Columna de opinión
La voz inconfundible de la radio: Retrato de Gustavo Pérez Ruiz en seis movimientos
04 de Agosto de 2026 | MartÃn Batalla
“He sido un viajero entre épocas históricas, y después de hacer este tipo de periodismo, llego a la conclusión de que es imposible ser libre y crítico si se le tiene miedo al poder.
Me miro en el espejo retrovisor de la vida y me reconozco obrero de la comunicación, ciudadano comprometido con valores éticos, con causas nobles y colectivas para el bien común”.
Introito. [Andantino]
En 1976, y entrevistado a propósito de la función que, a su parecer, había desempeñado Sur para la inmensa capa de lectores a que llegaba en América y Europa, José Bianco, sutil periodista cultural, escritor exquisito, crítico literario y traductor, por décadas jefe de redacción de esa mítica revista, respondió –haciendo a un lado sus habituales ironías zumbonas– con una displicente y tenaz contumacia discursiva: “Sur no ha hecho concesiones a la vulgaridad, las ideas hechas, los sentimientos convencionales o la pereza mental del lector. Ha tratado, en cambio, de estimular su inteligencia”.
En épocas de periodismo indigente –de burdos streamings insustanciales y vacíos; de micronotitas digitales al alcance del recién arribado a las costas del alfabetismo más elemental (de quien las lee y muchas veces de quien las escribe)–, celebrar la trayectoria profesional de Gustavo Pérez Ruiz, y reconocer su labor periodística durante más de cuarenta años de actuación en medios públicos locales, vuelve a convocar hoy la frase a propósito de Sur, esta vez para condensar a una figura sensible y cerebral como Gustavo, que, antes que contar con la molicie del oyente, apostó a movilizar su dotación intelectual, a vencer sus resistencias comprensivas y a potenciar –toda vez– su inteligencia.
A lo largo de una generosa trayectoria que asombra por la conducta de sus principios éticos y profesionales (cuando, y en la arena periodística local, son corrientes la venalidad, la comprada connivencia, el partidismo de comité), la transparencia y la confiabilidad de un periodista independiente, honesto y comprometido con la gente (no con los poderosos de turno ni con los sectores empresariales que los sostienen), hacen de Gustavo Pérez Ruiz una figura social prestigiosa, clave en muchos aspectos, y de su credibilidad periodística, el sello de confianza descontado con que la comunidad que lo siguió (y lo sigue) distingue incondicionalmente a los periodistas de su raza.
Primer movimiento. Los años de formación. [Allegro]
Hechizado por sus primeras lecturas escolares y el estímulo de sus maestras de colegio, Gustavo Pérez Ruiz creció en un entorno social y cultural donde nunca se ausentaron la arrebatadora comunicación por la palabra y el encanto irresistible de los lenguajes artísticos. Cuando alumno –recordó– participaba de cuanto acto patriótico se le cruzara en el camino, interesado, como mucho después el joven periodista, por los aspectos históricos y los avatares sociopolíticos del país que esas ceremonias evocaban. La cercanía de libros, diarios y revistas, un padre melómano dueño de una ecléctica discografía (clásica, tango y folklore; jazz, melódico y el obligado repertorio de zarzuelas de un inmigrante catalán), acrecentaron su natural inclinación por los lenguajes no verbales y la comunicación por la palabra.
Las voces emblemáticas de la radiofonía llegadas desde Buenos Aires (Antonio Carrizo, Héctor Larrea; el Beto Badía, Eduardo Aliverti, Nora Perlé…), o su participación en distintas actividades culturales que tenían lugar en su ciudad, fortalecieron el innato interés del joven aprendiz, que empezaba, apenas notándolo, a enfrentar su vocación. Sin ningún sobresalto de conciencia, El Gráfico convive en estos años con los programas de Guerrero Marthineitz, los Sábados Circulares de Mancera, las revistas Antena y Billiken (¡cómo no!)y los notables ciclos televisivos escritos y protagonizados por Gené.
Elegida la carrera de Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Plata (la docencia y la Sociología estaban entre sus otros intereses), las lecturas que de allí en más lo marcarían –Rodolfo Walsh, Raúl Scalabrini Ortiz, Rogelio García Lupo, Arturo Jauretche, Rodolfo Mattarollo, Tomás Eloy Martínez, Eduardo Galeano…– adoptarían un sesgo acentuado por el periodismo más comprometido: el futuro sello ideológico y estilístico que daría forma al Pérez Ruiz del porvenir.
