Columna de opinión

¿Qué sería Argentina sin el fútbol?


21 de Julio de 2026 | Mariano Atia

El Mundial terminó con un sabor amargo por la derrota, pero también dejó una certeza: esta Selección volvió a poner a la Argentina en lo más alto. No solo enfrentó a los ocho rivales que tuvo en el camino, sino también a un contexto en el que parecía que el mundo entero quería verla perder. Salvo el apoyo de algunos países, el equipo de Scaloni debió convivir con la presión, las críticas y el deseo de millones de hinchas de otras selecciones que soñaban con el final del ciclo argentino.

Y, sin embargo, ahí estuvo otra vez. Gracias al talento de sus futbolistas, a la conducción de un cuerpo técnico que hizo historia y, sobre todo, a ese ADN argentino que tantas veces aparece en los momentos decisivos, la Albiceleste volvió a jugar una final del mundo.

Esta vez no alcanzó. Pero perder una final no borra el camino recorrido ni el orgullo de haber sido campeones y ahora subcampeones. Muy pocos pueden sostenerse durante tanto tiempo entre los mejores.

Quizás la pregunta no sea por qué se perdió, sino qué queda después del Mundial. Y la respuesta es tan sencilla como profunda: queda el orgullo. Porque cuando se apagan las luces del fútbol, la realidad vuelve con toda su fuerza. Regresan las preocupaciones económicas, las deudas, el dólar, el riesgo país, la incertidumbre política, la pobreza que golpea a millones de argentinos y un futuro que muchas veces parece más preocupante que esperanzador.

En ese escenario, el fútbol vuelve a convertirse en un refugio. Messi y cada uno de los jugadores de esta generación regalaron algo que no tiene precio: la posibilidad de emocionarse, abrazarse y creer, aunque fuera por un rato, que todo era posible.

Y entonces aparece una pregunta inevitable: ¿qué sería la Argentina sin el fútbol? Sin Maradona, Messi y tantos otros que, generación tras generación, le regalaron al país las alegrías que tantas veces la realidad le niega. Porque, al fin y al cabo, el fútbol no resuelve los problemas de los argentinos, pero sí les recuerda que todavía existen motivos para soñar.



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