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¿Qué es de la vida de Norma Mabel “Beba” Batch?
Una vida guiada por la fe, la familia y la cultura sirio libanesa
24 de Mayo de 2026 | Semanario El Tiempo
Hay personas que parecen haber nacido para tender la mano. Mujeres que hacen de la escucha, del abrazo y del acompañar silencioso una verdadera forma de vida. Norma Mabel Batch, o simplemente “Beba”, es una de ellas. Su historia está atravesada por la fe, las raíces familiares y una vocación constante de ayudar, siempre desde la humildad y el amor al prójimo.
Nació el 8 de agosto de 1943, en la histórica casa familiar ubicada en la esquina de Guido y Mendoza, donde todavía hoy puede leerse en el frente “Casa Batch”. Hija de inmigrantes sirios, creció en una familia numerosa, trabajadora y profundamente unida, donde la fe y la solidaridad formaban parte de la vida cotidiana.
Su abuelo llegó al país en 1928 y años más tarde, en 1934, pudo reencontrarse con su esposa y con un pequeño hijo de apenas 13 años: Farjan Batch, el padre de “Beba”. Luego nacerían en Argentina las hermanas María, Rosa y Olga, consolidando una familia que supo mantener vivas sus tradiciones y su identidad cultural.
En aquellos tiempos, Farjan era una de las pocas personas de la ciudad que sabía traducir las cartas que llegaban desde Siria. Por eso, la casa de los Batch se transformó en un verdadero refugio para la comunidad árabe. Allí no solo se traducían palabras: también se compartían nostalgias, noticias, lágrimas y esperanzas de quienes habían dejado parte de su corazón del otro lado del océano.
Farjan, nombre que en árabe significa “alegría”, formó su familia junto a Anita Azar. Tuvieron cuatro hijos: María, conocida como “Pochi”, “Beba”, Jorge y Antonio. En ese hogar lleno de afecto, valores y trabajo, “Beba” vivió una niñez que todavía hoy recuerda con emoción. “Tuve una infancia hermosa”, resume cada vez que vuelve a esos años.
La casa familiar estaba llena de vida. Los patios reunían juegos interminables hasta entrada la tarde y las habitaciones siempre guardaban una sensación cálida de contención. Mientras sus padres trabajaban buscando el sustento del hogar, la abuela María ocupó un lugar fundamental en su crianza. Fue ella quien le transmitió una fe profunda e inquebrantable, el amor por el prójimo y también la pasión por la cocina, que tantas veces funcionó como puente de encuentro familiar.
Gracias a su abuela aprendió árabe antes que español. “Fue mi primer idioma”, cuenta con orgullo. Aquella herencia cultural marcó toda su vida. El respeto por la familia, la cultura del trabajo y la importancia de las raíces fueron valores que recibió desde pequeña y que luego trasladó a sus propios hijos. “Lo más sagrado es mi familia y mi orgullo más grande es mi apellido”, asegura.
TRABAJO, ESFUERZO Y FAMILIA
Como hija de inmigrantes, aprendió desde chica que el esfuerzo era parte del camino. Realizó sus estudios primarios en la Escuela Nº 4 y cursó la secundaria en la Escuela Perfeccional de Mujeres, donde se recibió de Profesora de Dibujo Profesional. A lo largo de su vida trabajó siempre: pasó por comercios, gimnasios y también por la venta de ropa, buscando construir un futuro para su familia con sacrificio y dignidad.
La familia ocupa el centro de su vida. Formó su hogar y fue madre de Juan Daniel y Marisa Mabel, a quienes define como “sus dos medallas más sagradas”. También habla con profundo cariño de Sandra Guzmán, su nuera, a quien considera “como una hija”, y de la enorme felicidad que le regalaron sus nietos, Alfonso Manuel y Lucía Victoria.
Pero el amor de “Beba” nunca se limitó únicamente a los vínculos de sangre. Su corazón siempre tuvo espacio para abrazar a otros. Por eso también habla de Monina y Rami como “hijos del corazón”, junto a Rebeca y la pequeña Eva, quienes la llaman cariñosamente “Mami Beba”, reflejando el inmenso afecto que supo sembrar a lo largo de los años.
LAS COLECTIVIDADES, SU OTRA FAMILIA
La vida social y comunitaria siempre fue indispensable para ella. Las primeras misas de la Iglesia Ortodoxa se realizaban en casas de familia hasta que se fundó la Iglesia San Jorge. “Dios la trajo porque nos hacía falta”, recuerda sobre las palabras del Padre Pablo Luna en aquellos comienzos. Sintiendo que ese era su lugar en el mundo, dedicó 35 años a la catequesis, acompañando generaciones enteras desde la fe y la contención espiritual.
Además, integró durante tres décadas el grupo Alco La Merced y también fue catequista en sus comienzos en la Parroquia San Roque, dejando huellas en cada espacio donde participó.
Las dos instituciones que ama profundamente son el Club Sirio Libanés y la Iglesia San Jorge, herencia directa de sus padres y abuelos. “Las colectividades son mi alma”, expresa emocionada. Allí encuentra pertenencia, identidad y también la posibilidad de continuar sirviendo a los demás, algo que considera una verdadera misión de vida.
UNA MUJER DE FE
“Beba” no habla de rezos estructurados ni de oraciones repetidas. Su vínculo con Dios es íntimo, cotidiano y sincero. “Yo hablo con Dios. Lo único que le pido es que me conserve la salud”, dice con sencillez.
Quienes la conocen aseguran que es una mujer sensible, perceptiva y siempre dispuesta a acompañar al que sufre. Ella siente que nació para servir, para escuchar y para aliviar, aunque sea un poco, el dolor ajeno.
Uno de los golpes más duros de su vida fue el fallecimiento de su hermano, hace poco más de seis meses. Un dolor inmenso, de esos que dejan silencios difíciles de llenar y heridas que permanecen en el alma. Sin embargo, aun en medio de la tristeza, nunca perdió la fe. “Nunca culpo a Dios de los golpes duros de la vida. Siempre le pido fuerza para resistir”, afirma. Y asegura que es justamente esa fe la que le permite encontrar consuelo, seguir adelante y transformar el dolor en fortaleza.
Siendo una agradecida de la vida y sin pendientes en la cuenta, tuvo la posibilidad de viajar varias veces a Europa y a Sadad, el pueblo sirio de donde emigró su padre. Allí, entre recuerdos, tradiciones y emociones difíciles de explicar, sintió que una parte de su historia volvía a abrazarla. “Es una patria que llevo en mi corazón”, cuenta emocionada.
Y quizás allí, entre la fe heredada de sus mayores, el amor por su familia y esa necesidad permanente de ayudar a los demás, se encuentre la verdadera esencia de “Beba”: una mujer que hizo de la bondad una forma de vivir, del amor al prójimo un legado cotidiano y de la solidaridad una siembra constante. Porque, como ella misma cree y asegura profundamente, en la vida siempre hay que sembrar amor, tender la mano y hacer el bien, porque tarde o temprano la cosecha vuelve.
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