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“Mi identidad no fue construida: fue sustituida”

La historia de Walter Gerardo Acosta y su búsqueda de origen. Inscripto en el Registro Civil de Acevedo en 1976 con documentación irregular, descubrió de adulto que su identidad había sido sustituida y no construida. Hoy, comparte su historia para que la memoria colectiva ayude a completar las piezas que faltan.

Walter Gerardo Acosta decidió contar públicamente su historia en redes sociales y la repercusión fue inmediata: cientos de comentarios, compartidos y mensajes de personas que no lo conocían, pero que se tomaron el tiempo de leer, preguntar y recordar. En Pergamino, ese gesto se transformó en un hecho colectivo, donde cada palabra puede convertirse en pista.

Inscripto en el Registro Civil de Acevedo en 1976, con una partida de nacimiento que consigna como padres biológicos a quienes no lo eran, Acosta descubrió de adulto que su identidad había sido “sustituida”. La inscripción irregular, la fecha de nacimiento posiblemente apócrifa y la ausencia de datos sobre su procedencia biológica marcaron el inicio de una búsqueda que lo llevó a consultar a Abuelas de Plaza de Mayo y realizar estudios de ADN, sin resultados concluyentes.

Su relato, cargado de recuerdos familiares y de la revelación que le hizo su padre poco antes de morir, expone la dimensión íntima de un derecho que no prescribe: el derecho a la identidad.

“Antes que nada quiero agradecer a la persona y al medio que se interesaron en este tema y me dieron la posibilidad de contar mi historia. También quiero saludar y agradecer a quienes leen estas líneas, porque hacerlo ya es, de alguna manera, una forma de ayudar y acompañar”, expresó en exclusiva a PRIMERA PLANA.

Según sospecha, al momento de ser inscripto ya tenía entre dos y tres meses de vida. Su búsqueda de origen lo llevó a descubrir que aquello que durante años creyó una adopción, en realidad fue otra cosa: “No lo digo con ánimo de corregir, sino de precisar: no fue una adopción, porque no fue legal. Tengo una partida de nacimiento. Es un documento legal, avalado por una firma que certificó como auténticos hechos que no lo son, ya que figuran como padres biológicos dos personas que no lo eran”.

La frase que resume su historia es contundente: “Mi identidad no fue construida: fue sustituida”.

Acosta aclara que su infancia transcurrió en un entorno familiar que le brindó lo necesario: “Fui criado, vestido y escolarizado. No tengo reproches desde ese lugar. Tuve una infancia como tantas otras: jardín, escuela, comunión, boy scouts, rugby. Una vida lo que se dice normal”. Sin embargo, desde muy chico convivió con una inquietud persistente, una sensación inexplicable de que algo no estaba del todo bien.

En la adolescencia, mientras otros buscaban diversión, él se convirtió en un buscador. Viajó por gran parte de Latinoamérica, sin mapa ni premisas claras, intentando apagar esa sed de respuestas. En Mar del Plata encontró el amor y formó una familia, pero la pregunta de fondo nunca desapareció.

El quiebre definitivo llegó años después, en Pergamino. “Viajé y le dije a mi viejo —un gran tipo— que teníamos que hablar. Fuimos al bar Enrique. Pedimos dos cafés chicos y dos whiskys. Nunca antes habíamos tomado whisky juntos, pero la situación lo ameritaba. Ahí, sin vueltas, le pregunté si yo era adoptado. Me dijo que sí. También me dijo que no sabía mucho más. Que me habían ido a buscar a Buenos Aires, que no sabía exactamente dónde, que era de noche y que llovía. Nada más”.

Poco tiempo después, su padre falleció. Ese momento abrió un proceso de reinterpretación de toda su vida: escenas, vínculos, emociones. “De chico nunca sentí ese amor incondicional que muchos describen hacia su madre. La quería, sí, pero como se quiere a cualquier persona. Durante años creí que el problema era mío. Hoy entiendo que esa distancia también tenía una explicación”.

Acosta inició entonces un camino institucional: se presentó en Abuelas de Plaza de Mayo, aunque no se hallaron compatibilidades, y más tarde realizó un estudio de ADN que solo arrojó datos ancestrales. “Al menos me sirvió para conocer un poco sobre mis raíces”.

Hoy, la búsqueda ocupa un lugar central en su vida. “Decidí hacer pública esta historia. No desde el enojo, ni desde la acusación, ni desde el rencor. Entiendo que fueron otros tiempos y otras circunstancias. Pero también entiendo que el derecho a la identidad no prescribe”.

La repercusión lo sorprendió: cientos de mensajes, comentarios y compartidos de personas que no lo conocían, pero que se tomaron el tiempo de leer y recordar. “En una ciudad, eso no es poco. Para mí fue una señal clara de que no estaba solo”.

Acosta lo resume con sencillez y fuerza: “Yo solo busco saber quién soy y de dónde vengo. Nada más. Nada menos”.

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