Secondo movimento. The Voice. [Andante ma non troppo]
Pero acaso a una temprana fascinación por las voces de la radio: por sus timbres, por sus coloraturas, por las diversas modulaciones y el acabado técnico de las emisiones vocales de sus protagonistas, sea que debamos la figura, ya madura, del periodista profesional en que iría a convertirse, con los años, el gestor de “Nuestro Tiempo”: la voz inconfundible de la radio…
“Durante la adolescencia experimenté un deseo y una necesidad de comunicación basada en el uso de la voz”, confesó, a la vuelta de los años. Y acaso fue precisamente esa urgencia, sin duda una pulsión irrefrenable, la que lo llevó a iniciar, concluidos sus estudios, una carrera profesional decisiva en su ciudad de origen, que terminaría convirtiéndolo en el periodista referente del 1540 de su dial. Hacedor de noticias, informativista, ocasional participante de programas matinales, ¡y por fin!: “Diario vespertino”.
A partir de ahí, cada quien tendrá su propio anecdotario y podrá relatar esta historia desde el sitio que prefiera. Todas las semblanzas concurrirán empero a señalar la manera en Gustavo incidió en la vida personal y profesional de cada uno, de cada una; en el modo en que afectó la sensibilidad propia y ajena; en los caminos divergentes que llevaron al oyente a integrarse a un nosotros inclusivo: “Nuestro tiempo de radio”, el programa más escuchado de la AM.
Tercero. Gustavo en la ciudad. [Giocoso]
En casa, su voz solía llegar desde un aparato estratégicamente situado sobre la heladera, de modo tal que, desde esa altura, alcanzara por el aire con facilidad a todos los oídos del hogar. El periodista refinado, dueño de un lenguaje cuidado y fluido (hoy que prácticamente nadie habla de corrido en un medio de comunicación), se metía en la intimidad de la cocina, para desplegar un diapasón temático variado (que descansaba en su probada solvencia en la materia) y que al principio se ubicaba por lo general fuera de las posibilidades de mis alcances comprensivos.
Pero la cordialidad de su voz amiga y compañera, la corriente frecuentación de sus enfoques, y el poderoso didactismo que destilaban definiciones y ejemplos –más una capacidad única para informarse e informar con objetividad envidiable–, me dejaban resonando en la cabeza palabras, hechos y personajes que corría a investigar donde podía. Yo sentía que aprendía: que la radio me enseñaba cosas.
Era enriquecedor y estimulante observar también a mi mamá, habitualmente atareada en tareas hogareñas o docentes, interesarse allí cuando Gustavo abordaba las coyunturas escolares (a las que fue siempre tan adepto), o ver llegar desde la calle a mi papá –que seguro venía sintonizando el programa en el auto a todo trapo– y comunicarnos, al momento de su ingreso, su súbita impresión de lo escuchado: “¿Viste lo que dijo Pérez Ruiz?”…
Los ecos de la repercusión de sus programas (reverberantes en el banco, el almacén de la esquina o la filial de la Menéndez), alcanzaban una elástica longitud de onda que iba desde mis profesores de la escuela al mecánico del barrio, del chico de los mandados de la tienda a las señoras pituconas de la confitería paqueta. Sus juicios rupturistas bien elaborados, el ánimo de instalar sonoras discrepancias, y una perceptible calidez para llegar con facilidad al oyente medio, explican el predicamento expansivo de este notable periodista. Yo sentía que aprendía: que Gustavo me enseñaba cosas.
