Columna de opinión

Enemigos del pueblo. Tristes tribulaciones de un natatorio municipal.

Quien ataca de una manera tan violenta el bien común, es un enemigo del pueblo. Henrik Ibsen.
26 de Abril de 2026 | Primera Plana

Por Martin Batalla 

El pasado año –y sin que nunca lleguemos a saber con precisión por qué prebendas, por qué oscuros intereses mezquinos de nuestra turbia política de parroquia–, el impagable team de concejales de la ciudad de Pergamino votó porque nuestro natatorio olímpico municipal climatizado, construido años ha con el dinero de los conciudadanos, se entregara, en bandeja de plata, a la explotación de un tercero –prebendario y turbio, también: ¡ah!, y enemigo del pueblo–, que le vio cara de negocio rentable tan rápido como se hizo del dominio del botín.

Fue entonces cuando, y a efectos de esa privatización rabiosa, enemiga del pueblo, entraron a tallar en esta historia una ignota Asociación Atlética de Pergamino, que –y en compañía del otrora aristocrático Club Gimnasia: todo se derrumba en este país, se sabe–, se alzó con la gestión de la pileta, ante los ojos condescendientes de nuestros ediles patrios (enemigos del pueblo) y la mirada atónita de toda la ciudad, que los vio hacer y nunca terminó por dar crédito a lo que sucedía.

Desde entonces, esa filantrópica y benefactora Asociación (que desembozadamente se define en su página oficial como una entidad sin fines de lucro), recibe a su nombre el pago de las cuotas de los usuarios más o menos enterados de esta situación, y cobra en negro esas contribuciones mensuales, sin emitir comprobante alguno y por simple transferencia telefónica. ¿Podrá haber algo más cómodo?, nos preguntamos. ¡Qué atentos, realmente!

Pero la gestión que ese organismo “especializado” lleva a cabo consiste –es muy sencillo de entender si prestamos atención– en esto:  el servicio pasó de costar 27.000 pesos, a salir, al mes de abril, 55.000. Todo lo demás está igual: la caldera anda cuando quiere, los vestuarios dan asco, las condiciones de higiene y de salubridad dejan todo que desear.

Carezco de filiación partidaria, nunca ocupé –ni ocuparía– cargos de esa índole en repartición alguna, y me jacto de reivindicarme como un representante del pensamiento libre. Tampoco tengo la obligación de defender intereses de grupos espurios. Pero me pregunto qué llevó a nuestros concejales, enemigos del pueblo, a creer que la cultura del deporte (o la cultura a secas, para el caso de otras instalaciones que estamos construyendo y/o remodelando: ¡paciencia, por favor!) debe ser sólo accesible a quien pueda pagarla bien: a quien logre contribuir, por simple transferencia, a los amigos de los enemigos del pueblo.

Ex secretarios municipales y concejales en ejercicio (en especial del partido gobernante), han salido ya a dar por los medios algunas explicaciones del todo inconvincentes. Sucede que, para los enemigos del pueblo, los avatares políticos que los involucran son, por lo general, parte de un gran malentendido planetario. Los ciudadanos locales son tan insensibles a sus desinteresadas acciones públicas, que siempre leen mal: siempre malinterpretan. De allí que estos prohombres (o que estas funcionarias magnánimas: enemigas del pueblo), tengan que pasarse la vida corrigiendo “malintencionadas” lecturas de vecinos suspicaces. ¡Ay, ay, ay, ay! ¡Cuánta injusticia en este mundo ingrato!...

Por suerte existen también los medios y los programas (llamémoslos así) oficialistas, con sus elencos de periodistas-monigotes enemigos del pueblo, que sostienen y justifican estas políticas oscuras y brutales (porque no se privan de nada), actuando como sus serviciales testaferros, como prebendarios ventrílocuos que no pueden (porque no los dejan) pensar con sus cabezas: que no alcanzan a emitir ideas propias que logren salir de verdad de sus propias bocas…

¿Deben los bienes materiales y culturales del Estado volverse objeto de un negocio privado? ¿Pueden los ediles criollos (y gauchos) rifar el patrimonio de todos al mejor postor, beneficiando a los amigos del poder de esta tristísima política-maison? ¿Es necesario enseñar con el “ejemplo” a las generaciones futuras que, allí donde hay una necesidad, hay un negocio, y que donde hay un negocio hay un privado? ¿No les da vergüenza ser tan cínicos y tan inmorales? Si no les da vergüenza, prepárense porque, el año entrante, serán galardonados con un Premio La Opinión,destinado a condecorar a los iluminados emprendedores poderosos de estos pagos. ¡Ay, con los enemigos del pueblo!

Frente a toda esta postura obscena, indigna y rastrera, me gustaría recordar que los hombres y las mujeres que levantaron este país en el siglo XIX pensaron, antes que nada, en la importancia de contar con un Estado. Tomando el ejemplo de los países más progresistas de la tierra, creyeron, con entera justicia democrática, que esa figura era la mejor para garantizar el acceso a los bienes materiales y simbólicos, especialmente para aquéllos que no podían afrontar el pago por sí mismos.

Y es que el Estado existe básicamente para eso; y los gobernantes que votamos (y, por lo menos los nuestros, enemigos del pueblo), para cumplir con la obligación cívica y moral de potenciarlo y de colocarlo al servicio de sus conciudadanos: no de vaciarlo o de delegar sus prestaciones a un tercero, ávido de esquilmar a los demás adueñándose de un patrimonio público que nos pertenece a todos por derecho (“público” quiere decir eso: hay diccionarios online para quien pueda dudar) y por el que no deberíamos tener que tributar un solo centavo. Ya lo dijo Henrik Ibsen (1828-1906): quien va contra el bien común es un enemigo del pueblo.

