Columna de opinión

La teoría de juegos en Pergamino: cuando cuidar lo propio no alcanza para que la ciudad avance


02 de Noviembre de 2026 | Carlos Elizalde

Una ciudad puede reunir políticos capaces, industriales emprendedores, instituciones comprometidas y buenos profesionales y, aun así, encontrar dificultades para avanzar. A veces, el problema está en cómo se relacionan sus decisiones: lo que le conviene a cada uno por separado no siempre produce lo mejor para todos.

La teoría de juegos permite observar esa tensión. John Nash, matemático y Nobel de Economía, estudió situaciones en las que el resultado de cada participante depende también de las decisiones de los demás. Su conocido equilibrio describe un escenario en el que nadie mejora cambiando por su cuenta mientras los otros mantienen su conducta. Pero ese equilibrio puede dejar a todos en una situación poco satisfactoria.

Aplicar esta mirada a Pergamino permite formular preguntas sobre sus relaciones políticas, productivas e institucionales. No supone acusar a personas ni equiparar responsabilidades, sino revisar qué incentivos favorecen la cooperación y cuáles alimentan el aislamiento.

En política, por ejemplo, si reconocer un acierto del adversario se interpreta como debilidad y admitir un error se convierte en un costo electoral, oficialismo y oposición pueden encontrar conveniente sostener la confrontación. Cada uno protege su posición, mientras se dificulta construir acuerdos que duren más que una gestión. El desafío consiste en lograr que cooperar también tenga reconocimiento público y que los compromisos puedan verificarse.

Entre los industriales, competir es parte de la actividad. Sin embargo, existen necesidades que pueden abordarse conjuntamente: formación de trabajadores, infraestructura, incorporación de tecnología y vinculación con escuelas y universidades. Una empresa puede preferir que otra asuma el costo de capacitar y luego contratar personal formado. Si todas esperan lo mismo, la capacidad productiva del conjunto se resiente.

Los dirigentes de instituciones enfrentan una tensión semejante. Cada entidad necesita preservar su identidad, sus recursos y su representación. Pero cuando la preocupación por quién encabeza una iniciativa pesa más que su utilidad, pueden perderse oportunidades. Compartir proyectos exige distribuir tareas, reconocer aportes y rendir cuentas, para que la cooperación no dependa solamente de las afinidades personales.

En la Justicia, la distinción es indispensable: jueces y fiscales tienen funciones diferentes, y su independencia debe preservarse. La coordinación necesaria pasa por mejorar procedimientos, organizar recursos y evitar demoras, siempre dentro de la ley. Nunca puede significar acordar fallos, debilitar garantías o intercambiar favores. El resultado que importa es una respuesta judicial fundada y oportuna.

Para maestros y profesores, el trabajo compartido también tiene costos: tiempo de planificación, seguimiento de estudiantes e intercambio de experiencias. Si ese esfuerzo no encuentra condiciones ni reconocimiento, puede quedar librado a la voluntad individual. Construir continuidad entre escuelas, niveles educativos y formación laboral requiere organización y recursos, además de compromiso docente.

Los profesionales, por su parte, compiten por trabajo y prestigio, pero comparten una responsabilidad con la calidad de sus servicios. La actualización, las derivaciones responsables y la colaboración entre disciplinas pueden beneficiar tanto a quienes ejercen como a los ciudadanos. Para sostenerlas hacen falta reglas éticas claras y confianza.

Estas situaciones no prueban que Pergamino esté atrapada en un único equilibrio. Son una invitación a examinar cómo funcionan sus acuerdos y sus desacuerdos. Tampoco toda cooperación es virtuosa: puede volverse perjudicial cuando excluye, encubre o protege privilegios.

La enseñanza de Nash ayuda a comprender por qué la buena voluntad, por sí sola, puede resultar insuficiente. Para modificar conductas hacen falta reglas previsibles, información compartida y compromisos cuyo cumplimiento sea visible.

Pergamino tiene una pregunta por delante: ¿cómo conseguir que a cada sector le convenga contribuir al progreso común? Una parte de la respuesta estará en construir instituciones donde colaborar tenga resultados y donde desentenderse de lo colectivo deje de ser la opción más cómoda.



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