De aquel niño que descubría melodías en la radio al docente que pone las emociones en el centro del aprendizaje, Gustavo Ponce construyó un camino en el que la música se convirtió en su identidad y en una elección cotidiana.
Primeras melodías
Gustavo Ponce nació el 3 de marzo de 1967. Hijo de Omar Ponce y Susana Pereyra, creció junto a sus hermanos Susana, Daniel, Laura y Alberto, en una familia humilde, marcada por el esfuerzo y las dificultades para cubrir las necesidades básicas. Lejos de convertir esa realidad en un motivo de tristeza, encontró en el sacrificio y el amor de sus padres una motivación para salir adelante.
Según le contaba su madre, comenzó a acercarse a la música a los cinco años. Susana escuchaba la radio AM, donde sonaba mucho folklore, y él intentaba reproducir aquellas melodías. Sin recursos para acceder a una formación formal, desarrolló su oído de manera autodidacta. Con mucho esfuerzo, sus padres consiguieron comprarle su primera guitarra.
Después llegó Ramón Giles, un vecino del barrio que le transmitía sus conocimientos cuando podía. «Ramón fue lo más», recuerda. Años más tarde, cuando Gustavo ya se desempeñaba profesionalmente, aquel hombre estacionó frente a su casa para llevarle a su nieta a que aprendiera Guitarra. Un gesto que selló una historia de afecto y reconocimiento.
Una decisión
En febrero de 1978, junto a dos de sus hermanos, formó el conjunto folklórico La Calandria y Los Zorzales, donde Gustavo sitúa el comienzo de su trayectoria profesional. Su primer festival fue el del Club Compañía. Al terminar la primaria, el trabajo se volvió una necesidad. Hizo distintas tareas hasta que, a los 16 años, se quedó sin empleo. Con más dudas que certezas, decidió dedicarse de lleno a la música. Uno de sus primeros pasos fue tocar la guitarra en Canal 2.
Luego integró el grupo vocal Fantasía, con el que recorrió provincias argentinas y países sudamericanos, entre ellos Chile, durante 1990 y 1991. También formó el trío Ponce-Monzón-Castells, participó en otras bandas y se presentó como solista en bares y eventos. “La música te va llevando”, resume sobre un recorrido que pronto lo acercaría a nuevos escenarios y experiencias.
Otros escenarios
Con la llegada de un representante, su actividad se amplió y comenzó a involucrarse en el mundo del sonido, trabajo que lo llevó a recorrer la Argentina. A través de distintas productoras, se desempeñó como ayudante y sonidista de artistas como Nito Mestre y Eladia Blázquez, fue telonero de Víctor Heredia y tuvo experiencias vinculadas con Charly García y Rolando Hanglin, entre otros grandes exponentes en Argentina.
Para aquel joven que había crecido escuchando a esos referentes, encontrarse cerca de ellos detrás de una consola era un sueño difícil de imaginar. Entre sus recuerdos más queridos guarda una guitarreada en su casa, con Peteco Carabajal, después de un espectáculo.
Aunque el folklore ocupa un lugar especial, también se nutre del rock, el tango y otros géneros. Desde el año 2000 publicó cuatro discos: Donde la infancia, Algo más, Viajero y Gustavo Ponce, registros de sus búsquedas e investigaciones musicales.
El camino docente
Durante años combinó actuaciones, talleres y clases particulares con su formación permanente. Sin embargo, el ritmo de trabajo también tuvo un costo personal: no pudo estar presente en el nacimiento de ninguno de sus tres hijos, Ignacio, Lautaro y Francisco. La agenda incluía festivales como la Chaya, en La Rioja, Casquín y giras por Chile, además de distintas presentaciones.
Hoy disfruta de compartir más tiempo con ellos. Los dos mayores están vinculados a la música y el menor, a la educación física. También encuentra satisfacción en haber podido ofrecerles un buen pasar a través de su trabajo.
Alrededor de 2010 comenzó a participar en proyectos escolares y descubrió su vocación docente: transmitir aquello que tanto lo apasionaba. En 2012 inició la secundaria en el Bachillerato Popular La Grieta, una experiencia que recuerda con afecto por su propuesta educativa abierta y diferente de la tradicional.
En 2015 comenzó su formación académica en el Conservatorio Provincial de Música y sus tecnicaturas. Ese mismo recorrido lo vinculó con la Asociación Hogar Coraluz, de Arrecifes, donde inició un taller con adolescentes y adultos que continúa bajo el nombre Arte y Cultura. Su experiencia en distintos niveles e instituciones, incluidas escuelas rurales, le permitió reconocer dónde encuentra hoy una satisfacción especial: la enseñanza en el nivel inicial.
Enseñar desde el sentir
Actualmente realiza suplencias y desarrolla actividades en la Escuela de Educación Artística N° 1 Arturo Vázquez, el Jardín Madre de la Divina Providencia y los colegios Maristas, San Cayetano y San Vicente. También lleva adelante un taller en el Museo Tito Pomponi, de Mariano H. Alfonzo, entre otros espacios y realiza talleres en su casa. Su propuesta contempla los contenidos y los itinerarios educativos, pero se aleja de una enseñanza rígida. Gustavo pone en primer plano a cada persona, sus emociones y sus tiempos, convencido de que aprender música no consiste solamente en adquirir una técnica, sino en encontrar una forma propia de expresión.
“Aprendés con los chicos”, afirma. El docente ofrece herramientas y acompaña; cada estudiante incorpora los conocimientos a su manera y en su momento. “Uno como profesor tiene que aggiornarse”, sostiene, porque enseñar también exige revisar las propias prácticas y continuar aprendiendo.
Además de las clases, brinda talleres para docentes y celebra que antiguos alumnos lo convoquen como profesor. Que nuevas generaciones lo tengan presente es, para él, una forma de comprobar que su tarea deja huellas.
Elegir cada día
Gustavo tiene un disco pendiente de edición, trabaja en un nuevo material y continúa con Los Musiqueros, una banda surgida en la Escuela de Educación Artística que comienza a dar sus primeros pasos.
Su historia está atravesada por decisiones, sacrificios y oportunidades construidas con esfuerzo. “Vos te casás con la música”, dice, consciente de que abrazar una profesión implica compromiso y, a veces, renunciar a momentos importantes.
Sin embargo, aquel niño que sacaba melodías de oído encontró en ese camino mucho más que un oficio. “La música es mi identidad”, afirma y asegura: “Fue mi modo de vida”.
Las carencias de su infancia se transformaron en impulso y voluntad de progreso. Quizás por eso, cuando enseña, no busca únicamente que alguien aprenda a tocar un instrumento, sino que descubra lo que puede expresar a través de él. Para Gustavo Ponce, la música sigue siendo una elección que se renueva con los años. Y encuentra uno de sus sentidos más profundos cuando aquello que recibió, construyó y aprendió puede convertirse en una oportunidad para otros.
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