Ese notable dramaturgo noruego era, para 1883, un hombre de mediana edad y una celebridad en toda Europa, donde ya se conocían algunas de las osadas piezas polémicas que le darían fama universal: entre ellas, la refinadísima Casa de muñecas. Un año antes de eso había escrito un áspero y sólido drama titulado Un enemigo del pueblo, en donde cuestionaba la sociedad burguesa y mezquina de su tiempo, y denunciaba el pragmatismo connivente que daba forma a la insensibilidad de los políticos, y, en fin, a toda una época.

La pieza relata la historia de un médico que vive en una ciudad cuyo balneario es la principal atracción turística, como el motor de su economía y de sus ingentes riquezas. Un buen día, el doctor Tomás Stockmann descubre que el agua del balneario está contaminada: que una bacteria es capaz de poner en riesgo la salud de la población entera. Y se propone advertir (y defender) a sus conciudadanos del peligro.

Esa decisión lo enfrenta a los poderosos del poblado, a los periodistas y a los medios de comunicación, e incluso a su propio hermano corrupto, al frente de la alcaldía de la ciudad. Todos en el pueblo parecen más preocupados por los inconvenientes económicos que la desinfección del agua acarreará (y por la posible pérdida de clientes que concurren al balneario) que por la salud de las personas que confían en sus aguas “benefactoras”.

La obra, bellísima, está llena de hallazgos; de situaciones pensadas y ejecutadas con asombrosa maestría. Entre otros parlamentos significativos, los que más se asemejan a nuestra dura realidad ¿deberán atribuirse sólo a mera coincidencia?:

Poco a poco todos los asuntos de la ciudad han ido a parar a manos de una pandilla de funcionarios (…) todos gente rica o destacada del país, que nos gobiernan y dirigen a su antojo.

 

Hovstad, el director del periódico del pueblo, decidido en principio a denunciar la situación de las aguas contaminadas, le dice al doctor en una de sus conversaciones: “Un periodista no puede dejar pasar la oportunidad de echar abajo para el futuro la caduca creencia en la infalibilidad de los dirigentes. Hay que acabar con todas esas viejas supersticiones”. Luego lo traiciona.

Aslaksen, su imprentero, reflexiona a su turno sobre la soberbia que ha observado en los políticos: “Conozco muy bien a las autoridades municipales; los poderosos no admiten de buen grado una proposición que no venga de ellos”. Pero termina actuando como todos.

El alcalde Pedro Stockmann, hermano del médico que acaba de descubrir la contaminación, detiene la publicación de la noticia con palabras que nos resultan conocidas, que bien podrían estar en boca de cualquiera de nuestros funcionarios más “cercanos”: “Al pueblo no le son necesarias ideas nuevas. El pueblo está mejor servido con las ideas viejas y buenas que ya le son familiares”. Claro, ¿para qué más?

Los parlamentos de Ibsen, como se ve, se sacan chispas. La obra es tan poderosa en sus incidencias escénicas como actual en la resonancia de su mensaje deceptivo. Al final, derrotado y solo, abandonado por todos los sectores que prometieron apoyarlo, el trágico médico de Un enemigo del pueblo tiene que aceptar la devastadora realidad de su mundo y de su gente: “¡Toda nuestra vida social, tan floreciente, se basa en una mentira atroz!”, concluye.

(…) la base de nuestra vida moral está por completo podrida… la base de nuestra sociedad está corrompida por el engaño, por la hipocresía, por la mentira…

 

Quienes nos estén leyendo ahora, en estos pagos, podrán estarse preguntando qué nos enseña una obra teatral nórdica, perteneciente a otra cultura, y cuyo estreno ha ocurrido hace más de cien años a la fecha. Pero la revisión fugaz que aquí intentamos, indica que la avidez con que nuestros funcionarios (enemigos del pueblo) se dan impunemente a negociados –a espaldas de los intereses ciudadanos y con la descontada anuencia de los concejales que deberían por el contrario velar por el bien común–, resuena en los parlamentos de la pieza y refracta en las aguas de un mismo espejo de agua corrompido.

Para los enemigos del pueblo, los intereses económicos –los rentables beneficios de unos pocos oportunistas poderosos–, están por sobre la salvaguarda y el respeto de los valores humanos. En Noruega como en Pergamino. Porque los enemigos del pueblo, que por cierto no se acaban nunca, suelen trascender hábilmente alambrados y fronteras…

 

 

 

 

Martín Batalla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Martín Batalla nació en Pergamino en 1973. Es profesor en Letras y magister en literatura argentina por la Universidad Nacional de Rosario, y doctor en Letras de la Universidad de Buenos Aires. Docente e investigador, enseña semiótica, literatura y cine en el Instituto Superior de Formación Docente “Pte. Arturo Illia”, en la Escuela Superior de Artes Visuales “Emilio Pettoruti” y en el Conservatorio de Música “Juan Carlos Paz”. Ha escrito trabajos especializados para diversas revistas académicas; sus ensayos han sido premiados en más de una ocasión por el Fondo Nacional de las Artes, institución de la que además fue becario. En 2023, organizó y coordinó, junto a Valeria Olivieri, las Jornadas Saer, que reunieron a críticos, profesores y editores especializados en la obra del escritor santafesino (jornadassaer.com.ar), y que se desarrollaron, en forma totalmente gratuita, en el Auditorio de la Biblioteca Pública Municipal “Dr. Menéndez”. En la actualidad, prepara la edición de un estudio sobre la emergencia y la consolidación de la crítica cinematográfica de prensa del primer tramo sonoro.

 

 

 

 

 



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