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Las muertas que vos matás

Muriel Santa Ana Por Muriel Santa Ana | 23 de Abril de 2018

Una semana antes del 4 de abril de 1992 fui al consultorio privado de un médico muy conocido en ese momento por ser el jefe de obstetricia de un importante hospital público. Separados por el escritorio hicimos un intercambio: él me dio las recomendaciones y yo le di la plata.

Una semana más tarde fui con mi mamá y mi hermana a un departamento ubicado en la Avenida Santa Fe y Azcuénaga, el lugar que ese mismo médico usaba para las intervenciones. Era un departamento interno, totalmente oscuro. Nos sentamos a esperar en el living, en un sillón de 3 cuerpos, mi madre, mi hermana y yo.

De la única puerta que estaba a la vista salió, a los 20 minutos, una chica de unos 15 años acompañada por su mamá. En ese momento, una mujer de ambo color verde se asomó y dijo mi nombre. Me despedí de mi mamá y de mi hermana. He tenido muchas despedidas en mi vida. Esta no fue la peor y sólo la recuerdo ahora mismo porque aquella experiencia volvió a mi emoción y a mi carne.

Me prepararon en una habitación más parecida a un pasillo que al mismo tiempo contenía otra puerta que, luego supe, comunicaba con el quirófano. El quirófano era la cocina, amplísima, típica de esos edificios de categoría de Recoleta construidos en los años 50. Lo único que había en el espacio era una camilla ginecológica. El médico era muy amoroso, me dijo: “Esto va a ser muy rápido, quedate tranquila”.

Después me dormí.

Aparecí tendida en otra camilla en el mismo pasillo estrecho del inicio. Mi mamá y mi hermana me sostenían cada una una mano. El médico se acercó, me dio un beso y me dijo: “Ya pasó”.

* * *

Yo quedé embarazada a los 23 años. Usaba un diafragma como método anticonceptivo. Y todas mis amigas también. Si aún hoy es conflictivo que muchos hombres usen preservativo aduciendo pérdida de placer -al tiempo que manipulan la voluntad de las mujeres-, imagínense: hace más de 20 años el abuso era mucho peor. Nos poníamos el diafragma y ellos se tranquilizaban. Nosotras también.  

Yo tenía una mamá, un papá, una hermana, un trabajo, mis estudios, mis libros, mis amigos. Y conseguí la plata. No tuve que recurrir a una sonda, a una aguja de tejer ni a un sucucho sórdido sin asepsia. Yo no deseaba ser madre forzadamente. No deseaba inscribir mi cuerpo en el orden simbólico de la maternidad por imposición.  

Pasaron muchos años, conocí gente nueva, ideas nuevas, he cambiado. Pero lo que se mantiene intacto en mí, y quién sabe de dónde me viene, es que desde que tengo la mayoría de edad no admito que nadie se arrogue el derecho de legislar sobre mi deseo. Mías son mis decisiones, míos son mis deseos.

Pero mi cuerpo, está visto, es un objeto político sometido a tensiones ajenas a mí. El capitalismo, ¿qué mujer construye? Las mujeres no somos un frasco para que otros observen cómo germina en nosotras la continuidad de un sistema de crimen y exclusión.

Muchas religiones promocionan una vida después de la muerte. También parecen tener muy claro qué vida existe antes de la vida. Yo me pregunto, en cambio, ¿qué vida hay durante la vida? ¿Qué mundo reproducimos con nuestros actos? ¿Un mundo de igualdad? ¿De igualdad como punto de partida o como una promesa a plazo fijo? ¿Qué le damos al mundo?

* * *

Acá, señores y señoras, no se trata de debatir, de discurrir sobre los límites de la vida y de la muerte. Porque, si así fuera, les pregunto a los que aún no han tomado partido, ¿qué es para ustedes una mujer muerta?

Esto se trata de aborto clandestino o aborto legal. El aborto existe, existió y existirá legislen ustedes lo que legislen. Si este proyecto fuera rechazado, sepan que llevarán de por vida, sobre sus espaldas, a las muertas que de aquí en más produzca la industria del aborto clandestino.

- Las muertas que vos matáis, gozan de buena salud.

La autora es actriz y la columna se publicó originalmente en la revista Anfibia

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