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¿Qué es de la vida de Araceli Campisteguy?

Araceli Campisteguy abre las puertas de su historia con la honestidad de quien sabe que la vida se construye entre luces y sombras. Hoy, con la mirada agradecida y crítica, rescata la fuerza de haber sabido reconstruirse cada vez que fue necesario y el orgullo de caminar con dignidad. Su relato es testimonio de coherencia, esperanza y movimiento: una vida que se rehace, que se interroga y que nunca deja de andar.


¿Qué recuerdo tiene de su infancia y adolescencia?
Nací en el Chaco y mi infancia fue la de una época donde las reglas estaban claras: horarios, estudio, juego en la calle y respeto. Extraño esa libertad de correr, de andar en bicicleta y de escuchar la voz que llamaba para volver a casa. En mi hogar la autoridad era firme, pero no la viví como trauma: fue formación. Yo era inquieta, curiosa —a veces revoltosa—, y ese marco me ayudó a moldearme.
La otra mitad de mi niñez vive en la casa de mis abuelos: amor, ternura, complicidad, refugio. Allí se guardan algunos de los recuerdos más luminosos que tengo. También están los viajes familiares, el dulce de leche casero en Villa Ocampo, Santa Fe, y las yerras, con ese campo que enseñaba dureza y belleza al mismo tiempo. Desde chica fui proactiva: hacía cosas, las vendía, buscaba mis propios recursos; aprendí temprano el valor de ganarse lo que uno tiene. No por necesidad, sino por autoexigencia.
La casa siempre estuvo llena de libros, mapas y conocimiento. El estudio era más que una obligación: era una manera de estar en el mundo, y después fue también un sostén.
La infancia terminó de golpe en 1977, a los 14 años, con la muerte de mi padre. Ahí comenzó una adolescencia atravesada por el duelo, la bronca y la búsqueda de sentido. Pasé de ser la mejor alumna a perder el rumbo. Sin embargo, la lectura, la poesía y la disciplina silenciosa del estudio me sostuvieron. Con el tiempo, ese dolor fue formando algo parecido a una coraza, pero también a una fuerza. Hoy entiendo que ahí empezó a construirse eso que ahora está tan de moda nombrar: la resiliencia.


¿Cómo está viviendo su presente y qué rescata de él?
Hoy vivo agradecida, pero siempre cuestionando. Creo que incluso lo doloroso termina teniendo un sentido. Me sostienen la esperanza y los proyectos; sin ellos la vida pierde eje. Me siento orgullosa de haber trabajado siempre, de haberme reconstruido cada vez que fue necesario y de poder caminar con la frente en alto. Eso es parte del legado que quiero dejarle a mi hijo: dignidad, coherencia, capacidad de rehacerse. Me preparo para los cambios; quiero seguir estando presente, activa, protagonista de mi vida, no testigo de ella.


¿Cuál fue el mejor y el peor momento de su vida?
Un nacimiento y una muerte: el nacimiento de mi hijo y la muerte de mi padre. Entre esos extremos sucede la vida, con sus luces, sombras y aprendizajes. Es en ese “mientras tanto” donde se moldea el carácter, la conciencia y uno termina de definirse.


¿Cómo se ve en el futuro?
Me veo en movimiento, pero de un modo consciente. Despierta, conectada con la vida, con proyectos que sigan desafiándome y afectos que me sostengan. Me gustaría seguir aportando, estar presente, aprender, y cambiar de piel cuando haga falta, pero con la serenidad de saber que aún queda camino por recorrer. El futuro, para mí, no es un punto de llegada: es algo que se sigue creando cada día. Porque el futuro no me espera: me invita, y yo elijo seguir andando.


¿Cree que cumplió todas sus metas?
He cumplido muchas, algunas incluso que nunca imaginé, y otras quedaron en el camino o fueron mutando conmigo. No siento que la vida se mida en “logros completos”, sino en haber tenido la valentía de intentarlo, aun cuando dolió, aun cuando no salió como esperaba. Todavía me faltan cosas, deseos, búsquedas. Y eso me gusta: significa que sigo viva, curiosa, en movimiento.

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