Columna de opinión
Cuando la vÃctima termina haciendo el trabajo de la Justicia
09 de Septiembre de 2026 | Facundo Jáuregui
Hay algo que se está volviendo peligrosamente habitual: en Pergamino, cuando una persona es víctima de un robo, no solamente tiene que soportar el daño, la impotencia y la bronca. Muchas veces también debe convertirse en investigador.
Busca cámaras. Recorre comercios. Pregunta a vecinos. Consulta contactos. Reconstruye movimientos. Identifica sospechosos. Junta información. Y, con suerte, entrega todo ese trabajo a quienes deberían haber comenzado por hacerlo.
La paradoja es evidente: quien acaba de ser víctima de un delito termina haciendo el trabajo que debería realizar el Estado.
Y mientras la sociedad corre, la Justicia parece caminar.
No se trata de cuestionar a quienes, dentro del sistema judicial, trabajan diariamente con recursos limitados y causas que se acumulan. El problema aparece cuando esa lentitud termina generando una sensación de impunidad que se instala en la sociedad.
Porque hay una pregunta que cada vez más vecinos se hacen en voz alta: ¿cómo puede ser que todos sepan quiénes son y la Justicia parezca no saberlo?
El vecino sabe. La víctima sabe. El barrio sabe. Muchas veces, incluso, la Policía sabe.
Entonces, ¿qué falta?
Pergamino lleva años conviviendo con una inseguridad que dejó de ser un problema exclusivo de determinados barrios. El delito se extendió. Llegó a las periferias, atravesó zonas residenciales y también alcanzó al centro. De sur a norte, de este a oeste, cada vez son más los vecinos que sienten que nadie está verdaderamente a salvo.
Y cuando esa sensación se instala, aparece otro problema todavía más profundo: la pérdida de confianza.
Porque una sociedad puede tolerar que una investigación lleve tiempo. Lo que difícilmente pueda aceptar es sentir que nadie está investigando.
La comparación resulta inevitable. Mientras una víctima se mueve con la velocidad de Usain Bolt para conseguir una cámara, encontrar un testigo o aportar un dato, la respuesta institucional parece avanzar a paso de tortuga.
Y no cualquier tortuga.
A paso de Manuelita, aquella entrañable creación de María Elena Walsh que quería llegar a París y que, pese a todos sus esfuerzos, tardaba una eternidad.
Pero esto no es una canción infantil.
Acá hay comerciantes que pierden mercadería, familias que pierden sus pertenencias, vecinos que sienten miedo y trabajadores que regresan a sus casas preguntándose si serán los próximos.
La seguridad no puede depender de que una víctima tenga tiempo, contactos o capacidad para investigar por su cuenta. Tampoco puede convertirse en una competencia entre una sociedad desesperada por encontrar respuestas y una Justicia que parece llegar siempre después.
Porque cuando el ciudadano siente que debe arreglarse solo, algo mucho más grave que un robo está ocurriendo.
Se está rompiendo el contrato de confianza entre la sociedad y el Estado.
Y cuando eso sucede, ya no alcanza con decir que la Justicia funciona.
Hay que demostrarlo.
Porque quizás el verdadero problema no sea solamente que los delincuentes corran más rápido que la Justicia.
Quizás el problema sea que la sociedad ya se cansó de esperar.
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