Columna de opinión

Gobernar no es imponer


19 de Abril de 2026 | Primera Plana

Por Guillermo Memo García

 

La controversia desatada por las obras proyectadas en la Plaza 25 de Mayo y la Peatonal vuelve a dejar una enseñanza que excede largamente el debate urbanístico. Lo que hoy está en discusión no es solamente el diseño del Centro, sino la forma en que se toman las decisiones públicas. Y en ese punto, la ciudad arrastra una deuda cada vez más evidente: la necesidad urgente de avanzar hacia un verdadero modelo de Gobierno Abierto.

Durante años, el concepto fue utilizado como una consigna moderna, una etiqueta atractiva o una promesa de gestión. Pero Gobierno Abierto significa mucho más que un título institucional o una herramienta de marketing. Implica, además de transparencia, acceso a la información pública, participación ciudadana efectiva y construcción colaborativa de políticas públicas. En otras palabras, colocar al vecino en el centro de las decisiones que impactan sobre su vida cotidiana.

Eso es precisamente lo sigue faltando en este conflicto. La intervención simultánea sobre dos espacios emblemáticos del casco céntrico avanzó sin instancias previas de debate amplias, sin mesas técnicas abiertas, sin audiencias públicas con incidencia real y sin canales de consulta que permitieran anticipar el rechazo social que hoy se expresa con fuerza. El resultado está a la vista: tensión política, resistencia comunitaria y una creciente sensación de distancia entre el Municipio y la ciudadanía.

La Plaza 25 de Mayo y la Peatonal no son terrenos vacíos sobre los que se pueda actuar solo con lógica administrativa. Son símbolos urbanos, espacios de memoria colectiva, lugares donde la ciudad se reconoce a sí misma. Modificarlos requiere legitimidad social además de capacidad técnica. Cuando eso no ocurre, cualquier proyecto -por ambicioso y atractivo que sea- nace condicionado.

Pero el debate no debe agotarse en estos ejemplos actuales. La necesidad de una nueva forma de gobernar alcanza a todas las decisiones estratégicas de la ciudad.

Un ejemplo claro es el microestadio modelo próximo a inaugurarse, una de las obras más importantes de la historia de Pergamino. Nadie discute la lindeza de la obra. Lo que debió discutirse públicamente fue su localización. ¿No habría sido conveniente emplazarlo en el Parque Municipal, integrándolo con la pista de atletismo y el natatorio, en la denominada Villa Deportiva? Esa alternativa podría haber consolidado un verdadero polo, recreativo y social de escala regional, potenciando infraestructura ya existente y evitando dispersión urbana.

Otro caso evidente surge con los eventos masivos que de manera repetida se concentran en el Parque Belgrano. Más allá del éxito de esas convocatorias, cabe preguntarse si no sería razonable alternarlas con avenidas amplias u otros puntos estratégicos de la ciudad. Esa rotación permitiría descentralizar la actividad económica, generar movimiento comercial en otros sectores y corredores hoy postergados, y distribuir mejor los beneficios que producen este tipo de encuentros. También eso es pensar la ciudad con criterio abierto e integrador.

Existen ejemplos cercanos de otra manera de gobernar. La Ciudad Autónoma de Buenos Aires desarrolló herramientas basadas en apertura de datos, consultas públicas, participación vecinal y mecanismos colaborativos para mejorar servicios y políticas urbanas. No se trata de copiar modelos de forma automática, sino de comprender que las ciudades modernas ya no pueden gestionarse de espaldas a la comunidad.

Pergamino necesita dar ese paso. Y necesita hacerlo ahora. La salida razonable frente al conflicto actual es convocar de inmediato a una mesa de diálogo amplia, plural y vinculante. Con presencia del Municipio, colegios profesionales, urbanistas, comerciantes, instituciones intermedias, vecinos y sectores sociales involucrados. No como gesto cosmético, sino como ámbito genuino para revisar proyectos, escuchar objeciones y construir consensos.

La experiencia reciente debería servir de advertencia. La problemática de la contaminación ambiental terminó judicializada y convertida en noticia nacional con el juicio oral a siete productores agropecuarios y dos funcionarios municipales. Fue la Justicia la que intervino donde antes debió actuar la política. Ese antecedente demuestra el costo institucional de no abrir canales de diálogo a tiempo.

No se debería repetir la historia. Cuando la política no escucha, otros poderes terminan ocupando ese vacío. Cuando la gestión se encierra, los conflictos escalan. Cuando no hay participación, crece la desconfianza.

El Gobierno Municipal aún tiene la oportunidad de corregir el rumbo. Porque nunca es tarde si la intención es autentica. Frenar la lógica de los hechos consumados y abrir una instancia seria de participación es una señal de madurez política. Porque gobernar, además de ejecutar obras, es construir legitimidad, aceptar miradas distintas y entender que una ciudad no se transforma contra sus vecinos, sino con ellos.

Pergamino necesita modernización. Pero requiere, antes que nada, una nueva cultura política. Y esa cultura empieza por algo simple y poderoso: un Gobierno Abierto de verdad.

 

 

*El autor es periodista



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