Por Guillermo Memo García | 4 de Enero de 2026
Primer sábado de 2026. Mientras Pergamino duerme -o intenta dormir-, la inseguridad vuelve a escribir su propia crónica. En apenas una hora, dos hechos delictivos casi idénticos dejan en evidencia algo más profundo que un par de robos: la ausencia total de conducción política en materia de seguridad.
Delincuentes rompen, sin esfuerzo y con una calma alarmante, paneles de vidrios blindados de dos concesionarias de motos. Actúan con método artesanal, tiempo y tranquilidad.
En uno de los locales, se lleva una moto cero kilómetro de tiro. Sin alarmas efectivas, sin respuestas inmediatas.
Los escenarios no podrían ser más elocuentes. Uno de los hechos ocurre en pleno Centro, a 150 metros de la avenida principal, frente a una de las plazas más transitadas y pasos de viviendas particulares de pergaminenses con poder de decisión. El otro, sobre una avenida clave como Marcelino Ugarte. Lugares visibles, expuestos, supuestamente cuidados. Lugares donde el delito ya no se esconde.
Hace apenas dos meses, la Municipalidad anunció con bombos y platillos el fortalecimiento del sistema de seguridad urbana. Más recursos, más control, más tecnología.
La realidad se encargó de desmentir el relato: dos robos casi calcados, en una hora, en zonas estratégicas de la ciudad. El sistema no falló: directamente no estuvo.
El promocionado Centro de Monitoreo Municipal, presentado como la joya tecnológica de la gestión -cámaras, software, inteligencia artificial-, volvió a quedar fuera de foco cuando los hechos sucedieron. Las imágenes que permiten investigar son de cámaras privadas. De vecinos. De comerciantes. De quienes pagan impuestos y, además, terminan haciendo el trabajo que el Municipio no hace.
En Pergamino, mirar para otro lado frente a la inseguridad dejó de ser una excepción para transformarse en costumbre. No asumir responsabilidades, no dar explicaciones, no comunicar medidas ni resultados es una marca registrada de la gestión. La seguridad no es prioridad. Y cuando no se prioriza, se paga en la calle.
Pero el contraste se vuelve obsceno cuando el intendente decide levantar la voz para opinar sobre la política internacional. Venezuela. Estados Unidos. El mundo. Declaraciones rápidas para redes sociales, posicionamientos públicos para simpatizar a dirigentes supremos, análisis lejanos. Todo muy cómodo. Todo muy ajeno.
Sobre la inseguridad en Pergamino, en cambio, silencio. Ni una palabra. Ni una explicación. Ni una autocrítica. Aun cuando los hechos se repiten, aun cuando los lugares elegidos por los delincuentes son cada vez más audaces, aun cuando la sensación de desprotección crece.
Tal vez gobernar desde otro mundo tenga beneficios. Evita conflictos. Evita costos. Evita hacerse cargo. Pero un intendente no fue elegido para opinar de lo que pasa a ocho mil kilómetros, sino para gestionar lo que ocurre en cada esquina de su ciudad.
Mientras el jefe comunal mira para afuera, un delegado de un pueblo del Partido denuncia en persona hechos de corrupción policial que involucran a tres localidades. Uno actúa con coraje. El otro comenta para la tribuna.
Y la diferencia no es menor. Por algo a ese delegado lo eligieron sus vecinos. Y por algo, también, el 7 de septiembre, la mayoría de los pergaminenses le dieron la espalda al intendente.
* El autor es periodista
La imagen que forma parte de la nota fue creada por la IA
Si todavía no recibís las noticias de PRIMERA PLANA en tu celular, hacé click en el siguiente enlace https://bit.ly/3ndYMzJ y pasarás a formar parte de nuestra base de datos para estar informado con todo lo que pasa en la ciudad y la región.