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Historias de la infancia: El Zurdo y doña Pico, verdugos de los picados

Eran las 2:00 de la mañana. Estaba todo roto tras la media hora de trote nocturno en la “placita” del barrio (justamente) acá en la Patagonia, el posterior vermucito, la cena bien regada y la peli. Apenas si llegaba a darle el beso de despedida a los chicos y al fin a la cucha para el reparador descanso.

Pero Renzo tenía otras intenciones y me la “complicó”. Pasado de rosca por el uso excesivo de la tecnología, camina por las paredes el actual defensor de Cipolletti (categoría 2009) a esa hora. Entonces, la de siempre cuando el nene está desvelado.

“Pa, contate un cuento, uno real así te cuesta menos y no tenés que inventar. De tu infancia, en la plaza, el club, la cancha, lo que quieras…”, me metió presión el péndex, siempre “comprador”.

Le puse onda, no podía fallarle. Y aparecieron dos recuerdos similares en mis dos canchitas de la infancia. Una, ubicada en la plaza Almirante Brown, frente a la casa de mis abuelos. Allí supo tener la cancha el glorioso Douglas Haig. La otra en el querido Barrio UOM, en el terreno que hoy está ocupado por nuevas viviendas y que da, cuando no, al estadio actual del popular rojinegro.

Demás está decir que el momento más esperado del día eran los partiditos en uno u otro escenario, según donde me encontraba (me crié prácticamente en ambas casas, muy malcriado por mis abuelos…ja).

Tenía, entonces, dos barritas de amigos diferentes con pasiones en común: la pelota y el fogonero. Batallas épicas, duelos llenos de goles. No los califico de interminables por lo que pasaré a narrar ahora mismo…

Felicidad total hasta que aparecían ellos, los verdugos de siempre. Quienes nos transmitían esa cuota de intranquilidad en pleno disfrute y nos mantenían en estado de alerta entre gambetas, lujos y festejos (cómo la metía Luquita Defrancesco y eso que nos daba años de ventaja, no por nada pasó de goleador de la plaza a jugar en Europa y ascender con… Douglas).

Cada vez que venían, la adrenalina, tensión y desesperación se apoderaba de nosotros. La doña o más conocida como “vieja Pico”, con todo respeto pero así la llamábamos era una suerte de administradora de la Plaza del Barrio Acevedo y estaba empecinada en impedir los picados con múltiples argumentos.

Que atentaban contra el buen estado del césped, que incomodaban al vecindario en horas de la siesta, que el peligro era grande pues el desgastado balón solía irse con frecuencia a la calle donde más de una vez los autos debían clavar los frenos para no pisar el fulbito y romperle el corazón a los gurrumines que se autodenominaban como los ídolos de la época  (Daniel Castro, Comas, Alzamendi, Perazzo, etcétera).

Tengo la imagen en la retina. La señora de rulos canosos y vestido blanco de los de antes, con una cinta en el medio y zapatos negros, despotricando y gritando 40 metros desde su casa hasta el estadio que improvisábamos con los árboles de arquitos. Aún retumba en mi oído el “¡chiiiiiicos!”, alarido que advertía que las cosas se complicaban y la suspensión sería inminente e inevitable.

Algunos disparaban, otros nos quedábamos y se la discutíamos. Pero en verdad, la dueña de la pelota era ella y allí, en ese terreno, perdíamos por goleada. Ahora de grande, uno quizás la comprenda mejor: era su labor. No sé si vive, pero de algún modo marcó nuestra infancia. Vaya un saludo para doña Pico y su gente.

“El zurdo, rajemos…”

También jugábamos con el corazón en la boca en la UOM. Con un ojo en la pelota y el otro en las inmediaciones del campito de tierra, por si aparecía él con toda su furia y ese carrito de chapa al que tanto le temíamos o con su caballo salvaje e indomable. Se trataba del Zurdo, personaje de historietas si los hay. Su chacra era por entonces de las pocas casas que había entre el complejo de edificios donde nosotros vivíamos y la mítica cancha de Douglas. Buen tipo pero un poco rayado…ja (¿quién no lo está?).

Más grande, se aprovechaba del miedo que inspiraba en los chicos. Su repentina y explosiva presencia intimidaba y armaba unos revuelos memorables. Con el mismo carrito que hacía changas, al terminar la jornada y rumbo a su hogar campestre, si nos cruzaba nos hacía la vida imposible. “El zurdo, rajemos…”: ese grito también lo recuerdo como si fuera hoy.

Disfrutaba como loco el Zurdo esos minutos que para nosotros resultaban eternos. Marcaba la cancha a su manera y gozaba con el caos que ocasionaba. “Vamos, vamosno", exclamaban el Pepa, el Francisco, el Tanque y tantas otras leyendas de la zona. Cracks que no llegaron pero fueron “balones de oro” en nuestras tierras, en el querido barrio.

Lo vi reírse más de una vez en pleno descontrol al Zurdo. La polvareda que levantaba con el carrito encarándonos a toda velocidad agregaba confusión y dramatismo. Escenas de película.

Se terminaron los partidos nomás. Así lo “dispusieron” la “vieja Pico” y el Zurdo. Se termina también el humilde cuento. Renzo ya duerme. Sueña y cada tanto sonríe y murmura “dejénos jugar señora, vos también Zurdo, que les cuesta…”.

* El autor es periodista pergaminense, uno de los autores del libro “Fuerte al medio” y jefe de Deportes del Diario La Mañana de Neuquén

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