Generales
La manzana del Estado
17 de Mayo de 2026 | Martín Batalla
En la mitología clásica, los dioses de griegos y romanos limaban sus inconciliables diferencias peleándose a la vista de los hombres. Ah, y perjudicándolos con sus discordias.
Movidos por oscuras ambiciones personales –que podían tomar la forma de la envidia u obedecer a intereses turbios y mezquinos–, esas insensatas deidades, poderosas pero estólidas, buscaban perjudicar a su adversario tramando las tretas más ladinas, que, lejos de damnificar a la divinidad a que iban dirigidas, solían recaer siempre en los pobrísimos mortales (a quienes, se suponía, tenían que proteger), que sufrían en carne propia los efectos de esas reyertas caprichosas.
Es sabido que una de esas discordias legendarias desató un conflicto resonante, que pagaron con su vida no los dioses (que habían tomado la sana precaución de volverse inmortales) cuanto el pueblo entero de los griegos (aqueos y troyanos), llamado a librar una guerra incomprensible de diez años sin comerla ni beberla: la de Troya. En la Ilíada, un monumental poema épico que data del siglo VIII a. C., el más célebre de los rapsodas ciegos de la Antigüedad evocó grandiosamente esa contienda.
Según solía cantar Homero, todo comenzó cuando la divinidad que personificaba a la Discordia, Éride (imaginémosla adoptando la apariencia de cualquiera de nuestras poderosas funcionarias públicas), no figuró en la lista de invitados a la boda de Tetis y Peleo (los futuros papás del héroe Aquiles: el del talón), por lo que se apareció in fraganti en medio de la fiesta y arrojó a sus comensales una manzana de oro que llevaba escrita la leyenda “A la más bella”. Y sembró vientos, para recoger, a renglón seguido, tempestades.
Porque, ni lerdas ni perezosas, Hera, Atenea y Afrodita (tres diosas olímpicas que podrían parangonarse con cualquiera de nuestras deesas concejalas), se apresuraron –funestas– a recoger la fruta, que cada una imaginaba (¡cómo no!) destinada exclusivamente para ella. El padre de los dioses, Zeus (aquí el lector coloca la equivalencia que desee), se lavó “olímpicamente” las manos para no tener que jugarse por ninguna, y nombró como neutral árbitro de la disputa a un mortal desentendido: el troyano Paris, que era príncipe y, por añadidura, el más apuesto de los hombres (¡a ver!, ¡un concejal lindo!).
Éste se vio rodeado de inmediato por estas tres mujeres insidiosas que buscaron, naturalmente, sobornarlo (esta parte puede sonar parecida a la realidad, pero esto sucedió hace mucho tiempo): Hera le prometió el poder político (más de uno acá hubiera agarrado viaje enseguida); Atenea, la victoria en la batalla (¿quién, de entre nuestra clase dirigente, no estaría dispuesto a vender su alma por un triunfo electoral cantado?); Afrodita, el amor de Helena, la mujer más bonita de la tierra (cualquiera de nuestras candidatas que logre salir linda en la foto de campaña puede andar).
Paris (débil es la carne), se decide por la última, la declara la más bella, le entrega la manzana y rapta, con su concurso y protección, a la espartana Helena, a quien conduce de inmediato a la lejana Troya. Pero Menelao, su beligerante esposo (aquí necesitamos un concejal de la oposición que vaya al gimnasio), dispone rápidamente un ejército nutrido para ir en su rescate: sitia la ciudad y desata la guerra. Los dioses del Olimpo miran cómodamente la contienda desde arriba (hoy podrían seguirla por las redes); parapetados en sus tronos majestuosos, asisten, con indisimulado sadismo, a las desgracias de los hombres; intervienen –de acuerdo con sus intereses egoístas– mostrándose propicios u ominosos.
Nuestra casera política de comité se parece a estas descabelladas peripecias mitológicas. Los dioses tutelares de nuestra clase dirigente –que eligen pelearse como chicos ante nuestras narices (asombradas)–, ventilan para audios, streamings y posteos (¿en qué momento el periodismo dejó de ser lo que era y se recicló en esta indigencia?) sus obscenas miserias y promesas, su ignorancia negra, perniciosa: su codicia transparente y desmedida. Inconcordes frente a los intereses comunitarios que desoyen, en ámbitos parlamentarios que adoptan la forma de “banquetes”, aguardan con fruición la diosa alada que les arroje la manzana apetecida de esta historia.
Las discordias por el “fruto” del Estado encienden la temperatura del ambiente; las dimensiones del patrimonio que se asalta caldean la arena política vernácula a base de denuncias enfrentadas, dirigidas no tanto a impugnar la inmoralidad de esa conducta, cuanto a calcular la porción privilegiada del botín (o el rédito proselitista) con que ha podido alzarse el adversario. La reyerta por la existencia del Estado –que muchos propugnan entre nos recortar con podadora alla Milei–, oculta (mal) un vaciamiento sistemático (una rapiña administrada) en beneficio de quienes hemos elegido para cuidar y gestionar, precisamente, un “Olimpo” que es de todos.
