Columna de opinión

Chau importadores, ¿bienvenido el celular?


17 de Febrero de 2026 | Walter Saéz

Hay algo más silencioso que la caída de la industria, que la apertura comercial y más irreversible que cualquier reforma económica.

Es la desaparición del importador.

Durante décadas, el importador fue una figura central de la economía argentina. Era el que viajaba, negociaba, traía, financiaba, almacenaba y distribuía. Era el intermediario entre la fábrica extranjera y el mercado local. En muchos casos, incluso, el plan de reconversión para industriales desplazados: “si no puedo producir, importaré”.

Pues bien, ese mundo también terminó.

Hoy la fábrica china no necesita importador argentino. Ni distribuidor, ni mayorista, ni siquiera comercio, le vende directo al consumidor argentino, desde el celular.

La verdadera revolución comercial no es que entren más productos.
Es que ya no entran a través de nadie.

Las plataformas globales integraron todo: venta, pago, logística y entrega. El productor publica, el consumidor compra, el sistema envía. La frontera comercial se volvió invisible y el intermediario local se volvió prescindible.

Esto cambia una verdad histórica de la economía: siempre hubo alguien en el medio. Pero hoy, ya no.

Durante años, el discurso económico ofreció una salida a quienes perdían competitividad productiva: reconvertirse en importadores. Pasar de fabricar a traer. De producir a comercializar.

Pero esa opción también se desmorona.

Porque la importación minorista no tiene intermediarios.

El cliente compra directo y la logística ya está resuelta en origen, el precio se forma afuera, y el margen local desaparece.

El industrial que soñaba con ser importador llega tarde a un negocio que ya no necesita importadores.

Detrás de cada importador no hay solo una empresa: hay empleados administrativos, despachantes, vendedores, choferes, operarios de depósito, personal de logística, contables, cadetes, seguros, transporte y servicios asociados.

Toda esa estructura laboral existía porque el producto pasaba por el país.

Si el producto ya no pasa, solo llega, esos puestos dejan de existir.
No es una sustitución tecnológica puntual, es la eliminación completa de una función económica.

La desintermediación no desplaza tareas: borra eslabones enteros.

El discurso moderno suele trasladar el problema al individuo: capacitarse, adaptarse, emprender. Pero la escala del cambio supera cualquier reconversión personal.

No estamos ante un trabajador que debe aprender una habilidad nueva, estamos ante un sector completo que deja de tener razón de existir.

La economía puede crear empleos nuevos, sí. Pero no necesariamente para las mismas personas, en los mismos lugares ni en los mismos tiempos.

La desaparición del importador no solo afecta empresas: altera la estructura económica nacional.

Menos intermediación local significa menos empleo comercial y logístico, menos empresas nacionales en la cadena, menos impuestos internos asociados, menos valor agregado local y menos circulación económica interna.

El producto se paga afuera, se produce afuera y llega terminado. El país participa solo como destino de consumo.

Cuando un país produce, genera salarios, impuestos, proveedores y conocimiento.

Cuando importa a través de empresas locales, al menos retiene márgenes, empleo y estructura. Pero cuando compra directo al exterior, solo consume, y la economía se transforma en una terminal de llegada.

Sin fábricas, sin importadores, sin distribuidores y sin red comercial propia. Solo paquetes que llegan.

Este fenómeno no golpea solo a grandes empresas. Afecta especialmente a ciudades intermedias y economías regionales donde los importadores y distribuidores eran empleadores relevantes.

Cuando ese circuito se achica, no se reemplaza por plataformas globales: se vacía.
La globalización dejó de ser solo apertura: pasó a ser desintermediación total.

La pregunta es: ¿qué queda cuando ya no se produce y tampoco se importa?


Queda el consumidor.

La fábrica está en Asia, la plataforma en Estados Unidos, la logística globalizada y el pago digitalizado.

El importador fue durante mucho tiempo un actor clave del capitalismo. Detrás de él había empresas, trabajadores, depósitos, transporte, financiamiento y ciudades enteras articuladas alrededor del comercio.

