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“Me veía muriéndome en Rizobacter”: la increíble historia del creador de un gigante del agro que empezó en un garaje, facturó US$ 270 millones y se reinventó con otra empresa a los 67 años

Ricardo Yapur explicó por qué salió de la empresa; el día que negoció todo un día por diez centavos y le pidió al campo que no se victimice
20 de Septiembre de 2026 | Primera Plana

Ricardo Yapur es sinónimo de Rizobacter. Sin embargo, desde hace más de un año esa relación cambió y hoy impulsa un nuevo proyecto en materia de fertilización.

Oriundo de Pergamino, Buenos Aires, y amante del campo, Yapur forjó una empresa desde un garaje y creó un gigante junto a sus socios. “Me veía muriéndome en Rizobacter”, dijo al recordar su inicio con la empresa.

La escuela rural lo marcó a fuego y a partir de allí el campo y la innovación fue su pasión. Además, fue un adelantado, ya que ingresó a la secundaria a los 11 años, pisó la Universidad de La Plata a los 16 en pleno estallido social de 1975, y se recibió de ingeniero agrónomo con solo 21 años.

Dio sus primeros pasos en una cooperativa local, pero un día llegó con una muestra de suelo y cambió su vida. Se cruzó con Miguel Harnan, fundador de Rizobacter. Tiene raíces sirias, por lo que le permitió ser un comercial de pura cepa.

Yapur se animó a abrir mercados en Ecuador, Paraguay, Uruguay, Brasil y Europa, y multiplicó la facturación de la empresa de manera exponencial. En 2016, ante un complejo panorama societario familiar, lideró la venta estratégica de la firma a Bioceres, con la cual mantuvieron un crecimiento sostenido de 92 a 270 millones de dólares en seis años de gestión descentralizada.

Tras dar un paso al costado de Rizobacter en 2023, debido a diferencias en el rumbo corporativo de la firma controladora, su espíritu emprendedor sigue más vigente que nunca. A sus 67 años, Yapur preside Synertech (en sociedad con el grupo francés De Sangosse), liderando la producción y desarrollo de fertilizantes microgranulados de alta tecnología.

¿Cómo es tu actualidad hoy tras tu salida de Rizobacter en 2023?

Cuando en el 2023 yo decidí que me iba de Rizobacter, el grupo francés que es dueño del 50% de Synertech me ofreció si me quería quedar y quería manejar la compañía. Esta empresa estaba prácticamente manejada absolutamente por Rizobacter porque los franceses no están acá y entonces ellos derivaron en Rizobacter. Tal es así que yo era el presidente y cada dos años cambiábamos; el CEO de la empresa francesa delegaba en mí. Yo en ese momento era vicepresidente en ejercicio. Así que ellos me ofrecieron si me quería quedar, me preguntaron qué quería hacer. Yo les dije: "No, yo me iba". Tengo el campo entre Alfonzo y Rancagua, entonces me iba a atender un poco más el campo, que hasta ahora lo atendía, pero medio de taquito. Pero el desafío me gustó y estoy muy contento. Hace un año y moneditas que ya estoy instalado en Synertech armando un equipo y separando las empresas, porque en ese momento era toda una sola cosa con Rizobacter prácticamente. Hoy estoy separando, armé un equipo de administración distinto y hay algunos servicios que Rizobacter nos sigue dando porque me sale más barato trabajarlo con ellos que en forma individual, pero bien y muy contento, desarrollando cosas nuevas.

Después de tantos años de liderar Rizobacter, ¿por qué tomaste la decisión de dar un paso al costado?

