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Caso Pomar: Murió María Cristina Robert, la madre de Gabriela Viagrán

Falleció ayer la progenitora de la esposa de Fernando Luis Pomar, quien junto a sus dos pequeñas hijas, Pilar y Candelaria, murieron en un misterioso accidente registrado sobre la Ruta Nº 31, en 2009. El hecho marcó un antes y un después en la historia policial argentina

María Cristina Robert, madre de Gabriela Viagránfalleció ayer a los 73 años. Robert, que además era abuela de Pilar y Candelaria, las hijas de Gabriela y Fernando Pomar, estuvo durante los últimos años encerrada dentro del santuario en el que el destino había convertido a su casa, rodeada de lo que ayer eran su hija y sus nietas, a quienes consideraba ángeles que la acompañaron a la espera de una Justicia que, según decía, nunca llegó.

La espera de esa Justicia había marcado los últimos 11 años de Cristina Robert. Su reloj había empezado a detenerse el 13 de noviembre de 2009 cuando su hija, Gabriela Viagrán (35), la llamó por teléfono desde su casa de José Mármol, en Almirante Brown, para avisarle que al otro día viajarían todos a Pergamino a verla.

Todos eran ella; su hija María del Pilar (3); su hija Candelaria (6); y su marido, el que le daría apellido al caso: Fernando Pomar (40). En un Fiat Duna Weekend rojo partirían el sábado 14 de noviembre desde el Conurbano hacia el límite de la Provincia, sin que ninguno llegara a imaginar que el viaje no tendría vuelta. Y, durante 24 días, tampoco final.

Desde el santuario, entre esos portarretratos que todas las horas la miraban desde la biblioteca, María Cristina decía a Clarín que al cortar aquella comunicación no le quedó claro si Gabriela viajaría, porque la joven también le dijo que no tenía ganas de ir, pese a que su marido insistía.

María Cristina se había enterado recién al otro día de que Gabriela y todos habían salido hacia Pergamino y no habían llegado. Los padres de Fernando, también vecinos de Pergamino, ya habían hecho la denuncia para que la Policía los buscara. Y ella ya no quiso moverse de su casa, porque estaba segura de que en cualquier momento su hija le tocaría el timbre y le reprocharía haberse preocupado por nada.

Pero el timbre sólo había sonado para que les abriera la puerta a periodistas, policías, funcionarios judiciales y gubernamentales, cada vez más a medida que el enigma invadía los medios.

Para el gobernador de aquel entonces, Daniel Scioli, que se preparaba para ir a buscar la reelección, era una noticia de riesgo. Una familia entera desaparecida era una bomba de tiempo,si acaso su final había nacido de la inseguridad y las fuerzas del Estado habían fallado en impedirlo.

El caso había empezado a transmitirse casi en cadena. Pasaban los días y la familia, a la que muchos habían visto partir de su casa a las 18:00 hs. del sábado 14 de noviembre, había caído en ese agujero negro que tiene nuestro país: estaba desaparecida.

Los despachos oficiales se habían convertido en usinas de noticias que se replicaron en los medios. Fernando Pomar, sugirieron, tenía un pasado turbio. Fernando Pomar, aseveraron, había comprado un arma. Fernando Pomar, deslizaron, tenía deudas, había estafado a alguien y se había llevado a toda su familia fuera del país. Fernando Pomar, contrapusieron,había matado a su mujer y a sus hijas a balazos y se había suicidado arrojando el auto a un espejo de agua. O lo había arrojado directamente, para que todos murieran.

El Ministerio de Seguridad estaba a cargo de Carlos Stornelli. Puso al secretario de Investigaciones, Paul Starc, a dirigir la búsqueda. “Una hipótesis es que los Pomar hayan decidido salir del país”, informó a los medios Starc“sin ningún factor externo que incidiera”.

Ante María Cristina, que aunque los días se hicieron semanas seguía corriendo a abrir la puerta cuando sonaba el timbre, fue menos valiente.“A Starc lo tengo en mi cabeza todo el tiempo. Me dijo que había puesto 2.500 policías a buscarlos”, cuenta. “Me lo dijo en la cara”.

La Bonaerense informaba oficialmente que rastrillaba por tierra y aire el trayecto que va de José Mármol a Pergamino. Y difundió imágenes de un peaje donde se veía el auto y a Fernando. Y alimentó la hipótesis de que su rostro estaba desencajado. Fuera de sí. Enloquecido. ¿Criminal?

El caso judicial estaba a cargo de la fiscal Karina Police, de Pergamino. Noviembre se hizo diciembre y la funcionaria habló con los medios. Dijo que investigaba si la desaparición era “voluntaria o involuntaria. Se han hechos rastrillajes y no se han encontrado el auto ni los cuerpos. La otra (...) es una posible conflictiva familiar dentro de la familia Pomar y eso está en plena investigación”, soltó, antes de confirmar: “El señor Pomar tenía un arma de fuego. En el allanamiento que estamos realizando en su casa no se ha encontrado”.

Listo. El arma no estaba porque Fernando se la había llevado para matar a todos. Pero ¿nadie había visto, al menos, los cuerpos? “Se ha hecho un legajo con todos los llamados al 911 y no se ha corroborado nada. Cada llamado al 911 es chequeado. Todo, todo, se verifica”informó Pollice.

María Cristina estaba al tanto de cada cosa que se decía. “Yo nunca creí nada”, recuerda. “Yo me hacía a la idea de que a mi hija la habían secuestrado. Como él (Pomar) era químico, yo creía que ella podía estar en un galpón, con sus hijas, atada, y que a él lo obligaban a ayudar a alguien con eso de la efedrina, que se hablaba tanto”, explica. “Yo sabía que si ella tenía un teléfono me iba a hablar”..

El 8 de diciembre, 24 días después de la desaparición, María Cristina se había enterado por televisión de que habían hallado el auto. Estaba a ocho metros de la ruta 31, en la curva señalada por Casimiro, a 40 kilómetros de Pergamino. Los cuatro cuerpos rodeaban el coche: tras una frenada, el Fiat había salido del asfalto, había volcado y los había despedido.

 

El juicio a los policías

En 2017, pese a que sólo se juzgó a los tres efectivos, en los fundamentos del fallo, el juez Carlos Picco había destacado que “la familia Pomar no fue buscada como se debía” y que “los rastrillajes fueron deficientes”.

Aunque no fueron los montos que había solicitado -cuatro años de cumplimiento efectivo- y a que apelará la absolución de Barcos, el abogado de RobertAquilino José Giacomelli, se había mostrado conforme con las condenas y los fundamentos de la sentencia, ya que se destacó la “desidia” con la que se manejaron en la búsqueda los policías, funcionarios del Ministerio de Seguridad y del Poder Judicial.

Respecto de Barcos, el letrado recordó que realizó lo que se denomina en la jerga policial un “lancheo”, es decir, ir despacio en el móvil mirando a ambos lados de la ruta y hacia delante en busca de rastros.

“Si había una impronta de frenada, como se encontró después, tendría que haberse detenido y haberla visto”, sostuvo el abogado.

En tanto, prescribió la causa contra otros efectivos imputados por omisión y violación de los deberes de funcionario público, debido a una estrategia legal de la defensa y una demora inusitada de la Suprema Corte de Justicia, explicó Giacomelli.

Uno de esos policías recibió un llamado que alertaba sobre el lugar donde estaba el auto y no le dio importancia, el 27 de noviembre de 2009, es decir, 13 días luego de la desaparición.

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