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El farmacéutico que tras la muerte de su hijo volvió al campo para vencer a la sequía

Héctor Seta se hizo cargo de las pasturas recién implantadas. A los 84 años, dio una lección que sus nietos aprendieron

“No vayas Alejandro, ya estás grande para eso”, le dijo Héctor Seta a su hijo de 56 años. A las pocas horas, un accidente en medio de un paleteo (competencia de destreza rural en la cual se arrean vacas encimándola con “la paleta” de los caballos) le dio lamentablemente la razón al veterano farmacéutico, de 87 años. Su hijo perdió la vida por los golpes sufridos tras un revolcón inesperado.

Así, sin ninguna enfermedad que anticipara el “impacto grande” que la muerte de un hijo provoca en cualquier ser humano, Héctor se chocó con el dolor más profundo en el alma y el vacío que dejaba su heredero, que con la plenitud de su edad manejaba toda la actividad agropecuaria de la familia.

Pero Héctor, que nació en el campo, en una chacra rural cercana Pinzón, uno de los 12 pueblos satélites de la ciudad de Pergamino, donde ejerció toda su vida laboral de farmacéutico, sacó a relucir lo que había aprendido de chico para ayudar a los nietos veinteañeros ante el desafío.

“Alejandro dejó una pastura recién plantada y nadie se quería ocupar del mantenimiento de ese cultivo forrajero, y de los costos que había que asumir por la semilla y las labores. Entonces decidí hacerme cargo y continuar con esa planificación. En otros lotes, había un rodeo de cría que esperaba alimentarse con esa pastura”, cuenta.

La pastura se sembró en abril de 2021, Alejandro falleció en agosto y en diciembre se hicieron los primeros cortes, hasta ir acumulando muchos rollos, vitales en un contexto de sequía.

“Una vez pagados los costos de semillas y de las labores de implantación, hubo que esperar que el pasto creciera, nomás”, dice Héctor. Y se apoya en los números: en ese momento, un año atrás, cuando todos los productores ganaderos pagaban lo que sea para poder alimentar al ganado, el valor de los rollos se duplicó en pocos meses; más allá de la inflación general, por la escasez del producto, que el abuelo experimentado pudo anticipar.

Era una pastura mezcla, con alfalfa, rye grass y cebadilla. Se implanta todo junto. Pero debido a la fuerte sequía lo único que quedó fue la alfalfa, por su particularidad de desarrollar raíces hacia abajo en invierno de manera de captar la humedad del suelo y desarrollar hacia arriba en primavera/verano.

“La alfalfa además es una pastura de destacado valor nutricional. El rendimiento de un rollo de buena calidad no es el mismo que con otras especies. Y para eso hay que tener en cuenta el proceso: después del corte hay que dejarlo estacionar 24-48 horas (ni más ni menos porque si se lo enrolla fresco se fermenta y si se seca mucho pierde volumen), explica.

Su intención principal fue enseñarles a los jóvenes, sus nietos, que pese a los contratiempos no convenía desaprovechar algo que estaba implantado. “Hay que entender los ciclos biológicos que en definitiva brindan sostenibilidad”, dice. Y tiene la satisfacción de haber visto que sus nietos aprendieron la lección: al año siguiente sembraron una pastura para garantizar la previsibilidad que les inculcó el abuelo.

El aprendizaje de Héctor de chico se basó en “el ejemplo dado por mis padres, italianos que vinieron a trabajar la tierra sin la tecnificación disponible ahora”. Valora que las tecnologías modernas han mejorado el bienestar y el confort de las familias rurales pero considera que no han podido reemplazar “el valor de la actitud humana y la experiencia de manejo”.

Don Seta lo disfruta con pasión. “Cuando voy al campo no sólo tomo mate, agarro la azada, hago quinta de verduras, una mini granja, junto huevos, ordeno las herramientas, doy de comer a los animales”.

Respecto de su infancia, recuerda que prácticamente lo único que se compraba era arroz, porque hasta la polenta se molía en las chacras familiares. Los tiempos cambiaron, pero Héctor trata de “despuntar el vicio” haciendo muchas cosas en su granja, como un auténtico Zenón, cuidando la tradición rural. El día que hicimos la entrevista para esta nota mi hijo infante disfrutó verlo en acción, metiéndose simbólicamente en la historia de ficción, para zambullirse en una realidad animada con vacas Lola, caballos Percherón y otros tiernos ejemplares de distintas especies.

Un poco por hobby y alguna vez por necesidad también mantiene vivo el hábito que siempre invoca su tocayo Huergo: “todo bicho que camina va directo al asador” o al frasco en escabeche.