Yo la verdad, si te digo, me veía viniendo a los 80 años a tomar un cafecito a Rizobacter y mirándola, me veía muriéndome en Rizobacter. Pero bueno, hubo cosas que pasaron. Cuando Bioceres nos compra, los primeros seis años —desde el 2016 hasta el 2022— los directivos de Bioceres no se metieron absolutamente en nada y nos dejaron trabajar. De 92 millones de dólares que facturaba Rizobacter la llevamos a 270 millones de dólares en esos seis años. Mi única discusión con Federico, que es el CEO de Bioceres, era por los sueldos y por los premios, pero después nosotros hacíamos lo que queríamos: sacábamos gente, poníamos gente, lanzábamos campañas, poníamos productos, teníamos relaciones con empresas, todo lo hacíamos sin ningún problema. Pero en el 2022 Bioceres tomó una decisión de empezar a participar dentro de la estructura de Rizobacter tomando decisiones. Fueron cosas que a mí no me gustaron por la forma como se llevaron adelante y yo dije: "Esta no es mi empresa". En ese momento tomé la decisión de abrirme, de irme de buena manera. Tal es así que tengo una relación espectacular con todos, no me fui enojado con nadie, pero sí con las decisiones que se tomaban y dije: "Bueno". Mi planteo sobre Federico fue: "No tengo ni edad ni necesidad económica como para quedarme renegando acá adentro". Decidí irme.

¿Hubo alguna decisión financiera o comercial puntual que te impulsó a dar el paso?

Y sí, hubo algunas cosas que no me gustaron desde lo financiero y de las estrategias comerciales por las cuales yo había luchado mucho para desarrollarlas y para tenerlas. En ese momento decidí que me quería abrir.

¿Cómo fue el retorno al campo y ese empalme con tu nueva etapa?

Prácticamente no tuve tiempo muerto, fue un empalme. El día que decidí irme de Rizobacter ya venía hablando con Synertech y con el dueño, el CEO de De Sangosse, la empresa francesa, a quien conozco hace muchos años porque yo los había traído a ellos en el 98 cuando trajimos los molusquicidas para control de babosas y caracoles y después los crustasicidas para control de bicho bolita. Tengo siempre muy buena relación con ellos. En el 2010, cuando empezamos a desarrollar el proyecto Microstar, hasta el 2013 que tomamos la decisión de hacer una fábrica, hacer una sociedad y hacer una fábrica, siempre fue muy buena. Para los franceses fue un éxito haberse integrado a una empresa acá; ellos venden 4000 o 5000 toneladas en Europa y acá nosotros llegamos a venderles más de 30,000 toneladas. Entonces para ellos fue un éxito y prácticamente se empalmó una cosa con la otra.

¿De dónde viene esa necesidad de seguir activo, de apostar y potenciar otra compañía en lugar de retirarte a descansar?

Primero, me siento con muchas ganas, tengo tiempo, tengo ganas, tengo contactos, tengo relaciones. Me gusta aprovechar todo eso hacia adelante y no quedarme, no jubilarme en el campo. Si bien disfruto del campo, Rizobacter me exigía un tiempo full-time. En el campo yo tenía una estructura de un ingeniero que me manejaba todo lo técnico, contratistas que me manejaban la siembra y la cosecha, y una ex Rizobacter que me llevaba todos los papeles. Yo daba una vuelta los fines de semana, miraba, vivo en el campo, entonces era mucho más fácil todo y no le invertía mucho tiempo. Pensé en un primer momento que le iba a invertir más tiempo al campo, pero hoy sigo igual que antes porque Synertech, si bien no va a la velocidad de Rizobacter que exportaba a 45 países y llegó a tener 900 empleados, me exige un montón de cosas. Pero Synertech es mucho más chico, somos 50 personas en Synertech y trabajamos prácticamente con un solo distribuidor que es Rizobacter. Me queda más tiempo, estoy más libre, pero disfruto mucho la empresa.

Se nota una gran pasión cuando hablás del campo. ¿Cómo fue tu infancia y esa crianza rural?

Yo vivía en el campo. Mi abuela quedó viuda y tenía 35 hectáreas de campo. Muere mi abuelo y me vengo a vivir con mi abuela, pero mi papá se queda viviendo en una casita a 300 metros dentro del mismo campo. Yo era chico en ese momento y arranqué muy joven en la escuela. Iba a una escuela de campo y me mandaron a los 5 años recién cumplidos porque en ese momento las escuelas rurales necesitaban tener un mínimo de 28 alumnos para poder mantener tres maestros y la escuela no los tenía. La directora salió a buscar chicos por el campo para que por lo menos ese día se pusieran el guardapolvo y la gente que venía de Buenos Aires a ponerle el nombre a la escuela viera que había chicos. A mí me gustó y seguí yendo. Al año siguiente me pasaron directamente a primero superior y ese año me lo llevé a cuestas toda la vida: entré al secundario a los 11 años y a La Plata, cuando fui a estudiar ingeniería agrónoma, me fui con 16 años.

