Columna de opinión
Naranjas amargas y juicio por fumigaciones: Burdas maniobras distractoras de la prensa local oficialista
04 de Julio de 2026 | MartÃn Batalla
Ser el decanode la prensa gráfica local tiene, al parecer, sus privilegios. Porque uno puede ir ganando con los años un grado tal de arbitraria impunidad, que le asegurará en poco tiempo la posibilidad redonda de publicar a conveniencia cualquier cosa que se ponga al alcance de la mano, sin sentir por ello ninguna responsabilidad profesional (no hablemos ya de ética disciplinar: ¿qué es eso?) ni experimentar remordimientos por lo escrito al haberse vuelto uno tan impune. Total, la gente qué sabe: qué entiende de nada…
Es así que La Opinión, en una nota titulada “Las naranjas que en Pergamino nadie junta y que hoy despiertan interés en el mundo” (quien coloca allí esos títulos debería ser premiado con algo: pensemos, entre todos, con qué), nos informa que Vietnam tiene un pronunciado interés en las naranjas amargas para uso industrial, y que en San Pedro, docentes y alumnos de una escuela técnica recolectan muestras de ese fruto para enviárselas urgente a los vietnamitas, quienes analizarían el porcentaje de hesperidina que contienen, pues utilizan el compuesto en la industria medicinal, cosmética y de suplementos alimenticios.
Pero esa inopinada atracción asiática por los cítricos amargos, y esa industria proveniente de uno de los países más superpoblados del mundo, no tendrían para nosotros ningún interés particular, nos explican, si no fuera porque, y como en San Pedro, esa variedad frutal se da en nuestras veredas ciudadanas (como tantas otras cosas que ocurren aquí y en ningún otro confín del planeta conocido) con la dispendiosa generosidad que suele dar forma al magnánimo espíritu pergaminense. “A veces, una noticia lejana sirve para mirar de otra manera lo que estuvo siempre cerca”, anota el periodista, haciéndose el Exupéry. ¿No es encantador?
Nuestras naranjas ofrecen una postal ciudadana anaranjada; pasan inadvertidas pero son parte integral del arbolado público; no forman un paisaje muy visible pero están, nos aclaran. ¿En qué quedamos? Pueden verse (¡atención los frentistas que reniegan con la escoba; o los chicos que las revientan a patadas jugando a la pelota!) sobre avenida Alsina entre Sarmiento y Alberti, y por calle Florida, entre San Nicolás y 25 de mayo. Nadie las cosecha; todos reconocen su perfume; hay quienes las esquivan cuando caen en la vereda. Ah, y la lectura en clave cultural que para La Opinión encierra una naranja: “para muchos vecinos son parte silenciosa de la memoria urbana”.
Si durante décadas sólo fueron vistas como una presencia ornamental, gracias a la gente de San Pedro –y a los diligentes y muchos vietnamitas que buscan abastecerse de ese fruto de cuño nacional–, ha sonado para ellas la hora de la justicia que repara: por fin podremos apreciar su naturaleza de bien aprovechable; reconocer que “Pergamino también tiene pequeñas historias naturales que pueden conectarse con discusiones globales” (¿?). Porque una naranja puede ser algo fuera de lo común “cuando la ciencia y la innovación la miran con otros ojos”, nos advierten los del diario, propensos a dejarse impresionar por cualquier pavada. Bastaba apenas con tender “una mirada atenta sobre un recurso urbano que estaba a la vista de todos”. ¿Qué estuvo haciendo el pergaminense distraído durante todos estos años?, nos preguntamos.
Las adivinadas consecuencias de todo este cuentito parecen obvias. Volvamos a escuchar a La Opinión, en insospechada versión ecológico-ambiental:
“¿Podría Pergamino sumarse a una experiencia de ese tipo? Tal vez no como proveedor inmediato ni con escala comercial, pero sí como parte de una conversación más amplia sobre el valor del arbolado urbano, la biodiversidad de nuestras calles y el potencial de especies que muchas veces se consideran simplemente decorativas”.
¿Es esto un llamamiento para que nos dediquemos desde ahora al negocio de naranjas: a la citricultura? ¿Qué hacemos, entonces, con la Sociedad Rural, la feria de Agroactiva, los parques industriales, las poderosas empresas semilleras y de agroquímicos directamente vinculadas con el campo: ésas que sostienen a nuestros funcionarios comunales, a sus vistosas candidaturas y a todos sus adláteres?
En la particular coyuntura en que se está debatiendo un juicio por contaminación ambiental que ha sido caratulado como histórico –el de las fumigaciones que tienen por cruento escenario a los campos de esta ciudad (aunque La Opinión jamás publicó de eso una palabra)–, leer, en la burda nota que estamos comentando, la apuesta por la biodiversidad en relación con las naranjas, puede resultar, especialmente para quienes fueron víctimas inocentes de una economía agraria brutal que oficialismo y diario defienden a capa y espada, la oportunidad de una burla abyecta, inmoral y recusable; y en verdad resulta, para todos quienes defendemos el medio ambiente y la vida de nuestros semejantes, la exhibición de un cinismo de características obscenas, reñido con toda eticidad.