En declaraciones que avergonzarían a cualquiera (incluso a los más cínicos; incluso a los menos educados), incurriendo en toda suerte de contradicciones a ideas y principios de que se carece (salvo la venalidad, que es cruel y es mucha), traicionando los intereses ciudadanos que deberían salvaguardar (rifando el Municipio, dilapidando los bienes públicos, empobreciendo la sociedad que los empoderó), estos dioses caídos y “patriotas” simulan “protegernos”, “construir”, “dar soluciones”. Actúan frente a nosotros los mortales que los miramos mansamente desde abajo; agitan las aguas del Estigio (léase el arroyo) y espolean al adversario detestable: ¿qué más será preciso demostrar para dormir el sueño de los justos?
Nuestro incomparable Zeus local, paladín pro vaciamiento comunal (no olvidar dato infantil: la gente, por la calle, le pide “menos Estado” y “más motosierra”), desafía a uno de sus contrincantes favoritos –un “profesional” de la salud– con insólitos “argumentos” estatistas que él mismo traiciona al tercerizar (en favor de los amigos: eso no está en discusión) servicios e instituciones comunales. El director asociado de una de las Regiones Sanitarias, por su parte, instalado en su propia nube de maniobras, responde burdamente como responden los funcionarios de esta era (vía Instagram o vía X: ¿es que hay alguna obligación de mezclarse con la gente?), e intenta justificar un hospital al parecer en estado desesperante de colapso.
Parece mentira, pero se trata de dos profesionales abogados, surgidos de la Universidad Pública (¿esta gente se contará entre quienes la reclaman y defienden?), formados por un Estado nacional que deberían honrar con su conducta, y potenciar para que las generaciones venideras obtengan de él lo que ellos obtuvieron. Porque nuestro Asclepio local no va a gozar con seguridad de un reconocimiento social por su gestión frente al vapuleado “San José”. Y el Primer Olímpico, por la suya, como mucho podrá aspirar a ganar un premio “La Opinión”, o a obtener la comprada complicidad de sus hoplitas-periodistas, ésos que le sirven de respaldo ensayando las mil y una posiciones de la genuflexión más escabrosa.
Mientras tanto, se discute si subsidiamos o no a nuestro cuerpo de bomberos porque al Intendente no le cae bien la comisión (¿en qué cabeza cabe no darles todo el apoyo material indispensable?), se enciende la polémica por si partimos una plaza (pero en los barrios faltan todavía los servicios básicos primarios), y se callan problemas sanitarios como el de las napas contaminadas con arsénico, se evita discutir sobre las fumigaciones que nos matan (un juicio histórico sobre un caso local escandaloso no basta ni para encender la luz de alarma en estos funcionarios inclementes: ¡total, la vida de la gente va y viene!), o se habla (por un ratito, nada más) de la necesidad de un parador para personas en situaciones vulnerables, pero enseguida nuestros dioses concejales dan vuelta la página… ¡y a otra cosa!
Así, las reyertas sociales y políticas que dirimen nuestras deidades poderosas no parecen obedecer a ley alguna, sino deberse a inquinas personales –a compadradas bochincheras–, que terminan ignorando y diluyendo las bases culturales a que se dirigen las políticas de Estado: la sociedad misma sin que esas políticas no existen. Este estado egoísta de discordia desalienta la sensibilización de nuestros gobernantes con la comunidad local de la que a su vez se desentienden, y describe entre nosotros un escenario social aciago, hostil y lamentable, que se exhibe con absoluta impunidad ante los ojos de los hombres para jamás beneficiarnos: para tornarnos, antes bien, en los únicos damnificados de sus actos de depredación deliberados.
Las expoliaciones vergonzosas de lo que nos pertenece por derecho ocurren con naturalidad frente a la mirada de quienes imaginamos un contrato social más igualitario y transparente, un trato gubernamental más piadoso y más empático (donde puedan tener lugar la madurez y la concordia), y unos modos políticos ajenos al individualismo del “sálvese quien pueda” o a las maniobras del “rabioso neoliberalismo empresarial” que nos venden como filosofía barata de rezago. El Estado no puede ser ni para el más bonito, ni para el más emprendedor, ni para el más exitoso de los hombres. El Estado –por definición– es para todos. Convertirlo en la manzana de unos pocos es obsceno, es indecente e inmoral.
A los funcionarios y funcionarias locales que tengan una libretita a mano y quieran usarla para algo, confío les será fácil anotar lo que pedimos en apenas dos renglones sumarios (aprovechemos, de paso, a practicar si nos sale la cursiva): queremos, de nuestros representantes, más ética, más ciudadanía y más civismo. Deseamos un escenario social más justo y más plural; más inclusivo, en suma, y más democratista. Uno donde el Estado no sea únicamente la manzana de los conocidos de siempre (o de los vivos). Ni los bienes públicos del Municipio, el banquete corrupto y privilegiado de los pocos que se lo disputan –a zarpazo limpio– como las diosas de la fábula..
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