¿Cómo fue chocar con una ciudad grande como La Plata y la vida universitaria a los 16 años en 1975?

Con 16 años, exactamente. Fue una etapa compleja porque yo había salido muy poco del campo y llegar a La Plata en 1975, cuando la ciudad era un polvorín en ese momento, fue difícil. Pero yo fui a estudiar, no vi nada. Lo único que me tocaba era que había militares en la entrada de la facultad que nos pedían documentos. De ahí me acostumbré a que los documentos no se me caen nunca del bolsillo porque de lo contrario no entrábamos o corría peligro de que te lleven preso. Yo no me di cuenta de todo lo que fue la subversión y lo que pasó en esa época, a pesar de que La Plata fue un centro muy importante.

¿Siempre tuviste claro que querías ser ingeniero agrónomo?

Sí, siempre fui de chiquito muy decidido. Mi abuelo era un árabe sirio, venido de allá de chico, huérfano y solo, que lo habían mandado a la Argentina para zafar del servicio militar de cinco años ante la Primera Guerra Mundial. Yo era el nieto mayor que vivía cerca de él y era el mimado. Mi abuelo lo que quería, como todo inmigrante, era tener un "nieto doctor", pero yo de entrada me empaqué con que iba a estudiar ingeniería agrónoma. Me gustaba, con él hacía la quinta. Además, yo tengo mucha velocidad con los números porque el árabe maneja muy bien esas cosas; mi abuelo hacía cuentas con un palito en el piso y yo le competía mentalmente a ver quién ganaba. Eso me llevó a querer estudiar agronomía. Cuando me recibí a los 21 años, mi objetivo era trabajar en el INTA, pero en ese momento no había becas. Entré a trabajar en una cooperativa y en el 82, en plena guerra de Malvinas, conocí a Miguel Harnan, fundador de Rizobacter.

¿Cómo se dio ese primer encuentro con Miguel Harnan?

Yo estaba en la cooperativa y quería hacer análisis de suelo para fertilización, algo que no era nada normal hace 45 años. Escuché una publicidad por la radio del Laboratorio Miguel Herman y me aparecí con una muestra de suelo, y después con otra, y otra. Un día, Miguel, viendo que yo le llevaba tantas muestras y preguntándose si se las irían a pagar, se fue hasta la cooperativa a entregarme los resultados personalmente. Así lo conocí, empezamos a trabajar juntos, primero a tiempo parcial y luego ya efectivo en Rizobacter. La cooperativa se fundió dos años después, así que no la vi venir, pero tuve suerte. Rizobacter empezó en un garaje en Pergamino; Miguel tenía su oficina adelante y detrás de un biombo tenía su cama. Así empezó la empresa.

¿En qué momento empezó la expansión internacional y cómo compitieron afuera?

El comercio exterior arrancó por los 90. Un amigo nuestro de Pergamino que se había tenido que ir a Venezuela y luego a Ecuador en la época de la dictadura, vio que en Ecuador había 50,000 hectáreas de soja. Se acordó de los "loquitos de Pergamino" que fabricaban inoculantes y vino a buscar producto. Se llevó 5,000 inoculantes y detrás de eso fui yo. Empecé a caminar y vi que podíamos competir en calidad y servicio contra los gigantes de Estados Unidos, como Nitragin, que a los mercados chicos no les daban importancia. Eso me abrió la cabeza. Llegamos a Paraguay, Uruguay, Bolivia, y terminamos exportando a 45 países por más de 80 millones de dólares desde Pergamino.

Fallecido Miguel Harnan en 1997, tuviste que ponerte la empresa al hombro. ¿Cómo fue esa transición?