Hace ya ocho años, Sabrina Ortiz inició una demanda que es historia: denunció penalmente la contaminación ambiental y los graves daños a la salud de su familia y sus vecinos, provocados por las fumigaciones con agrotóxicos en los campos periurbanos de la ciudad de Pergamino, que afectaron los barrios Villa Alicia, Luar Kayad y La Guarida. Como particular damnificada, y tras sufrir las consecuencias sanitarias del llamado agronegocio, Ortiz decidió estudiar la carrera de Derecho y, apenas recibida, impulsar una denuncia en el fuero federal, ejercer el rol de abogada querellante, y poner por primera vez en el banquillo –ante los ojos del país– a los principales actores responsables de un modelo de extracción agroindustrial: productores particulares, profesionales de aplicación, Estado municipal.
Es verdad que el contenido de la sentencia del Tribunal Federal n° 2 con sede en la ciudad de Rosario no fue ni por asomo lo que denunciantes y patrocinantes esperaban, pero importa recordar que en cambio confirmó la existencia de contaminación por agrotóxicos, reconoció daños en la salud de las personas vinculados con el uso de agroquímicos, mantuvo las restricciones para fumigar en proximidad de zonas pobladas, condenó a los ex funcionarios municipales a cargo del área de control, y ordenó investigar responsabilidades políticas de mayor jerarquía en el jefe comunal, que acaso debió instrumentar acciones gubernativas eficaces, acordes con la gravedad de los hechos ocurridos objeto de contienda.
Vale decir que, y antes que como un asunto judicial, el Tribunal parece haberlo instalado públicamente en los términos de un problema ambiental severo, y reconocer, especialmente con el último señalamiento, que debió encararse como una cuestión de salud pública, con acuerdo a una adecuada y sensible política de estado capaz de proteger a las partes involucradas. Al ordenar la remisión de la sentencia y los actuados al Ministerio Público Fiscal de la ciudad de San Nicolás, solicitó se investigue el accionar del intendente municipal y otros funcionarios que hayan tenido intervención. “Nótese que la ineficacia de los controles estatales fue lo que produjo los resultados dañosos para la salud de las personas”, concluyó.
Como puede verse, y fuera de que el cuentito enternecedor de las naranjas tenga el justo tono requerido para un sketch de Capusotto, lo cierto es que en estas particulares circunstancias, la publicación de esa nota poco feliz compone un triste síntoma –cargado de turbio simbolismo– de lo que quiere evitarse nombrar desde hace décadas, de lo que no se desea ver: tener frente a la vista. Todo indica que esa nota “inofensiva” publicada por el decano oficialista constituye una torpe maniobra distractora destinada a eclipsar a toda costa –con una “noticia” superficial y pasatista– lo que se pretende ocultar bajo la alfombra por resultar inconveniente a los intereses de sus principales testaferros: esto es, lo que toda una cultura agroextractiva busca desalojar de la conciencia pública y hacer invisible a los ojos ciudadanos.
Frente a esa calculada ceguera autoinfligida, o ante la premeditada decisión de oscurecer a sus lectores, nunca parecerá de más, ante la coyuntura y los peligros sanitarios que enfrentamos en una comunidad agraria como ésta, subrayar la urgente necesidad de contar en la ciudad (y en la región) con un organismo y una política ambiental que eduquen a los ciudadanos en el tema; que contribuyan a regular, a arbitrar y a proteger su entorno vital y sus prácticas productivas. Instrumentar, de manera perentoria, una secretaría gubernamental de Medio Ambiente, un área especializada en manos de expertos profesionales (pero de expertos en serio: legitimados) capaz de diseñar y aplicar normas que protejan los recursos naturales y aseguren la calidad de vida de los habitantes, parece el imperativo de la hora.
Problemas de qué ocuparse no van a faltar: napas de agua contaminadas con arsénico; otros focos de potencial contaminación acuífera como el arroyo que da nombre a la ciudad; tala indiscriminada de árboles por parte del propio municipio; deficiente gestión de residuos urbanos (recolección pero bajos índices de clasificación y reciclado); zonas inundables por falta de obras o desidia de mantenimiento al colapsarse los drenajes; vibraciones y ruidos molestos (conocidos como contaminación acústica) producidos por fábricas, talleres, gimnasios y boliches (de paso: el preocupante problema cultural de la nocturnidad, con todos sus flagelos de graves implicancias, también, para la salud pública), entre otras cuestiones atendibles.
Si, como dice el diario, se pretende que nuestra ciudad “conecte sus historias naturales en discusiones más globales”; si se busca que Pergamino participe de una “conversación más amplia en torno al valor de la biodiversidad”; o si se quiere terciar en discusiones ambientales “con visión científica e innovadora”, entonces no convendría subestimar, como se ha hecho hasta aquí con la fumigación por agrotóxicos, las serias deficiencias apuntadas, sino más bien apresurarse a planificar organismos y políticas de estado sostenidos en el tiempo camino a darles adecuado tratamiento. Y los medios, ayudar en esa empresa educando (y advirtiendo) a sus lectores; volviéndolos conscientes de los hechos; no escondiendo los problemas con notas desleales y eufemísticas…
“He aquí mi secreto”, empieza diciéndole el zorro al principito en Le petit prince, de Antoine de Saint-Exupéry. “Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Pero el deseo irrefrenable de poder y la codicia por las posesiones materiales –alegorizados en el libro por el rey y el hombre de negocios– impiden aproximarse a percibir eso que resulta primordial en los seres y las cosas que nos rodean a diario. Entre esas causales señaladas, Exupéry debió haber agregado la acción de los medios más venales y más oficialistas: ésos que disimulan tras anodinas historias de naranjas, los amargos avatares culturales de una comunidad agronegociante, cuyos miembros y funcionarios de respaldo desprecian –con escandalosa suficiencia cínica– el valor del derecho más humano de todos los derechos de este mundo.
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