Columna de opinión

Cada uno tiene su opinión… ¿entonces quién tiene la verdad? ¿Ser sinceros o complacientes?


20 de Marzo de 2026 | Juan Pablo Terzo

Me pasa siempre. Salgo de una sala de teatro, de un recital o de una muestra en Pergamino y, mientras el público todavía aplaude de pie y grita “¡bravo!”, “¡genial!”, “¡qué artista!”, ya sé lo que va a pasar apenas crucemos la puerta. En la vereda, en voz baja, las mismas personas que hace dos minutos se desgañitaban empiezan a desarmar la función: “estaba desafinada”, “el texto no cerraba”, “la puesta era un desastre”. Y me pregunto: ¿a quién le sirve esta doble cara?  Definitivamente no al artista. Porque el artista que sale del escenario creyendo que todo fue perfecto nunca va a saber qué falló. Se va a casa inflado de elogios baratos y, la próxima vez, repetirá exactamente los mismos errores.

Muchos de nosotros –los que amamos el arte de verdad– pasamos la vida persiguiendo la perfección que siempre se nos escapa. Esa eterna insatisfacción es lo que nos mantiene vivos, lo que nos obliga a estudiar, a corregir, a empezar de cero. Pero hay otro grupo, cada vez más numeroso en nuestra ciudad, que ya se siente instalado en el Olimpo. Caminan con la nariz en alto, tratan al público “común” como si fuéramos ignorantes y se ofenden si alguien se atreve a señalar una falla técnica evidente.  Es cierto: cada uno ve lo que puede ver según su propia historia. Nadie cae bien a todo el mundo. Pero también es cierto que hay ojos entrenados –críticos, músicos, actores, pintores con años de oficio– que detectan en segundos dónde falla la respiración, dónde se rompe el ritmo, dónde la luz no acompaña la emoción. Y esos ojos, por miedo a quedar mal, por no “hacerle mal al pibe” o simplemente por pereza, guardan silencio. 

El resultado es trágico y lo estamos viendo en Pergamino: el arte se achata. Se achata porque falta preparación, porque los gobiernos –municipal y provincial– nunca han tenido interés real en traer talleres de primer nivel, clases magistrales, intercambios con artistas de Rosario o Buenos Aires. Se achata porque muchos “maestros” locales, con la mejor intención, pero con graves lagunas técnicas, están formando a las nuevas generaciones repitiendo exactamente esos mismos errores. Y se achata, sobre todo, por la falta de humildad de algunos artistas que ya no quieren aprender nada de nadie.  Yo conocí chicos y chicas que, hartos de chocar contra el techo local, juntaron plata, se fueron a estudiar a Capital o a Rosario y volvieron con los ojos abiertos: “Todo lo que me enseñaron acá sirve de poco… tuve que empezar de cero”. No es que lo de acá sea malo; es que es incompleto.

Y mientras sigamos aplaudiendo por compromiso en vez de por convicción, ese techo va a seguir estando cada vez más bajo.  El público tampoco se salva. Nos acomodamos en la butaca, aplaudimos por educación y después nos quejamos en la cola del baño. ¿Y si empezáramos a exigir más? ¿Si nos formáramos también nosotros para poder opinar con fundamento? Porque opinar con autoridad no es ser cruel: es amar tanto el arte como para querer que sea mejor.  Yo ya elegí mi bando: prefiero la sinceridad incómoda que la complacencia cómoda. Prefiero que me digan la verdad aunque duela, porque solo así puedo crecer. Y estoy convencido de que la mayoría de los artistas honestos piensan lo mismo.

¿Y vos? ¿De qué lado estás? ¿De los que aplauden adentro y critican afuera, o de los que se animan a decir las cosas como son para que el arte de Pergamino deje de ser “más o menos” y empiece a ser realmente grande?

La verdad no está en el medio. La verdad está en el coraje de decirla.



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