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El último mito viviente

Gonzalo Ochoa Por Gonzalo Ochoa | 10 de Septiembre de 2019

La llegada de Diego Armando Maradona al fútbol argentino para dirigir a un necesitado Gimnasia y Esgrima La Plata revolucionó a fuboleros y no tanto, con el cariño habitual de la mayoría pero también con el desprecio y el cuestionamiento de un amplio sector que baja del pedestal al que algunos consideran “D10S”.

Son varios los que han analizado el fenómeno Maradona. Desde referentes de la cultura, como Eduardo Galeano, a referentes de los movimientos feministas más actuales, pasando por escritores como Roberto Fontanarrosa o Eduardo Sacheri. Y, sin embargo, no hay una conclusión más o menos uniforme de un personaje que encierra tantos simbolismos y significancias en un cuerpo tan frágil.

Maradona es el último mito viviente en el mundo del fútbol. Es la única persona que puede generar tantos sentimientos y tanta revolución, para bien y para mal, dentro del campo del deporte popular.

Es que, para ser “D10S”, siempre bajó a la tierra. Trascendió la figura del deporte para acercarse a la mitología y a la leyenda. Maradona es estampita, es rezo, es fe, y por eso es religión. Una suerte de Gauchito Gil o San Cayetano, pero vivo. Y esa figura no la consiguió únicamente siendo el mejor futbolista de todos los tiempos, sino que la forjó desde la niñez -surgiendo “del pueblo”- a base de errores, pecados terrenales y conflictos carnales con figuras que le escapan a lo cotidiano y que ocupan espacios de poder a los que el común de la gente no puede acceder.

Es natural, sano, que la primera reacción para como Maradona sea rechazo. Drogadicto, mujeriego, machista, maltratador y ¿aprovechador de menores? (según unas fotos que circulan por la red pero sin comprobación judicial ni mayor contexto). Una persona que reúne esos requisitos no puede ni debe ser ídolo de nada. Sin embargo Maradona lo es. ¿Por qué?

La respuesta nace en el texto de Sacheri “me van a tener que disculpar”, pero se extiende hacia el fenómeno social, popular y colectivo que genera su imagen. Maradona trae alegría y esperanza al pueblo, al que más lo necesita, incluso en los momentos más difíciles. Es la cualidad que lo convierte en mito. Maradona se encargó de enamorar a todos a base de gambetas, pero no se quedó en su destreza futbolística. Vengó simbólicamente una guerra absurda y dolorosa, hizo respetar la bandera argentina -y el himno- allí donde fuese, protestó contra las injusticias deportivas, estructurales y empresariales del mundo del fútbol y se arremangó siempre para ayudar e intervino en cuanta causa social pueda aportar para estar cerca de los que menos tienen.

Uno puede buscar un ídolo con más ética, menos errores y encontraría a Lionel Messi o Emanuel Ginóbili. Pero ninguno de ellos dos supo o quiso acercarse al pueblo. Mantuvieron una relación distante con la gente, que los admira, sí, pero los ve inalcanzables, lejanos. No son pueblo. No le dieron nada al pueblo. Ni como deportistas, ni como abanderados de la lucha contra las injusticias. Para mantener su status de ídolos puros, esquivaron los conflictos sociales y se abocaron a lo suyo, con perfil bajo. Encerrados en el seno familiar, como padres ejemplares y mejores esposos. Lejos, muy lejos de todas las situaciones que nos atraviesan a nosotros, al resto. Lejos de la política, y más cerca de la empresa.

Maradona nunca fue indiferente. Se peleó, se amigó, apoyó a uno, insultó a otro, pero nunca fue indiferente a las problemáticas sociales. Nunca tuvo miedo al rechazo. Eligió salir del olimpo de los intocables deportistas y personalidades queridas por todos para embarrarse por otros. Como dijo Galeano, es un “Dios sucio por el barro humano. Eso es lo que lo humaniza”, y también lo que lo hace D10s para algunos.

Una vez más, Maradona bajó a embarrarse. Con claras dificultades motrices, que son motivo de burla en las redes sociales, aceptó dirigir a un equipo que está muy comprometido con el descenso y último en la Superliga. Eligió volver a entrenar en el país -algo que deseaba hace tiempo-, y criticar a Mauricio Macri. Se emocionó, como un mortal necesitado de cariño, cuando el pueblo tripero lo abrazó en un “Olé, olé, olé, Diego, Diego”, y prometió dejar todo por un equipo destruido desde lo económico, desde lo deportivo y por sobre todo desde lo anímico. Y como efecto rebote, también alegró y trajo esperanza a los ajenos a Gimnasia que necesitaban una caricia, como la vuelta del 10 al fútbol. Algo de que aferrarse en un momento muy difícil económicamente y socialmente.

Los que aman a Diego, los que creen en él, no desconocen sus “errores”, sus delitos. Pero eligen no juzgarlo. A él y sólo a él. Creen que todo lo bueno que hizo, todo lo bueno que genera, esa felicidad popular que despierta junto con la esperanza, es mucho más pesado en la balanza que lo malo. Que desbancar y bajar del pedestal al ídolo no va a transformar el mundo en un lugar mejor, libre de pecados. Al contrario. Sin Maradona, sin lo que genera Maradona, el mundo sería peor.

En “Batman, el Caballero de la noche Asciende”, Harvey Dent pasa de ser el referente de la Justicia y la lucha contra el crimen a cometer crímenes y volverse un villano. Al final, cuando Harvey muere en la lucha contra Batman, el comisionado Gordon y Batman recuperan su cuerpo, eligen esconder su lado oscuro y mantener su lado bueno. En palabras de Batman: “Gotham necesita a su verdadero héroe. O mueres como un héroe o vives lo suficiente para verte convertido en el villano. […] Porque a veces la verdad no es suficiente. A veces la gente se merece algo más. A veces la gente se merece una recompensa por tener fe”. Eso mismo podría referirse a Maradona. El último mito viviente.

El autor es Periodista y la columna fue publicada originalmente en Sumario Noticias

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