Cuarto movimiento. Un micrófono en la radio. [Molto vivace]
Para ejercer el periodismo cultural no hacen falta edificios brutalistas, drones que sobrevuelen nuestras vidas, camaritas, IA y plataformas “espaciales” como las que usan los norteamericanos en la NASA…
Lo que en cambio resulta indispensable es tener algo que decir, y decírselo a quienes comparten las mismas inquietudes que desvelan al cronista. Lo que la gente necesita son ideas para complejizar la realidad que la circunda; una capacidad crítica aceitada que la auxilie a esquivar las posiciones obvias y los discursos de ocasión; la necesaria imaginación periodística que denuncie lugares comunes y juicios ya muy cristalizados; e instancias de debate que incentiven la nutricia participación comprometida. Todo lo demás: ofertas de descuento, promociones especiales, clubes de beneficio y la mar en coche, tiene tanto que ver con el periodismo como un chancho con la luna…
Yo he visto de cerca a Gustavo hacer su programa en el estudio. Me considero, naturalmente, afortunado. Una imprescindible agenda de contactos; los ejemplares en papel de diarios capitalinos y locales, desplegados sobre su mesa de trabajo; los libros ocasionales que lo acompañan ese día; un grabador portátil a cassette proveniente de otra era; un cutter afilado y una regla para recortar noticias de los diarios. Y sobrevolando –¡majestuoso!– ese escenario, el micrófono por donde sale y se expande por el éter la voz inconfundible de la radio…
De mostrarse en unos años, esos mismos insumos laborales podrían testimoniar el modo en que trabajó un riguroso profesional del periodismo desde las últimas dos décadas del siglo que pasó. Y de poder materializarse lo impalpable, habría que exhibir también en la vitrina su ética profesional, su independencia de criterio, su manejo respetuoso de las fuentes, la transparencia informativa, el despiadado examen crítico y el pluralismo ideológico, su apertura democrática, el respeto por el pensamiento divergente. La rápida adición mental de esos sumandos, arrojará como saldo identitario el ADN inconfundible de Gustavo Pérez Ruiz…
Quinto. El estilo del periodista cultural. [Maestoso]
Quienes no sean capaces de leer una nota que se extienda más allá de tres párrafos sumarios, o que abunde en juicios de valor elaborados y complejos; quienes no alcancen tampoco a mensurar que el lujo del lenguaje –connatural a la especie– es una de sus herramientas culturales más significativas y eficaces, no estarán en condiciones de apreciar el sofisticado manejo verbal de que hacen gala los editoriales de Gustavo, sus sagaces opiniones de fondo, sus ácidos exámenes coyunturales, sus calculadas entrevistas: a veces impiadosas.
La ordenación de las ideas que transmite, la claridad conceptual que las conduce, la precisión léxica, el ritmo prosódico (sus énfasis y sus silencios expresivos), más una atmósfera general de fascinación por la innata facultad de comunicar –que se apodera del conjunto y lo sostiene–, constituyen los indumentos magistrales, las lecciones de un perito consumado, resultantes de una meditada decantación de la experiencia en la materia. Sin duda la dotación característica de un periodista cultural.
“El mejor periodismo cultural –escribe el experto Jorge B. Rivera– es aquel que refleja lealmente las problemáticas globales de una época, satisface demandas sociales concretas e interpreta dinámicamente la creatividad potencial del hombre y la sociedad (tal como se expresa en campos tan variados como las artes, las ideas, las letras, las creencias, las técnicas, etcétera), apelando para ello a un bagaje de información, un tono, un estilo y un enfoque adecuado a la materia tratada y a las características del público elegido”.
Pérez Ruiz básico…
Sexto movimiento. Periodismo de derechos. [Furioso]
Finalmente, y frente al periodista trasnochado –reaccionario, inmoral, proselitista–, importa rescatar, en Gustavo Pérez Ruiz, al intelectual comprometido.
Porque Gustavo, desde un medio público y masivo, apostó por atender las necesidades de la gente: por imbuirse de los problemas de su comunidad, por escuchar las alarmas culturales (sociales, políticas, de cualquier especie) encendidas en su entorno circundante como parte de un apremiante paradigma de reclamos. Es probable que no todos puedan mensurar el valor de esta conducta. Poner un medio al servicio de los conciudadanos ya no se usa. El diario más longevo de la plaza nos enseña que los medios se colocan del lado del poder: de sus mandantes, de sus testaferros y de sus esbirros.
En las modulaciones de Gustavo, en cambio, sus agudos análisis coyunturales, como la infaltable inclusión de la voz y la opinión de sus oyentes en cualquiera de los programas que condujo –daba chapa oficiar de columnista en “Nuestro tiempo”; no había mayor felicidad que aprender a su lado–, señalan de qué madera está hecha la ética profesional de este insigne periodista. “La radio es compañía, es cercanía, es un puente”, dijo alguna vez. “Haber sido parte de ese puente durante tantos años es un privilegio que siempre voy a llevar conmigo. Radio con valores, construyendo ciudadanía”.