Cuando Miguel se enferma en el 96 y muere en el 97, la empresa dependía mucho de él. Yo me divorcié de mi primer matrimonio en esa época y siempre digo que me casé con Rizobacter. Me la cargué al hombro, pasaba semanas enteras fuera de mi casa, recorriendo Brasil en auto durante un mes para vender. No fue fácil pasar de una empresita de pueblo a una compañía grande. Tuvimos grandes desafíos, como implementar sistemas de control como SAP o integrarnos con multinacionales como Syngenta. Yo me ocupaba de conseguir y vender producto, y tenía dos socios más grandes que se ocupaban de las finanzas y el personal. Nos juntábamos todos los lunes a planificar y cada uno arrancaba con lo suyo.

Siempre hablás del "olfato" para los negocios. ¿Qué tan clave es?

El olfato es clave. Tenés que tener conocimiento, porque si no el olfato no te sirve para nada, pero el olfato es fundamental. Yo aprendí mucho de mi ex suegro, un hombre con mucho mundo, y también de gente como Víctor Truco, que nos conectó con los franceses de De Sangosse, o de Horacio Busanello, ex-CEO de Syngenta, que me llevó a Suiza a sentarme con la plana mayor. Esas relaciones y golpes te enseñan a ver el negocio de otra manera. Como cuando discutí toda una tarde con un francés por 10 centavos de franco y a la noche, cenando, me confesó que ya había decidido darnos la distribución desde la mañana. Me dijo: "Sí, pero el negocio hay que discutirlo". Es la esencia. Yo tenía 27 años y eso te enseña muchísimo.

¿Qué opinás de las críticas que a veces recibe el agro por parte de un sector de la sociedad?

Me genera mucha bronca, básicamente porque dicen que el agro no invierte,cuando el agro invierte entre 600 y 1000 dólares por hectárea a cielo abierto todos los años. Sembramos 35 millones de hectáreas, imaginate la inversión. Dicen que no genera mano de obra, pero detrás de un tractorista hay muchísima gente capacitada produciendo semillas, software, maquinaria, fertilizantes. El agro mueve el interior y ese crecimiento va hacia el AMBA, pero las decisiones se toman en el AMBA y ese es un problema de 200 años en la Argentina.

En una disertación mencionaste que el agro "no debe victimizarse. ¿Por qué?

Porque nos ponemos en víctimas más de una vez, porque no llueve, porque pasa esto o lo otro. No tenemos que vivir quejándonos, tenemos que vivir proponiendo y haciendo proyectos hacia adelante. Si solo nos quejamos, la sociedad urbana piensa que somos unos llorones. Por eso celebro que hoy se desarrolle la minería, el petróleo o el gas, para que el agro no sea la única vaca lechera del país y podamos empujar juntos la transformación.

¿Cuál fue la decisión más difícil que te tocó tomar?

Irme de Rizobacter fue la última, pero también la decisión de cargármela al hombro cuando Miguel murió. Yo era chico, no tenía experiencia, pero sabía que la empresa no podía depender de una sola persona, que tenía que armarse un equipo. Y también la decisión de vender a Bioceres para solucionar las extorsiones de los socios minoritarios que ponían en riesgo la compañía. Federico Truco resolvió el problema societario y nos dejó trabajar con total libertad, lo que nos permitió multiplicar la empresa por tres en seis años.

Si tuvieras que dejar un consejo a las nuevas generaciones de profesionales y productores, ¿cuál sería?

Que sigan empujando y haciendo lo que sienten y les gusta, pero que le pongan horas. Los proyectos tienen que tener horas, no se hacen de un momento para otro. La Argentina sigue siendo un país donde se puede nacer con necesidades y progresar por derecha. Hay pocos países en el mundo con esta movilidad social ascendente si realmente le ponés ganas, estudiás y trabajás. Y el éxito es simplemente el cruce entre la preparación y la oportunidad. Si estás preparado y aparece la oportunidad, la capturás.

¿Qué huella te gustaría dejar en el agro argentino?

La huella de que se puede es que en este país se pueden hacer cosas. Me llena de orgullo haber demostrado que, desde Pergamino, con gente e ingenieros argentinos, pudimos desarrollar tecnología de primer nivel que hoy compran las multinacionales más grandes del mundo. Esa es la huella que quiero dejar.



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