Hoy la conexión la hace un algoritmo, sin estructura comercial local y sin empleo intermedio. La fábrica habla directo con el consumidor.

Pero lo que está ocurriendo no es solo económico.

Las sociedades modernas se construyeron sobre intermediaciones: comerciantes, docentes, editores, distribuidores, instituciones.

Figuras que mediaban entre producción y consumo.

La desintermediación digital está desgastando esa modelo.

La sociedad se reorganiza como una red de conexiones inmediatas, donde todo parece más accesible y eficiente, pero también más frágil, porque los intermediarios no solo encarecían: también estructuraban.

En la economía sin intermediarios, el individuo queda expuesto directamente al sistema global, donde: La plataforma organiza la oferta, el algoritmo decide la visibilidad, la logística global ejecuta, y el territorio desaparece.

La desaparición de intermediarios es eficiente: reduce costos, acelera flujos, democratiza el acceso. Pero toda eficiencia elimina redundancias.

Y muchas de esas redundancias eran empleo, empresas y tejido social.

¿Cuánta sociedad puede eliminar una economía antes de dejar de ser una sociedad?

Ahora bien: En este nuevo escenario global sobreviven principalmente a distintos tipos de actores.

Quienes producen algo único o difícil de sustituir: recursos estratégicos, alimentos, energía o tecnología.

Quienes controlan plataformas o infraestructura globales: comercio electrónico, logística internacional, pagos digitales, software, datos e inteligencia artificial.

Quienes operan cerca del territorio físico: salud, construcción, cuidado, servicios personales, mantenimiento, alimentación local e infraestructura.

Y quienes poseen capital o activos: tierra, propiedades, empresas, tecnología o ahorro puede reubicarse; quien solo tenía una función laboral que desaparece, no.

¿Y qué ocurre con quienes pierden su lugar?

Una parte logrará reconvertirse, otra caerá en trabajos de menor ingreso o informalidad, y una fracción quedará estructuralmente excluida.

La próxima década será la fase crítica de impacto social y laboral, donde economías como la argentina, con menor peso tecnológico y mayor intermediación comercial, el riesgo es mayor. Cuando desaparece la intermediación sin ser reemplazada por producción o plataformas propias, el país tiende a comoditis: quedando recursos naturales, como agro, servicios locales y consumo, con menos empleo medio.

La cuestión de fondo es humana. La globalización elimina sectores tanto de intermediación como industriales completos, más rápido de lo que crea otros, y produce algo nuevo en escala: personas que no fracasaron, pero cuyo rol dentro de la sociedad actual dejara de existir.



Si todavía no recibís las notificaciones de PRIMERA PLANA, mandanos un Whatsapp al 2477.506005 con la palabra ALTA y pasaráas a formar parte de nuestra base de datos. ¿Más fácil? Hacé click en el siguiente enlace https://wa.link/3b57du.

También te puede interesar
Cuando lo nacional sirve para no hablar de lo urgente

El intendente municipal decidió alinearse públicamente con las principales reformas impulsadas por el Gobierno Nacional en un momento clave del debate legislativo. El gesto no puede leerse de manera aislada: ocurre en medio de su intento por acercarse a La Libertad Avanza tras el desgaste político propio y el fracaso del armado seccional que integró junto al clan

Creando el Índice Levi’s 501 (primera calidad)

El Levi’s 501 no es solo un pantalón. Es un símbolo global del consumo, de la industria cultural norteamericana y —sin proponérselo— una radiografía bastante precisa de cómo funcionan los países cuando se trata de producir, importar, gravar y vender. Tomando como referencia jeans Levi’s 501 de primera calidad, y expresando todos

Edad de imputabilidad: distinguir para decidir con responsabilidad

El debate sobre la edad de imputabilidad es necesario y postergarlo es una forma de irresponsabilidad política. Sin embargo, suele darse mal. Se lo plantea como una disyuntiva moral: o se baja la edad o se “defiende a los delincuentes”. Esa falsa simplificación no ayuda. La imputabilidad no es una consigna ideológica. Es la capacidad de comprender la naturaleza