Sociedad

¿Qué es de la vida de Ángel Roberto Peña?

El hombre que descubrió que la felicidad también gira en una calesita
04 de Julio de 2026 | Primera Plana

Hay personas que parecen haber nacido para recibir a los demás con una sonrisa. De esas que saludan por el nombre, que siempre encuentran un momento para conversar, que invitan a quedarse un rato más y hacen sentir a cualquiera como en casa. Sin grandes discursos ni gestos extraordinarios, construyen vínculos desde la sencillez, la amabilidad y el tiempo compartido. Son personas que entendieron que la felicidad suele esconderse en los detalles más pequeños y que una simple vuelta puede convertirse en un recuerdo para toda la vida. Ángel Roberto Peña es una de ellas.
 
Una infancia marcada por el esfuerzo
 
La historia de Ángel Roberto Peña comenzó el 14 de septiembre de 1958 en Pergamino. Su infancia estuvo atravesada por una pérdida temprana: con apenas cuatro años debió enfrentar la muerte de su padre, Miguel Ángel. Desde entonces, su mamá, María Ofelia Barraza, trabajadora del Hospital San José, quedó al frente del hogar junto a Isabel, Francisco y Roberto, quienes realizaron sus estudios primarios en la Escuela Nº 22.
La humildad le enseñó desde muy temprano el valor del trabajo. Pasó por distintos empleos mientras comenzaba a construir también su vida personal. A los 16 años oficializó su noviazgo con Adriana Ianni y, sin saberlo, además de encontrar a la mujer que lo acompañaría toda la vida, descubrió una segunda familia. Sus suegros, Germán Ianni y Antonia Garritano, junto a sus cuñados Marcelo y Livio, lo recibieron como a un hijo más.
Trabajó en una fábrica de juguetes, cumplió con el servicio militar durante dos años y, en 1979, llegó el matrimonio. Luego comenzó su etapa en la industria textil. Roberto siempre habla de Adriana con profunda admiración. La define como una mujer completa: su socia, su compañera, la madre de sus hijos y el sostén permanente de la familia.
 
Un sueño que comenzó por un hijo
La llegada de Luciano Martín, en 1983, transformó para siempre los fines de semana de Roberto y Adriana. Las tardes en la Plaza San José y las vueltas en la calesita formaban parte de un ritual que parecía eterno, hasta que un día descubrieron que aquel histórico juego ya no estaba.
 
En lugar de resignarse, decidieron convertir la nostalgia en un proyecto de vida. Compraron una calesita que comenzó a funcionar a fines de 1987 en la Plaza San José. El éxito fue inmediato. Roberto no solo ofrecía un entretenimiento para los más pequeños; organizaba festejos, encuentros y lograba que ese rincón se transformara en un espacio de reunión para cientos de familias pergaminenses.
 
En 1988 nació Fabián Jesús y, poco tiempo después, surgió la posibilidad de trasladar la calesita a la Plaza 25 de Mayo, donde continúa funcionando hasta la actualidad.
 
Una vida de sacrificios y de pequeños gestos
 
Durante muchos años Roberto llevó adelante una doble jornada. De lunes a viernes trabajaba en comercio y, al terminar el horario laboral, además de todos los fines de semana, se convertía en el hombre de la calesita.
Ese enorme esfuerzo permitió sacar adelante a la familia, criar a sus hijos y ofrecerles un buen pasar. Sin embargo, el sacrificio también implicó renuncias: reuniones familiares, cumpleaños y encuentros con amigos muchas veces quedaron del otro lado de las obligaciones.
 
Con el tiempo, Luciano y Fabián encontraron también su lugar dentro de ese universo familiar dedicándose al negocio de los pochoclos, mientras Adriana seguía siendo el pilar silencioso que sostenía a los tres hombres de la casa.
 
Pero la vida también presentó sus pruebas más difíciles. Primero llegó la pérdida de Adriana, hace poco más de una década. Años después, otro golpe aún más doloroso: la muerte de Luciano. Ausencias imposibles de reemplazar que Roberto aprendió a sobrellevar entre la música de la calesita, el sonido de los caballitos girando y las sonrisas de los chicos.
 
El legado que nunca dejó de girar
 
Sin proponérselo, Roberto fue sembrando recuerdos en varias generaciones. Los niños que alguna vez esperaban ansiosos una vuelta hoy regresan convertidos en padres e incluso en abuelos. Muchos se acercan solamente para agradecerle un gesto que él siempre consideró natural: dejar subir a un chico aunque no tuviera dinero para pagar el boleto.
 
Esos pequeños actos de solidaridad terminaron convirtiéndose, con el paso de los años, en recuerdos imborrables para muchísimas familias.
 
Hoy, a los 68 años y ya jubilado, Roberto comparte una vida más tranquila junto a su hijo Fabián, su nuera Ivana Serra, su nieto y ahijado Thiago Goku -a quien imagina, entre risas, como la tercera generación del oficio- y el cariño incondicional de Marcelo, Gloria, Livio y Ani.
 
Después de más de cuatro décadas entiende que la calesita dejó de ser un trabajo hace mucho tiempo. Es el lugar donde reconstruye recuerdos, mantiene vivo el legado de Adriana y Luciano y encuentra la fuerza necesaria para seguir adelante.
 
“Siento los años”, admite. Pero inmediatamente aparece la verdadera razón por la que cada mañana vuelve a abrir la reja: “La calesita es mi terapia, vivo para esto”.
 
Quizás por eso, cuando habla de ese pequeño mundo de música y caballitos, ya no lo hace como si fuera un empleo. Habla de un refugio. Del sitio donde aprendió a convivir con las ausencias, donde cada risa infantil le devuelve un poco de esperanza y donde todavía siente cerca a quienes marcaron su vida.
 
Con el paso del tiempo comprendió que no todos los legados se construyen con grandes obras. Algunos quedan escritos en la memoria de un niño que, décadas más tarde, regresa tomado de la mano de sus propios hijos para revivir aquella emoción.
 
Mientras exista un chico esperando su turno para subir a la calesita, Roberto seguirá ocupando su lugar. Tal vez con el cuerpo un poco más cansado, pero con la misma convicción de siempre: que un pequeño gesto de cariño puede cambiarle el día a alguien. Porque, al final de cuentas, la verdadera felicidad nunca dejó de girar al ritmo de esa calesita que un día soñó junto al gran amor de su vida


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