Sociedad

¿Qué es de la vida de Horacio Alberto Giacoma?


05 de Septiembre de 2026 | Primera Plana

Hay algo que no cambió. Pueden haber cambiado las generaciones, las formas de hacer negocios, las herramientas, los tiempos y hasta las personas que se sientan del otro lado del mostrador. Pero cuando comienza un remate, Horacio Giacoma vuelve a sentir algo parecido a aquello que sintió la primera vez: le apasionan los remates.
 
Después de más de seis décadas dentro de una actividad que se convirtió en su oficio, su mundo sigue teniendo algo de ritual: las voces que se cruzan, las miradas atentas, una oferta que aparece, otra que la supera, el movimiento de la gente y ese instante en que el martillo termina de ponerle nombre a una operación. Horacio sigue ahí. Atento. Curioso. Disfrutando, sobre todo, de estar con la gente. Quizás por eso el trabajo dejó hace mucho de ser solamente una ocupación. Se volvió una manera de estar en el mundo.
 
Donde empezó todo
 
Horacio Alberto Giacoma nació el 15 de julio de 1942 en el paraje 4 de noviembre, Rojas, en una época en la que las distancias se hacían por caminos de tierra y las casas tenían paredes de barro. Allí pasó su niñez. Cuando habla de aquella infancia no elige una gran anécdota. Elige una escena pequeña. “El recuerdo más lindo lo tengo con mis padres, Gilia y Constancio, por las mañanas, conversando en la cocina tomando unos mates”. Una vieja cocina económica, de esas que daban calor a la casa y reunían a la familia alrededor del fuego.
 
Quizás por eso, tantos años después, ese recuerdo siga intacto. No habla de grandes comodidades ni de aquello que faltaba. Habla de estar juntos.
 
Y esa imagen es una primera forma de entenderlo: Horacio siempre pareció encontrar valor en la compañía de los otros. En una conversación, en una mesa, en una reunión, en un remate.
 
A los doce años la vida le quitó a su mamá y, priorizando siempre su educación, mudarse a Pergamino a la casa de sus tíos fue la opción elegida por su padre. Finalizó sus estudios secundarios en el colegio Normal y eligió Ingeniería Electromecánica. Durante 1961 y 1962 estudió con una idea muy concreta: continuar su formación en Rosario, recibirse y buscar la posibilidad de una beca que pudiera llevarlo a Estados Unidos. Tenía el futuro imaginado. Pero algunas vidas cambian de rumbo sin pedir permiso.
 
El 15 de mayo de 1963 regresó a Pergamino. Antonio Giacoma, su tío, ya pensaba en el momento de retirarse y decidió convocarlo a él y a su primo, Juan Antonio, para que tomaran la posta de una empresa que llevaba más de dos décadas de historia. Los dos comenzaron juntos, prácticamente desde cero, frente a una actividad que todavía tenían que aprender.
 
La firma, fundada en 1939, ya tenía un nombre ganado y una clientela que confiaba en ella. Pero Horacio todavía no sabía de remates. No había elegido ser rematista ni había llegado con una profesión aprendida. Tuvo que mirar, escuchar, acompañar y aprender.
 
El oficio
 
Con el tiempo llegó la profesionalización. Pero también algo más difícil de enseñar: una manera de entender el trabajo. Antonio le transmitió una idea que Horacio todavía conserva: hacer las cosas con seriedad y, sobre todo, entender al cliente. Aquella enseñanza se convirtió en una forma de trabajar. Y el negocio familiar encontró continuidad en otra relación que fue mucho más allá de lo comercial. A su lado estuvo su primo Juan Antonio, su socio y, en sus palabras, casi un hermano. Juntos atravesaron décadas de cambios.
 
Porque para Horacio conservar una historia nunca significó dejarla inmóvil. “Hay que adaptarse”, sostiene. Las generaciones cambian y una empresa que quiere seguir viva también tiene que hacerlo.
 
Una vida compartida
En 1968 apareció otro de los grandes capítulos de su vida. Se casó con Angélica Gómez, su primer amor. Casi sesenta años después, siguen juntos, como el primer día. Llegaron los hijos María Victoria, Guillermo e Ignacio; los nietos, los recuerdos y las nuevas generaciones. De hecho, parte de la familia continúa trabajando y formando parte de la empresa. Porque Horacio es, ante todo, un hombre de familia.
 
También hubo golf
 
Durante diez años tuvo otra pasión. Jugaba al golf en el Club Sirio. Lo hacía en serio, representaba al club, tenía amigos con quienes compartía jornadas y rememora bellos viajes por la Argentina y Brasil. Pero con el correr del tiempo los palos quedaron guardados. Juntando polvo junto a unos trofeos. Pero los recuerdos no.
Seguir
 
Hoy camina, se mantiene activo y sigue encontrando motivos para salir, encontrarse y hacer. El trabajo continúa siendo parte de ese movimiento. A veces habla de la edad con una naturalidad que sorprende. Sabe que el cuerpo tiene sus límites, pero no siente que le esté pasando factura. Puede caminar, puede seguir trabajando y, sobre todo, siente que su cabeza todavía funciona. “Mantenerse activo es una manera de mantener la cabeza despierta. Pensar, decidir, conversar, escuchar, estar atento. La actividad obliga a que esa computadora que es el cerebro continúe funcionando”, asegura. Y quizás sea justamente eso lo que transmite cuando uno lo escucha hablar: no parece estar mirando el final de una carrera. Está contando lo que todavía le gusta hacer.
 
Como el primer día
 
Hay personas que acumulan años. Y hay otras que acumulan historias. Horacio tiene 84 años y una vida atravesada por generaciones, decisiones, afectos, negocios, campos, amigos, familia y viajes. Pero cuando habla de los remates, algo cambia. Aparece el entusiasmo. Porque después de más de seis décadas, el martillo todavía tiene algo para decirle. Todavía le gusta estar ahí. Todavía le gusta la gente. Todavía le gusta ese instante en que todo puede cambiar con una oferta. Y quizás por eso no habla de retiro.
 
Porque para Horacio el trabajo dejó de ser hace mucho una obligación, una profesión o una empresa familiar. Se volvió una manera de que el tiempo pase sin llevarse aquello que todavía lo apasiona: los remates. Como el primer día.


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