Armando Fanucci hizo de cada etapa de su vida una historia para contar. El trabajo, la música, el tenis y, sobre todo, los vínculos fueron marcando un camino que hoy transita con más calma, pero con las mismas ganas de disfrutar lo que todavía queda por vivir.
Agustín Armando Fanucci, nació el 13 de agosto de 1954 y creció en el barrio Acevedo, en una familia de trabajo. Hijo de Agustín Fanucci y Teresa Baldoni, tuvo desde chico de cerca el mundo del comercio: su padre y su tío Arturo atendían una carnicería sobre calle La Plata, bajo la firma Agustín y Arturo Fanucci.
Cursó los estudios primarios en la Escuela N° 8 y continuó algunos años el secundario, aunque pronto descubrió que los libros no eran precisamente lo que más lo entusiasmaba. A los 13 comenzó a trabajar repartiendo pedidos para una farmacia y, dos años después, ingresó a la empresa textil de Bichara. Allí permaneció durante muchos años, haciendo a los 20 una pausa obligada por el servicio militar, donde tuvo la oportunidad de integrar la banda, otra experiencia que quedaría entre sus recuerdos.
El propio camino
La búsqueda de una independencia económica lo llevó, hacia 1977, a tomar una decisión que terminaría marcando buena parte de su vida. Abrió una verdulería junto a su suegro en Guido y Ameghino. La sociedad duró apenas un año, pero Armando encontró allí su propio camino.
En 1978 continuó solo y comenzó una historia que lleva casi cinco décadas en el barrio. Con el tiempo llegó a la ubicación actual, en Hipólito Yrigoyen 208, donde “Armando Frutería” se convirtió en un comercio conocido y elegido por varias generaciones.
Hoy, ya jubilado, continúa junto a su hijo al frente del negocio. Trabaja, sí, pero a otro ritmo. Uno más tranquilo, acorde a esta etapa de la vida.
Una guitarra esperando
La música siempre ocupó un lugar especial. Su padre no veía con buenos ojos aquella pasión, pero Teresa, su mamá, fue su gran respaldo. “Mi madre es el amor de mi vida, siempre tuve su apoyo incondicional”, dice Armando al recordarla.
La música nacional y el rock fueron parte de aquella juventud en la que tocaba la guitarra y también se animaba como vocalista. Son recuerdos que todavía atesora. Tanto que, en uno de sus últimos viajes, se compró una guitarra Fender que permanece paciente, esperando la oportunidad de volver a sonar. Porque hay pasiones que no desaparecen: simplemente esperan.
Descubrir el tenis
Durante su infancia, las bicicletas junto a los amigos lo llevaban habitualmente hasta el Club Comunicaciones. Tiempo después llegaría el tenis. Hace unos treinta años, un amigo lo invitó a jugar en Argentino y allí descubrió un deporte que rápidamente lo atrapó.
Tomó clases, se perfeccionó y llegó a considerarse “bastante bueno para aquellas épocas”. Finalmente encontró un grupo de amigos con los que compartió partidos y torneos en un breve paso por Viajantes y un camino juntos en el Club de Tenis. El tiempo también transformó esa relación. Lo que alguna vez fue competencia hoy es encuentro. Entrenamiento, diversión, charla, una excusa para compartir y, muchas veces, terminar alrededor de una mesa con los amigos de siempre.
Los afectos primero
El trabajo también fue el lugar donde conoció a Cristina, con quien se casó en 1976. En 1983 nació Sabrina y dos años después, Alberto. Fueron años de esfuerzo, sacrificio y trabajo constante para que sus hijos pudieran estudiar y la familia tuviera un buen pasar.
En el año 2000 la vida volvió a abrirle una puerta al amor. Conoció a Laura y juntos tuvieron a María Agustina, quien hoy transita su último año del secundario. En 2018, la familia recibió uno de esos golpes para los que no existen palabras suficientes. El fallecimiento de Sabrina dejó una herida que Armando define como “un dolor insuperable con el que se aprende a convivir”. Entre los pequeños grandes regalos que ayudan a abrazar la vida está Sol, su nieta, ese mimo al corazón que ilumina los días.
Lo que queda
Hoy hay mates con Pino y Carlitos, largas charlas con Jorge y Marcelo Ailan, peñas con el grupo de tenis y visitas a su hermana Inés, su cuñado Beto y su sobrina María José, junto a Lucho y Facu. También están los planes de viaje con Laura, las reuniones familiares y la alegría reciente por la llegada, en 2027, de un nuevo integrante a la familia, fruto de la unión entre su hijo Alberto y Ana.
Después de tantos años de trabajo, Armando aprendió a bajar la velocidad. Ahora puede permitirse caminar un poco más despacio, conversar un rato más, pensar en un viaje o disfrutar de una tarde entre amigos. Pero hay algo que permanece casi intacto. Desde aquella primera verdulería de 1977, con el cambio de ubicación y los años transcurridos, “Armando Frutería” sigue siendo parte del barrio. Allí, sus clientes lo continúan eligiendo por la calidad de la mercadería y por una atención que el paso del tiempo no consiguió cambiar.
Quizás esa sea otra manera de medir una vida: no solamente por los años que pasaron, sino por las huellas que quedaron. Y mientras una guitarra espera volver a sonar, una raqueta aguarda el próximo partido y la verdulería continúa abriendo sus puertas, Armando sigue escribiendo su historia, ahora sí, a su propio ritmo.