Pergamino no necesita épicas para ser contado; su grandeza ha sido siempre la cotidiana: campos que marcan el horizonte, comercios que abren temprano, plazas donde se cruzan generaciones. Pero esa sencillez —a veces tomada por modestia, otras por resignación— también ha sido la que lo dejó a la sombra de otras localidades de la provincia. ¿Tuvo Pergamino pretensiones? Sí: aspiró a consolidar industria, educación y servicios que lo afirmaran como un referente regional.
¿Las perdió? En parte, sí —y no por un solo motivo.La pérdida de prestigio relativo frente a otras ciudades bonaerenses responde a una trama entre lo estructural y lo humano. Por un lado, las decisiones provinciales y nacionales sobre infraestructura, inversiones y políticas productivas no siempre han favorecido el desarrollo equilibrado de cada distrito. La distribución de recursos, la priorización de corredores logísticos y la llegada de proyectos industriales o universitarios marcan diferencias entre ciudades hermanas. En ese sentido, la gestión municipal juega un papel clave: la capacidad de elaborar proyectos atractivos, de negociar con niveles superiores, de facilitar trámites y de crear marcos fiscales que incentiven la instalación de empresas y la permanencia de talento.
Pero no todo se reduce a la administración. Los ciudadanos también tienen responsabilidad: la cultura emprendedora, la capacidad de asociarse, la defensa del patrimonio local y la apertura a nuevas propuestas conforman el tejido social que impulsa cualquier transformación. Si faltan iniciativas privadas, redes de apoyo o un ecosistema para startups y pymes, la ciudad envejece en su oferta y pierde impulso competitivo.
Así, la explicación no puede colocarse únicamente en el gobierno municipal ni exclusivamente en la ciudadanía; es la relación —y a veces la descoordinación— entre ambos lo que define resultados.La historia de Pergamino registra paradigmas: líderes locales que impulsaron industrias, instituciones culturales y educativas que atrajeron a generaciones, y tradiciones productivas que sostuvieron la economía regional. ¿Por qué no emergen hoy paradigmas equivalentes? Porque los tiempos cambiaron: la globalización, la tecnología y la concentración urbana exigen visiones renovadas.
Repetir modelos del pasado, por eficaces que fueran entonces, ya no alcanza. Falta visión de ciudad del futuro; una planificación estratégica que integre vivienda, movilidad, digitalización, educación superior y sostenibilidad ambiental. ¿Quiénes deben ser los artífices de ese futuro todavía por soñar? Todos. El Estado local —con gobernantes capaces de pensar más allá del mandato inmediato— debe diseñar y ejecutar políticas expresas: ordenar el suelo productivo, atraer inversiones compatibles con la identidad local, fortalecer la educación técnica y superior, mejorar la conectividad y proteger el patrimonio. El sector privado debe arriesgarse a innovar, asociarse y comprometerse con la formación de capital humano. La sociedad civil —ONGs, centros culturales, clubes, universidades populares— tiene que ser motor de participación y control.
Las cámaras agroindustriales y las cooperativas pueden liderar modelos productivos que vinculen campo y ciudad. Solo un pacto social amplio puede sostener una transformación real. ¿Es la política la culpable? No en exclusiva. La política puede ser responsable cuando falta planificación, cuando priman clientelismos o se descuida la transparencia.
Pero también puede ser el instrumento de la recuperación si se ejerce con visión, diálogo y capacidad de gestión. Culpar a la “política” en abstracto simplifica y paraliza; identificar prácticas concretas y exigir gestión efectiva es lo que habilita cambios. ¿Hay hombres nuevos que puedan sacarla del letargo? Hay activos jóvenes, profesionales retornados, emprendedores rurales, docentes y dirigentes sociales que sueñan distinto. El desafío es construirles cauces reales: oportunidades laborales, apoyo institucional, redes de mentoría y espacios culturales. La renovación no se reduce a rostros nuevos: exige ideas nuevas, institucionalidad fortalecida y voluntad colectiva.
Pergamino puede seguir siendo “un pueblito sin pretensiones” y, al mismo tiempo, convertirse en una ciudad que no renuncia a su identidad y que gana espacio en la provincia por su calidad de vida, su dinamismo productivo y su capital humano. El primer paso es aceptar que la pregunta sobre por qué quedó rezagada no es un reproche plumado, sino una invitación a repensar colectivamente el proyecto de comunidad. Si a ese llamado responden autoridades con planes y ciudadanos con compromiso, los paradigmas del mañana podrán nacer aquí —no como réplica del pasado, sino como una nueva promesa compartida.