Sus innumerables entrevistas: a Atahualpa Yupanqui, a Julio Maiztegui, a Osvaldo Bayer o a Pipo Pescador… (alguna vez me dijo que era una de las más hermosas que había hecho); sus coberturas y editoriales en relación con los “Juicios por la Verdad” y la “Comisión por la Memoria”, las movilizaciones del colectivo “Ni una Menos”, el juicio inicial por Femicidio, el juicio oral y público por el primer caso de Trata, o el problema apremiante de las fumigaciones, testimonian el compromiso de Gustavo frente a las injusticias sociales de su tiempo. No hay (no puede haber) periodismo sin la gente; sin comunidad y sin avatares sociales.
“En mi profesión hay quienes están del lado del periodismo de intereses y quienes están en el periodismo de derechos: derechos humanos, civiles, económicos, sociales, laborales, culturales, ambientales, originarios”, dijo. Y agregó: “En este último periodismo me paré desde que supe la importancia de una profesión que puede comprometerse con una sociedad más justa, seres humanos más dignos y naciones más libres y soberanas”. Inequívoco y palmario; Pérez Ruiz puro: sin diluir.
Finale. [Tutti]
El martes pasado, el Concejo Deliberante distinguió como “Personalidad Sobresaliente” de nuestra cultura ciudadana a Gustavo Pérez Ruiz, quien, como dijo Pepe Bianco a propósito de Sur, en el estricto renglón del periodismo más elaborado, no cayó en concesiones frente a las ideas hechas, depuso la pereza del oyente y persiguió, antes que nada, estimular su inteligencia.
Es curioso que nuestros impagables concejales –por lo general tan impermeables a sensibilidad ninguna– se hayan inclinado a manifestar su voto de consentimiento ante una empresa luminosa como ésta. Pero, y aunque parezca mentira, incluso el mejor saldo educacional de nuestros mañosos dirigentes (por naturaleza, incorregibles; refractarios a todo acto de enseñanza), deba contarse –esperadamente o no– entre los denodados esfuerzos de Gustavo por volverlos sensitivos a la función social para la que fueron elegidos.
Sin duda empieza a hablar mejor de nuestra clase política local el hecho de que no sólo importen para ella sus ambiciones de poder y los turbios negociados que se tejen a expensas del Estado y de la gente. Reconocer a una personalidad del periodismo que contribuyó, desde un micrófono y con su voz inconfundible, a potenciar la cultura de su medio y a construir ciudadanía crítica –a encender un diálogo con sus fidelísimos oyentes; a estimularlos a pensar mejor su realidad circunstancial– constituye un gesto por lo menos auspicioso, que se impone por el peso mismo de la personalidad homenajeada.
Si es que se busca educar a las generaciones venideras con el ejemplo de profesionales constructores de ciudadanía democratista, promotores de valores éticos, divulgadores de gestos simbólicos y defensores de los derechos humanos, la deuda particular que se tenía con Gustavo Pérez Ruiz –a quien, contra lo ocurrido con su nutridísimo auditorio, nuestros tercos y arrogantes funcionarios no siempre escucharon con atención reconcentrada– empieza a saldarse con este reconocimiento unánime del martes. Hacen bien: siempre hay tiempo para reconvenirse cuando uno se equivoca.
La contrita admisión de un acto de reparación como éste, deja leer que fue un error considerar al periodismo como vuestro adversario más encarnizado, cuando no como un enemigo declarado de vuestros intereses más mezquinos. El haber ejercitado por décadas la costumbre autoritaria de desoír a la voz inconfundible de la radio –que es también la de la gente, porque Gustavo aglutinó, como nadie entre nosotros, la representación de los intereses culturales libres de una porción mayoritaria de nuestra ciudadanía–, es un hecho que falsea seriamente la sonrisa photoshopeada de campaña con que arrean votos cautivos a las urnas: uno que los coloca, también, del lado de los ignaros más tozudos; de los mediocres pertinaces que no saben escuchar en libertad porque sólo se escuchan a sí mismos…
Gustavo Pérez Ruiz, ¡chapeau!
Martín Batalla.
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