Su formación profesional le permite saber a ciencia cierta que todas las carnes tienen similar valor proteico y su sabor y gusto depende en gran medida de los condimentos. Defiende el factor nutricional de las carnes y recuerda que en momentos (guerras) o regiones (pobres) donde escaseó este alimento es donde y cuando proliferaron enfermedades como la tuberculosis.

“Un organismo que se crió tomando leche, y comiendo carnes y huevos, tiene mejores defensas inmunológicas que el que ha tomado o comido sólo productos vegetales”, afirma convencido.

Cree que la longevidad también tiene que ver con haberse criado tomando agua de pozo, comiendo frutas de las plantas del monte y tomando todas las mañanas leche recién ordeñada de las vacas, con dulces caseros.

Se ha inspirado incluso para poner esa cultura cotidiana en letras de versos.

“Lo que la naturaleza ofrece,
a mi freezer va a parar,
para luego preparar
sabrosas y ricas comidas.
Sabido es que en esta vida,
todo hay que aprovechar.
Y si querés saber más,
de peludos y de iguanas,
no te quedés con las ganas,
venite y acompañame,
a saborear lo que hice,
que también con unos cuises,
se prepara una cena.
Y agregando unas perdices,
te queda la panza llena.
Si quedaste satisfecho,
podés volver una vez,
una liebre al chocolate,
es una exquisitez.

En otra poesía dio “cátedra artística” sobre manejo ganadero, con la simpleza y bondad que le sale por todos los poros.

El trabajo con la hacienda,

El trabajme resulta divertido,

me gusta estar presente

y demostrar lo aprendido.

Apartando en el corral,

la vaca con su ternero.

Y a no errarle compañero,

me haría quedar muy mal.

En el arreo, mi amigo,

siempre hay que estar atento,

porque a falta de alimento

y de alambrados deshechos

se puede arruinar un trigo.

Y después para sacarlas,

te la debo, amigazo.

Buen caballo y un buen lazo,

es la única manera,

porque a la vaca mañera,

no podés darle un abrazo.

Y si por casualidad pasa,

el dueño de lo sembrado,

lo vas a ver enojado,

con toda seguridad.

 

 

Para tratar de no sufrir tanto la muerte de su hijo, también “exorcisó” con poesía el accidente que sufrió Alejandro en medio de una riesgosa pasión rural por el caballo, que terminó siendo su circunstancial victimario.

Tengo ganas de escribir

recordándolo a Alejandro

por todo lo que ha hecho

dedicándole al caballo.

El esmerado cuidado

y haberlos disfrutado

hasta el último momento,

que la muerte y la traición,

jugaron un revolcón.

No sé si te diste cuenta,

que era este tu destino,

dejándome en el camino

a cada paso que doy

tus recuerdos más queridos.

Tus amigos resolvieron

que quede para la historia,

al darle tu nombre al campo

y homenajear tu memoria.

“A esta altura de la vida, lo que uno tiene que hacer fundamentalmente es enseñar y tratar de que las nuevas generaciones aprovechen lo que uno puede legar de su experiencia”, dice con humildad.

Las dos grandes pasiones de Héctor son el campo y la farmacia. Si bien tuvo una larga trayectoria, incluso como directivo del Colegio de Farmacéuticos de Pergamino, nunca dejó de desplegar su cariño por las actividades rurales. Acompañó toda la vida a su hermano Omar, que quedó a cargo del establecimiento agropecuario familiar. Héctor siempre lo admiró por todo lo que le enseñó y también le dedicó un homenaje poético póstumo.

Desde chicos siempre juntos,

nos criamos en el campo

y a fuerza de sacrificio

fuimos progresando.

Cada uno en lo suyo,

seguimos en sociedad.

Lamenté cuando te fuiste,

porque sólo me dejaste.

Pero bien que me enseñaste,

a seguir en esta empresa,

ahora me toca a mí,

a seguir con las enseñanzas,

compartir con los que vienen

y demostrar que se puede,

conservar lo que se tiene.

Seta tuvo la suerte de que cada uno de sus hijos tomó por uno de esos dos caminos. Mariela es farmacéutica y heredó no sólo la bonhomía de su papá sino también la pasión por la química sanadora.

El hijo de Mariela, Renzo Picarelli, mantiene ese cordón umbilical con el campo, pese a haberse formado como un calificado técnico de básquetbol de nivel nacional, tras haber seguido la pasión deportiva de su padre. Ha dirigido equipos de distintas provincias pero siempre vuelve a Pinzón y se retroalimenta de sus raíces. “Gracias, abuelo, por hacerme gaucho”, estampó en un cuadro del austero pero siempre hospitalario casco de la chacra.

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