco si no la acompañara de la sugerencia de algunas alternativas.

Ante todo, creo que se impone hacer comprensibles ciertos términos en circulación. Ejemplo: la reforma fiscal. El gobierno anterior adornó con ese nombre al mero y sesgado paquete impositivo que envió al Congreso. Ahora, se vuelve sobre el tema sin dar precisiones.

Pasa que no puede haber una verdadera reforma fiscal si falta un proyecto económico de mediano plazo que la respalde ni se promueve un amplio debate público acerca de sus fundamentos y contenidos.

Están en juego nada menos que la progresividad o la regresividad de la distribución del ingreso y el destino que las arcas públicas le darán a lo recaudado, promoviendo una mayor o menor igualdad. Esto exige que los ciudadanos (y no sólo una elite) estén informados y puedan discutir y expresar sus preferencias.

Es tarea de la oposición impulsar este proceso, lo mismo que poner en descubierto los mecanismos impositivos mediante los cuales provincias “cristinistas” que van de Formosa a Santa Cruz esquilman a los que menos tienen y protegen a los ricos. Las ilustraciones podrían multiplicarse.

Baste mencionar aquí el calentamiento global y su relación directa con Vaca Muerta y el fracking; o las consecuencias ambientales de la megaminería a cielo abierto, que tiene en el actual presidente del Partido Justicialista a uno de sus mayores defensores; o las causas de la inadmisible degradación de la educación pública. Hablo de una labor de esclarecimiento que va mucho más allá de las entrevistas o los discursos de ocasión.

Por otra parte, es sabido que el público se relaciona mucho más fácilmente con proyectos específicos que con ideas abstractas. En una columna anterior, señalé cómo disminuiría fuertemente el costo de nuestras exportaciones si el tren de carga reemplazase al camión tal como sucedía antes de que Menem le asestara un golpe mortal y, a la vez, cuánto mejoraría el transporte de pasajeros si contásemos con trenes de alta velocidad como los europeos.

Es una iniciativa que como muchas otras (pienso en las energías renovables, la construcción de viviendas populares o las telecomunicaciones) generaría miles de puestos de trabajo, movilizaría a la opinión pública y contribuiría a que renaciese la esperanza. Sólo falta que la oposición asuma plenamente sus responsabilidades.

El autor es sociólogo y politólogo, Ex secretario de Cultura de la Nación

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