Desde que tiene uso de razón, Oscar “El Flaco” Pereyra recuerda sentir una atracción especial por los autos. No sabe precisar exactamente cuándo comenzó esa pasión, porque en realidad parece haber estado siempre allí, acompañándolo desde aquellos días de infancia, cuando la pelota y las bicicletas eran parte de las tardes compartidas con otros chicos del barrio.
Oscar nació en 1946. Su padre, Sergio Pereyra, era plomero y su madre, Juana Alesso, ama de casa. Graciela, seis años menor, fue su única hermana. Al hablar de ellos, lo hace con profundo cariño y reconoce especialmente la educación recibida. “Viendo como trabajaba mi padre valoraba todo lo que tenía”, recuerda. Y también destaca algo que para él fue fundamental: “Mis padres me apoyaron siempre”.
Cursó sus primeros años en la Escuela Nº 22 y terminó la primaria en la Escuela Nº 1. Después ingresó al Colegio Industrial, donde estudió tres años de mecánica. Se había propuesto completar ese período y lo hizo.
Una pasión temprana
A los 15 años compró su primera moto. Al año siguiente comenzó a competir. Mientras tanto, trabajaba con Titi Sticconi y luego en otros talleres, para solventar gastos y, cuando terminaba la jornada, llegaba el momento de dedicarse a aquello que realmente lo apasionaba: preparar su moto, y su karting posteriormente, y pensar en la próxima carrera. Eran largas jornadas y no había grandes comodidades ni demasiados recursos. Había ganas, curiosidad y una enorme voluntad de aprender. “Hacía lo que me gustaba”, dice hoy con sencillez.
Oscar recuerda especialmente un momento de 1967, cuando Carlos Diguero le ofreció correr como acompañante en Turismo Nacional. “No podía disimular mi felicidad”.
Un hermano de la vida
En esos años también apareció una persona que terminaría siendo fundamental en su historia. Carlos Rubén Bisi llegó al taller. “Le vi cara de bueno”, recuerda, casi como si aquel primer encuentro hubiera ocurrido ayer. Con aproximadamente 20 años decidieron alquilar juntos el taller sobre calle 9 de Julio y emprender. Después vendrían distintas mudanzas en un camino lleno de sacrificios que forjarían una amistad inquebrantable.
Oscar recuerda una época en la que “el apellido era una garantía” y abría puertas y generaba oportunidades. También aparecen nombres de amigos como Miguel Atia y Rossetti, entre tantos otros. “Es imposible nombrar a todos los que pasaban por el taller y me dieron una mano”, entendiendo que el esfuerzo estuvo acompañado por una red de afectos que nunca dejó de estar.
La pista y la vida
Entre 1973 y 1993 corrió en Fórmula Renault. Fueron dos décadas en las que cada carrera significó un desafío diferente, pero hubo una que ocupa un lugar especial en su memoria: Rafaela, el 7 de septiembre de 1986.
Llegó con un auto recién armado. El micro se rompió y, con la ayuda de Daniel Cingolani para remolcar el auto, consiguió llegar. Enfrente estaban algunos de los nombres importantes de la categoría. Rememora el final, a tres vueltas y posicionándose cuarto, en una maniobra que todavía recuerda con emoción, avanzó sobre varios rivales, entre ellos Furlan y Neviani quienes peleaban por el campeonato, triunfando en una de esas carreras que quedan guardadas para siempre. “Para mí fue la mejor de mi vida”, dice.
Pero el automovilismo también estuvo ligado a momentos difíciles. En el año 93, al llegar de una carrera se entera del fallecimiento de su padre. Un hecho que marcó un antes y un después. Aquella experiencia cambió muchas cosas.
La pasión continúa
Su hijo Christian heredó la pasión. Debutó con apenas 14 años y 364 días y llegó a compartir una carrera con su padre: la última de Oscar y la primera de Christian. Cuando las dificultades comenzaron a pesar, el entusiasmo de su hijo y el apoyo familiar lo convencieron de continuar. Finalmente llegó el retiro de la competencia, pero no el alejamiento de los autos.
En 2003 comenzó una nueva etapa dedicada a la construcción de vehículos de Turismo Nacional. Después llegó el trabajo junto al JP y más tarde el paso por el equipo de Catalán Magni, una etapa que recuerda con especial agradecimiento.
La familia
Oscar sabe que una trayectoria como la suya nunca se construye en soledad. Reconoce especialmente el acompañamiento de su familia, a la que define como “una base fundamental en mi vida”. De su primer matrimonio nacieron sus hijos Marina, Natalia y Christian. Luego llegó a su vida Mirta, con quien comparte 23 años de matrimonio, y una familia que se fue agrandando con yernos, nuera y los nietos: Lucio, Mora, Juan, Agustín, Uma y Vera.
También están esos amigos que forman parte de la vida cotidiana: los que pasan por el taller a cebar un mate, los que aparecen para dar una mano sin pedir nada a cambio y los que se hacen presentes en una carrera simplemente para acompañar.
Otra generación
En 2018 terminó la campaña fuera de Pergamino y, junto a su hijo, comenzaron a trabajar exclusivamente con vehículos de competición. Hoy continúa en el taller, principalmente en tareas de logística, acompañando a Christian y también a Agustín, que representa la tercera generación de la familia ligada a las carreras.
Oscar ya no necesita estar detrás de un volante para sentirse parte del automovilismo. Sigue observando, trabajando y transmitiendo lo que aprendió durante décadas. A los 80 años, disfruta del taller, de los momentos tranquilos en casa junto a Mirta y de los viajes compartidos con Carlos y Nora. Mira hacia atrás y encuentra una vida hecha de esfuerzo, amistades, familia, desafíos y su pasión inexplicable por los autos.
Porque para Oscar Pereyra el automovilismo nunca fue solamente una profesión, una competencia o un trabajo. Fue una manera de vivir. “Una linda enfermedad”, sintetiza. Una pasión que, después de tantos años, todavía le corre por las venas.