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En un viaje perdió al padre y a los hermanos: "Tuve otra oportunidad para vivir"

Durante un viaje a pescar, los cuatro hombres de la familia tuvieron un grave accidente y la vida de Augusto cambió para siempre.

En sus años de adolescencia, Augusto Chiesa solía disfrutar de las actividades usuales, como jugar al fútbol con amigos y organizar algo para salir el sábado a la noche. Por aquella época, vivía en el interior de la provincia de Buenos Aires junto a sus dos hermanos varones, su papá, Sergio, constructor y decorador de interiores, y su mamá, Lili, ama de casa y comerciante.

Una vez finalizado el secundario decidió irse a estudiar veterinaria a la UNLP. Su hermano Ignacio, de 22 años, cursaba allí el cuarto año de medicina, mientras que Manuel, de 17 y rey de la primavera, había concluido quinto año y estaba por ingresar a la universidad.

Todo había transcurrido según los planes hasta el 18 de diciembre de 1998. Ese fin de año, la única preocupación de Augusto era que debía recursar química, aunque se sentía feliz de volver por un período a su lugar de origen. En los últimos tiempos la familia se había visto poco y anhelaban el reencuentro. Por otro lado, habían organizado un viaje de pesca a San Martín de los Andes, al que irían solo los varones de la familia, junto a un grupo de amigos.

Pero nada sucedió como lo habían esperado. Durante la travesía tuvieron un grave accidente. Allí, fallecieron su padre y sus dos hermanos, y la vida de Augusto cambió para siempre.

Una nueva oportunidad

Todo lo que Augusto tenían proyectado, la vida que había tenido hasta entonces, terminó en ese instante. Del accidente había salido físicamente ileso y, sin embargo, en pocos segundos todo había dejado de tener sentido. Pero a pesar del intenso dolor emocional, un pensamiento emergió claro desde un comienzo; una afirmación que lo ayudaría a mantenerse en pie, aun en los días más oscuros: "Tengo otra oportunidad para vivir".

"Me aferré a esa certeza, había vuelto a nacer y debía honrarlo, entonces me puse en la cabeza que lo único que tenía que hacer, el objetivo más importante, era apuntalar a mi mamá para que pudiera seguir como sea", rememora con emoción, "Debía ayudarla a encarrilar su vida. Yo tenía 19 años y sabía que tenía muchas más opciones y que tendría tiempo para rehacer la mía".

Durante el primer año a Augusto le costó mucho ordenarse. Dejó de estudiar y se quedó con su madre en el pueblo, siempre cerca. Comenzó a trabajar en una pequeña chacra con su abuela y, con mucho esfuerzo y días que comenzaban al alba, arrancó con un emprendimiento rural, que de a poco rindió sus frutos. Cada vez que la nostalgia invadía su alma, Augusto se repetía: "Tuve otra oportunidad para vivir".

"Me aferré a mi familia y a mis amigos, ellos fueron mis pilares fundamentales, junto a la voluntad de no permitirme caer en la negatividad. Procuré mantener siempre la mente en positivo, siempre para adelante. No tenía los objetivos muy claros, pero estaba decidido a que nunca me iba atrapar la depresión", asegura hoy, "Eso sí, tenía mis momentos tristes, tan inevitables, pero eran solo eso, momentos que con los años se fueron distanciando cada vez más"

Una luz, otro ciclo

El segundo año había amanecido con un panorama algo más claro. Augusto había hallado una rutina que le mantenía en orden su mente y espíritu, algo esencial para no caminar por terrenos de emociones vulnerables. Su cotidianidad consistía en trabajar, amigos y su mamá.

Así lo hizo durante varios años hasta que, en otro diciembre, una luz bella llegó a su vida para obsequiarle un nuevo sentido, potente y capaz resignificar aquellos días. "Exactamente cinco años después del accidente, apareció Lucía y me inundó de amor mi existencia", cuenta profundamente conmovido.

La rutina de Augusto ahora se había ampliado, las tormentas que siempre amagaban amenazantes en el horizonte, se habían despejado. Junto a su mujer, construyó un nuevo hogar y le dio comienzo a otro ciclo de su vida. Con ella tuvo tres hijos y ya llevan trece años de casados.

Estamos de paso

Hoy, a sus 40 años, Augusto Chiesa puede afirmar que se siente una persona plena, que vive una vida común y que tiene los problemas de todos. La diferencia, tal vez, sea que le tocó mirar a la muerte a los ojos en una circunstancia extrema, como lo fue el hecho de perder a un padre y a los hermanos. La tragedia cambió su mirada y lo llevó a valorar como nunca antes la vida.

"Siempre me mantengo positivo y trato de buscarle la vuelta a todo, solucionar cualquier inconveniente en la medida que sea posible y, si no fuese posible, aceptar y trabajar en eso, ¡que no te detenga!", reflexiona, "No hay soluciones mágicas, hay que enfrentar los problemas y hacerse cargo de los que nos toca, por duro que sea. Y aunque suene a un cliché, meterle para adelante y no desesperarse, el tiempo es un gran aliado, a la larga todo va quedando atrás, va pasando y la vida nos va obsequiando nuevas oportunidades. ¡Simplemente hay que estar despabilado para aprovecharlas!"

Junto a sus hijos.

Junto a sus hijos.

"Por supuesto, el amor es un factor fundamental para sanar: el de la familia, los amigos y la pareja. Y ahora, el de mis hijos. Yo creo y soy un convencido de que a todas las personas les suceden las mismas cosas, o tienen sus momentos en el que quedan en una situación límite. Las circunstancias pueden ser diferentes, pero las emociones son universales. Mi lema es siempre buscar el lado positivo a todo, ¡estamos de paso en esta vida, no la pases amargado!", concluye sonriente.

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